Ciudades perdidas de la antigüedad: Cnoso, la ciudad del laberinto y el minotauro

Las tablillas que se han encontrado nos permiten ver una sociedad compleja que ha dejado un gran legado artístico y cultural

La ciudad siempre estará unida a la leyenda de Teseo. Hoy es una joya arqueológica de Creta
La ciudad siempre estará unida a la leyenda de Teseo. Hoy es una joya arqueológica de CretaBernard Gagon / Wikimedia CommonsBarnard Gagnon

Esta serie pretende evocar la historia y la leyenda de siete ciudades perdidas del mundo clásico grecolatino, cuya sombra marcó indeleblemente nuestra cultura merced a diversas recreaciones y que, en algún momento, fueron oportunamente reencontradas por la arqueología. Para comenzar por el principio, por los oscuros meandros de la época prehelénica, no podemos sino recordar la legendaria Cnoso. Su trasunto mítico, el laberinto de Creta, dejó honda huella en la mente griega desde antiguo, gracias al mito de Teseo y el Minotauro, vencido gracias al hilo de Ariadna, y a la figura del extraño y poderoso rey Minos. Mitología, arte, literatura, filosofía: nada en el mundo clásico se sustrajo a la fascinación por ese legendario lugar. Los atenienses enmarcaban el periplo fundacional de su rey Teseo ahí –y su propia etnogénesis debía mucho a ese laberinto–, Heródoto y Tucídides hablaron de la talasocracia cretense en sus historias y Platón alude a la metáfora del meandro cretense como símbolo filosófico, entre un sinfín de ejemplos. Larga fue la sombra de la leyenda de la ciudad de Minos, rey sabio, por un lado, hijo de Zeus y Europa, magnífico legislador inspirado por los dioses y juez de ultratumba: pero también tuvo una fama ambivalente de terrible tirano.

Así, cuando en torno a 1900, el arqueólogo Arthur Evans se jactó de que había descubierto los fundamentos de una civilización «minoica», el mundo quedó asombrado. En efecto, la excavación del complejo palacial de Cnoso, en el centro de Creta, produjo una notable convulsión cultural y no solo en lo que se refiere a la historia antigua, sino que también marcó una cesura en la civilización europea. Había aparecido una Grecia antes de Grecia, una civilización fastuosa y fascinante cuyos elaborados frescos y arquitecturas apasionaron a la Europa de la Belle Époque e influyeron decisivamente –lo arcaico como lo moderno– a la hora de perfilar la revolución de las vanguardias. Se rompían los moldes de lo que hasta entonces se había conocido como la Antigüedad griega y tras la gesta de Evans –hoy, por cierto, no demasiado bien vista según la metodología arqueológica moderna– nada habría de ser igual: figúrense que Freud a menudo equiparaba su labor a lo que la arqueología había hecho en Creta. Como Evans había descubierto un estrato más antiguo del mundo clásico, que se entendía como el alma de occidente, Freud pretendía hacer lo propio con la conciencia y excavar por debajo. También el vanguardista buscaba un lenguaje creativo esencial: el clasicismo se rompía merced a este arcaísmo de colores vivos, ¿qué otra cosa habían de hacer el artista o el psicólogo de la modernidad para descubrir la verdadera esencia bajo lo aparente?

En fin, no cabe subestimar la potencia cultural, creativa y hermenéutica del hallazgo de Evans, que sacó a la luz la cultura palacial minoica, cuyas dimensiones mostraba a las claras una densa red de yacimientos, desde Malliá a Hagia Tríada. Esa civilización a caballo entre oriente y occidente, que se benefició del comercio con las ricas ciudades de la región sirio-palestina y del contacto con Egipto, extendiendo sus redes de dominio marítimo por el Egeo del segundo milenio a.C., llegó a ser una potencia determinante en todo el Mediterráneo Oriental. Sus restos hablan de una estatalidad opulenta que floreció entorno al 1600 a.C. gracias a su control de las rutas del mar Egeo y que produjo un arte sin parangón. Atesora restos de la escritura conocida como lineal A, que recoge una lengua aun sin descifrar.

Pero, ¿qué sabemos de Cnoso? El palacio está atestiguado desde el siglo XX a.C. y pasó por destrucciones varias. Parece haber sido una civilización culta y refinada, sin murallas, que lo fiaba todo al dominio de los mares y a la superioridad económica y cultural. Sin embargo, fue dominada por invasores cuando gentes procedentes de la península balcánica, los griegos micénicos, se hicieron con Cnoso en torno a 1400 a.C. Tal vez se enmarcara esta conquista en una convulsión global del mundo mediterráneo. Los griegos adaptaron el sistema de escritura para su lengua, creando el llamado lineal B, un silabario descifrado a mediados del siglo XX. Unas 3000 tablillas nos permiten conocer parte de la religión y la sociedad de aquel mundo. Así, el despertar de Cnoso a la luz de la arqueología nos puso en contacto con un episodio fascinante de la edad antigua: el final del Bronce, en torno a 1200 a.C., y la llegada de los llamados «siglos oscuros» por los historiadores tras la serie de catástrofes que asolaron el área, hicieron que se perdiera el esplendor de esa cultura y que solo quedaran matices de leyenda: incluso la escritura fue sepultada en el olvido. El mito, como tantas otras veces, ocultaba a la historia y la ciudad perdida entre las brumas de la leyenda fue finalmente rescatada.