Greta Thunberg de activista a “niña traviesa”

Hubo una época en la que el cambio climático ocupaba las portadas de todos los periódicos, cada viernes cientos de miles de jóvenes salían a la calle para protestar y había una niña sueca de 15 años cuyas trenzas se convirtieron en el mejor símbolo de la causa. Ocurrió hace mucho, mucho tiempo. Hará más o menos unos cuantos meses. Pero después pasó lo que pasó, ya saben, y el tema se olvidó por completo. Por si no la recuerdan, esa pipiola se llamaba Greta Thunberg y si la quieren conocer mejor ya tiene incluso un documental. Se titula “I am Greta” (”Me llamo Greta”) y fue presentado ayer en Venecia. Ella misma se ocupó de comentarlo por videoconferencia, como se hacen ahora las cosas. Para ello tuvo que interrumpir sus clases en Estocolmo, pero como buena alumna, dejó la rueda de prensa antes de terminar y se despidió con un “gracias, tengo que seguir con la lección”. Todo muy Greta.

Se ha comentado tanto de esta chica que parece difícil encontrar algo novedoso en el personaje. Incluso a uno se le quitan las ganas de acercarse otra vez al fenómeno, ahora que ha pasado de moda, pero son tantos los clichés y se han dicho tantas bobadas que resulta interesante conocer quién es esa niña detrás del icono. A Greta lo que de verdad le gusta es jugar con sus perros y su caballo, estar con su familia, bailar sola y estudiar hasta la náusea. Nos lo podíamos imaginar, pero no la habíamos visto en su casa. Efectivamente, cuando empezó todo Greta Thunberg no era más que una niña de 15 años excesivamente tímida, que se negaba a comer, tenía problemas para socializar y mantenía una obsesión enfermiza porque todo fuera perfecto. Así se ve en cámara. Y eso es lo que suele haber en muchos casos tras los fenómenos de masas que no han pasado la adolescencia. Incluso ella misma lo reconoce en pantalla mientras cruza el Atlántico en un velero: “Es demasiada responsabilidad para una niña como yo”.

Pero eso no significa que no crea en lo que dice. Otra cosa es que las masas se comporten como un rebaño o que otros quieran sacar partido. Los primeros, los líderes mundiales, que la reciben como quien se hace una foto con la presa recién cazada. Los que están del otro lado, los Trump, Putin o Bolsonaro, que la ridiculizan, también tienen sus intereses. A la niña esos insultos le afectan, pero su respuesta es seguir bailando en soledad. Seguir a lo suyo. “No soy una niña enfadada e ingenua, sino una muchacha tímida y traviesa, como retrata el director”, dijo Greta a los periodistas. También reconoció que tenía dudas sobre la seriedad de la película cuando un tipo con una cámara le seguía a todas partes sin contar siquiera con un ayudante de sonido. Al final, él también sacó partido del fenómeno y así ayer se sentó en la silla por la que pasan las estrellas de Venecia.