La muerte de Janis Joplin, un mal de amores y un chute

La cantante falleció de una sobredosis a la que fue empujada por amores disfuncionales, la mala asimilación de la presión artística y una vieja adicción con la que se enfrentaba a sus problemas psicológicos

Apenas un mes antes, como hemos informado en estas páginas, moría Jimi Hendrix. Janis Joplin exclamaba: “Me pregunto si yo muriera. ¿Hablarían de mí tanto como de Jimi? ¡No sería un mal truco para hacerse publicidad!”, y rompía a reír, porque la posibilidad de que dos superestrellas falleciesen en el año de 1970 era casi imposible. Y, además, a la edad de 27 años. Y por la misma causa. Todo sonaba casi inconcebible cuando la mañana del 4 de octubre la cantante fue encontrada sin vida en la habitación 105 del Landmark Motor Hotel en Los Ángeles.

Janis no había sido una niña normal. No destacaba por sus atributos “femeninos” y no era la típica jovencita dócil. Encontró la libertad durante su etapa universitaria, cuando cantó en bares junto a la banda Waller Creek Boys y también conoció a dos malas compañías: el alcohol y las drogas. Sin embargo, otro de sus grandes problemas que ni siquiera ella misma conocía y hacía frente explícitamente era la inseguridad y la falta de fe en el amor verdadero.

Joplin se había enfrentado a relaciones sentimentales disfuncionales que no hacían sino potenciar su búsqueda de compañía, de nuevo, en las drogas y el alcohol.

Sin embargo, lo consiguió casi todo: éxito, admiración (ella, objeto de bromas toda su vida de repente era una estrella), fama y dinero. De repente, no le faltaban las propuestas sexuales y ella las aprovechaba todas y conquistaba las que no parecían a su alcance, pero no hallaba la felicidad plena si no echaba mano de las drogas y el alcohol. Irónicamente, al mismo tiempo, era un icono de la liberación femenina, un Janis se había convertido en un símbolo de la rebeldía femenina un referente musical. Sin embargo, llegar hasta ahí no había sido fácil y a comienzos de año decide irse de viaje lejos de Estados Unidos para limpiarse. Y durante un tiempo lo consiguió.

Sin embargo, regresó a su país para grabar “Pearl”, el disco que tomaba de título el apodo familiar de Joplin, del que estaba muy orgullosa. Estaba quedando un gran trabajo. Además, había iniciado, por fin, una relación sentimental con Seth Morgan, un chico valioso -escritor y vividor-, culto y sensible. Él le aconsejaba que se desenganchase de una vez por todas. Sin embargo, la presión del “show bussiness” y de hacer un gran álbum no la dejaban respirar. Morgan no era exactamente lo que parecía. Aprovechaba la menor ocasión para serle infiel y Joplin lo intuía.

Cuando ella grababa fuera de casa, él aprovechaba las mieles del amor libre de los setenta. A la cantante le llegaban rumores, su ansiedad crecía y su dependencia de Morgan también. Aparentemente, a él solo le interesaba la estrella, pero no la persona. Discutían habitualmente por los caprichos de él y por su conducta errática. Janis desarrolló una enorme dependencia emocional.

A finales de septiembre, a punto de entrar en el estudio a grabar, discutieron, pero mientras Morgan se quedó en Larkspur, al otro lado de la bahía de San Francisco, ella fue a Los Ángeles al estudio. Muchos amigos alertaban a la cantante de las costumbres de su amante cuando se quedaba solo. Toda la situación no hacía más que elevar la ansiedad de Joplin. Ella pensó en darle un giro a la situación e hizo una consulta a su abogado sobre los trámites de matrimonio. Quizá de esa manera, Morgan se comprometería definitivamente. Tomó nota de las indicaciones (aparentemente le recomendaron firmar un contrato pre-nupcial, por las sospechas hacia su pareja) y aprovechó para cambiar el testamento, repartiendo de forma más equitativa sus bienes entre los miembros de su familia y reservando 2.500 dólares en concepto de fiesta para sus amigos el día de su funeral. Quería que nadie la llorase el día de su muerte, pero ella no se imaginaba que sería apenas tres días después.

El proceso de grabación siguió su curso hasta la tarde del 3 de octubre, sábado, cuando Joplin esperaba la reunión con Morgan. Quizá le plantease algunas cosas sobre el futuro y el matrimonio. También su amiga Peggy Caserta se pasaría a hacerle compañía. Sin embargo, su pareja le llamó para avisarle que no podría coger un avión hasta el día siguiente. Discutieron. Joplin buscó refugio en Peggy pero ésta se iba a casa con un ligue. Llamó de nuevo a Morgan para tranquilizar las cosas, pero no respondió. Estaba con otra persona. Esperó la llamada hasta más allá de las cuatro de la madrugada. Se sentía muy sola. Bajó a comprar un paquete de tabaco, pero no podía dormir. Necesitaba un chute. Fue lo último que hizo.

A la mañana siguiente fue encontrada sin vida en la habitación 105 del Landmark Motor Hotel en Los Ángeles. La autopsia certificó que se trataba de una sobredosis de heroína, aunque algunas teorías se extrañaban de la enorme pureza de la mercancía que se inyectó. Sin embargo, nadie realmente tenía interés en ver a Joplin muerta. Nadie se beneficiaba ni tenía enemigos. Obtuvo la heroína de un proveedor no habitual, lo que encajaba con la sobredosis. Sin embargo, las jeringas y la cuchara aparecieron dentro del cajón de la mesilla y el cuerpo en una extraña pose retorcida. Podía haberse debido a la agonía de la sobredosis o, como algunas teorías de la conspiración defienden, a que no estaba sola en la habitación. La policía no tuvo dudas en el atestado post-mortem. Menos de un mes después de proveerlos, el 26 de octubre, los amigos de Janis Joplin y sus hermanos gastaron 2.500 dólares en una fiesta a su salud. Después, esparcieron desde una avioneta sus cenizas sobre el Océano pacífico. Fue hace exactamente 50 años. Un mes más tarde de la muerte de Jimi Hendrix. Tenían 27 años.