Metacine producto de un aislamiento

El primer largometraje de Frank Beauvais es una sucesión de imágenes que extrajo de las más de 400 películas que vio durante los seis meses que pasó a solas en un pueblo francés

De todas las adicciones, la del cine es una de las más sanas si no la que más. Sobre todo si sabes expresar este tu fanatismo por el séptimo arte como lo ha hecho Frank Beauvais con su largometraje «No creas que voy a gritar», que se estrena hoy en España en espacios como, por ejemplo, la Cineteca, que reabre con títulos tan interesantes como éste.

Y nada mejor que recuperar la actividad que con una película de películas, en la versión más literal. Pues esta cinta está compuesta con fragmentos de otras. No precisamente proyectos «mainstream». Los planos que transcurren durante la hora y cuarto de largometraje son difícil de identificar, no pertenecen al imaginario de la mayoría del público, están buscados en los confines de la industria cinematográfica en la que indagó Beauvais durante una etapa dura que pasó en 2016, seis meses de aislamiento en un pueblo de su país, Francia.

No fue una época fácil para él, pero sin esa experiencia no hubiese sido posible llevar a cabo este largometraje, que es el primero en su carrera tras ocho cortos: «Es un deseo ligado a una frustración, la de encontrarme a mí mismo, en un momento dado, solo en un pueblo aislado, sin ningún interlocutor, ni posibilidad tangible de escapar de esta situación que se estaba volviendo cargante. Siempre he visto muchas películas, pero el aislamiento me llevó a ver todavía más, hasta el punto que ver películas se convirtió en mi ocupación principal, casi exclusiva.Tras más de un año de este régimen diario, se presentó la oportunidad de volver a París en un futuro cercano pero aún indefinido. Se abría una puerta pero no sabía todavía cuánto más debería esperar. Me vino entonces la idea de tratar de explicar el aislamiento que sufría y esta compañía ambivalente que tenía con las películas. Documentar los estados por los que pasaba y las etapas que me conducirían a la marcha definitiva de este pueblo donde me sentía atrapado. De manera casi patológica, todas las películas que visionaba terminaban por ponerme ante el espejo de mi situación, aunque solo fuera debido a una imagen. Fue entonces cuando me dije que, más que coger una cámara, sería interesante reproducir mis impresiones, recomponer los espacios mentales y geográficos que atravesaba mediante imágenes extraídas del flujo de aquellas que yo ingería sin moderación. El metraje encontrado, con el que ya había trabajado en dos cortometrajes, se impuso entonces como modo de expresión», manifiesta Beauvais.

Los planos están meticulosamente seleccionados, tal y como explica el director: «Durante esos seis meses vi más de 400 películas. Las enumeré y efectué una primera selección, eliminando las películas experimentales cuyo propósito o textura eran demasiado próximos formalmente a lo que estaba buscando. Rápidamente la idea se centró en exclusiva sobre películas de ficción. Posteriormente, volví a ver cada una de las películas, aislando las imágenes que me interpelaban, que me habían impactado en el primer visionado y que, sacadas de su contexto inicial, aisladas de los planos que las precedían y las seguían, ejercían una fascinación o bien una perturbación sobre mí. Me emociona continuamente la poesía de los planos en que los cuerpos de los actores son excluidos, los planos de personajes de espaldas saliendo de un lugar, los planos de corte, los paisajes, los detalles sobre los objetos. Los segmentos visuales que, en el desarrollo narrativo del film original o bien abandonan por un momento el cuerpo-actor para centrarse sobre un elemento del decorado, o bien se acercan demasiado al actor para que este pueda ser diferenciado como cuerpo. Los planos que, una vez aislados, no traicionan más su procedencia: si la cara de un actor desaparece y la cámara filma la carretera, el fragmento ya no está revelando su origen y ya no permite identificar con exactitud la película de la que proviene. En el caso de este proyecto, los planos me remitían directamente a mi propio sentimiento de impotencia y desolación».

Todos los planos tienen algún tipo de atractivo: su belleza, el encuadre, los colores... Y se van sucediendo con un sentido, al que contribuye una narración de fondo que, sin descanso, reflexiona sobre diversos aspectos del aislamiento del propio Beauvais, sobre la vida en general o menciona fragmentos musicales que el cineasta escuchó durante esos seis meses en los que estuvo solo en el pueblo. De ahí que podríamos decir que esta película es una especie de ensayo y, a la vez, poesía. Incluso el propio director usa esta palabra para hablar de su proyecto: «Como espectador, siempre he sido sensible a la poesía de los planos que, una vez aislados, ya no traicionan su origen. Planos de relojes, de ventanas, de llaves, de pantallas; planos de muebles, de señales de tráfico, de engranajes, de teclados, de vegetación y de paisajes; pero también planos de rostros, los de los figurantes aislados repentinamente por las necesidades de montaje y que uno no vuelve a ver más en la película», cuenta Beauvais.

Por eso mismo, este largometraje es casi obligado verlo dos veces. Una, con el sonido. Y la otra, sin la narración, solo concentrado en la imagen, contemplándola como quien disfruta de un largo atardecer. Evidentemente, ésta no es una película al uso, tampoco en cómo se hizo, porque no hubo rodaje, sino selección de los planos, grabación de la narración y montaje. Beauvais relata el proceso de «postproducción» que siguieron: «Una vez redactado el texto, pasamos seis meses en la sala de montaje. Primero grabamos la voz y posteriormente retomamos el repertorio que habíamos establecido y confrontamos imágenes y texto sistemáticamente. Lanzamos la voz y miramos 75 minutos de un contenedor de “rushes” fijándonos en los pasajes donde algo sucedía entre la imagen y el sonido». Se trató de una experiencia experimental, valga la redundancia.