Muchas gracias, filósofos

Gómez Pin nos recuerda cómo, ante la adversidad, el pensamiento coherente es la mejor respuesta para dignificar al ser humano

Cráneo del filósofo francés René Descartes (1596-1650)
Cráneo del filósofo francés René Descartes (1596-1650)La RazónLa Razón

Hace unos meses Ariel publicaba un libro extraordinario, una de las mejores biografías del año sin duda, sobre un hombre que siempre será sinónimo de cuestionar nuestro mundo, nuestra sociedad, nuestra vida entera: «Diderot o el arte de pensar libremente», de Andrew S. Curran. En él, este investigador, además de destacar al pensador francés como un pionero en diversas áreas en las que se adelantó nada menos que a Darwin o a Freud, colocándolo pues como uno de esos genios que fueron capaces de ver más allá de su tiempo y lugar, explicaba cuán claro tuvo el hecho de que la «Enciclopedia» iba a producir, según sus mismas palabras, «una revolución en los espíritus, y espero que los tiranos, los opresores, los fanáticos y los intolerantes no ganarán. Habremos servido a la humanidad». Así, en los artículos que él redactó dentro de aquel magno proyecto, quiso cuestionar todas las verdades aceptadas por entonces: la legitimidad de la monarquía, la desigualdad social, la trata de esclavos, las supersticiones, la represión de la sexualidad...

De tal modo que bien podríamos colocar a Diderot como adalid de la defensa de la libertad de pensamiento, un pensador que a ojos de Curran fue el más creativo y destacado de su tiempo, «aunque optara en gran medida por dirigirse a aquellos que vendrían más adelante». Y los que han venido más adelante entre otros somos nosotros mismos, que podemos tomar el legado de un escritor como Diderot para inspirarnos a la hora de vivir y enfrentarnos a nuestras propias limitaciones y a los corsés sociales que la sociedad nos impone. Y eso justamente ha hecho Víctor Gómez Pin en «El honor de los filósofos», en el que habla de multitud de grandes personalidades de la historia de la filosofía, desde el sobrino de Aristóteles, Calístenes de Olinto, al filósofo francés Albert Lautman, pasando por Hipatia, Plinio el Viejo, Miguel Servet, Descartes, Simone Weil, Spinoza, Olympe de Gouges, Condorcet o Leibniz, para mostrar cómo es posible conservar el temple en circunstancias difíciles y aplicarse en mantener los propios ideales, aun jugándose la vida, la reputación o el destino en ello.

Los protagonistas de este libro, dice al comienzo el autor, «han visto cómo se cernía sobre ellas la hosquedad, alguna modalidad real o simbólica de calima, de niebla o de tiniebla, sin haber sucumbido, al menos en lo esencial. A veces fue la enfermedad o la decadencia física; otras veces, el choque con la ortodoxia en materia de costumbres o de los presupuestos que sustentaban el orden ciudadano; en algún caso, la terquedad de la naturaleza que, tras ofrecer resistencia al esfuerzo del hombre por vencerla, pasa a amenazarlo en sus logros o en su vida; en algún otro caso se dio todo ello a la vez». De ahí la palabra «honor» en el títulos, pues a partir del anecdotario de un sinfín de filósofos vemos cómo muchos prefirieron sucumbir al peligro o al enfrentamiento antes de ceder en sus posturas y ser infieles a sí mismos.

Veremos en el libro situaciones en que las consecuencias fueron de signo afectivo o de descenso en la posición social, pero otras mucho más dramáticas, en que el pensador tuvo que sufrir la marginación, el exilio, la prisión o incluso la muerte más ignominiosa y violenta, por enfrentarse a la tiranía política. Hay, pues, sacrificios memorables de aquellos que dieron su vida por un ideal más alto, que trascendía su propia identidad. Servet enfrentándose a Calvino por negar el carácter trinitario de Dios, Copérnico o Bruno negando el geocentrismo, o un caso mucho menos conocido, como el del filósofo frances Jean Cavailles que dio la réplica a un miembro del tribunal alemán que acababa de condenarlo.

«Funeral sin testigos de Gottfried W. Leibniz», «Descartes decapitado», o «¿Qué redime a Boecio?» ya nos hablan de la ingratitud y el repudio que tuvieron que soportar tantos intelectuales por el simple hecho de querer comunicar las conclusiones de sus investigaciones o teorías; es sorprendente la cantidad de grandes mentes que «acabaron sus días abandonados, traicionados por instituciones, comunidades o jerarcas a cuyo engrandecimiento habían contribuido», apunta Gómez Pin, que en las vidas y muertes de estos grandes seres valientes halla una brillante lección de moral.

Nuestra memoria ha de honrar a todos los hombres y las mujeres que aquí aparecen, por habernos dado, como sigue diciendo el autor, todo un rosario de virtudes, entre las que están el «“rigor” del propio discernir, para que la palabra de la autoridad no haga tambalear la convicción; “firmeza” para mantener esta convicción pese a sus previsibles consecuencias; “prudencia” para sortear los inevitables momentos de flaqueza; “autoestima” para intentar no derrumbarse ante la exclusión». En suma, una entereza de la que tenemos mucho que aprender y que nos brindan aquí Spinoza, Voltaire, Rousseau, Galileo, Pitágoras, Sócrates, Weill, Nietzsche, Cicerón, Benjamin, Einstein, Sartre, Wilde y Proust, o incluso, más allá del mundo de las letras, la ciencia y la filosofía, Beethoven y Shostakóvich.