Pedro Salinas: poeta, marido y amante

En «Amor, amor, catástrofe» Julieta Soria y Ainhoa Amestoy vuelven a una figura esencial de la Generación del 27 a través de las cartas que escribió a su «querida» y que salieron a la luz a finales del siglo XX, veinte años después de la muerte de esta

Juan Cañas compartirá el escenario pequeño del Español con Lidia Navarro (en el papel de Katherine Whitmore, de pie) y Lidia Otón (Margarita Bonmatí)
Juan Cañas compartirá el escenario pequeño del Español con Lidia Navarro (en el papel de Katherine Whitmore, de pie) y Lidia Otón (Margarita Bonmatí). Teatro Español

Durante la década de los 50 hubo una profesora estadounidense, Katherine Whitmore, que enseñaba a sus alumnos del Smith College (Massachusetts) las delicias de la trilogía poética amorosa más importante del siglo XX escrita en castellano: «La voz a ti debida», «Razón de amor» y «Largo lamento». Pero lo que la maestra se guardaba para sí misma era que ella estaba en el trasfondo de las palabras de Pedro Salinas (1891-1951). «Lo que esconde la docente es que ella pudo ser la destinataria de esos versos que el poeta escribió veinte años atrás, momento en el que se intensificaron las relaciones de Salinas con las universidades norteamericanas, en gran medida, gracias a su labor en la apertura de la renovadora Universidad Internacional de Verano de Santander», explica Ainhoa Amestoy, directora del montaje, «Amor, amor, catástrofe», que recuerda en el Teatro Español aquel «affaire».

Fue en la cornisa cantábrica donde explotó el amor y empezó una relación imposible que mantuvo viva su llama a través de las cartas de un lado a otro del Atlántico. Misivas que no se conocieron hasta muchos años después de la muerte de ella (que, nacida en 1897, fallecía en 1982). «Fue el gran secreto que se llevó a la tumba», cuenta Juan Cañas (Salinas, en la función). Sin embargo, antes de desaparecer, Jorge Guillén (1893-1984), que era conocedor de la historia, la incitó a donar todo el material. Al menos, las cartas que llevasen la firma del poeta. «En ese sentido, fue más cauta con su propia identidad que con la de Salinas», apunta Julieta Soria, autora del texto que se representará desde el 5 de mayo.

La insistencia de Guillén en que publicase los poemas inéditos y la correspondencia logró su objetivo, aunque Whitmore puso un pero. Dejaría todo el material a la Houghton Library de la Universidad de Harvard con una sola condición: no abrir la caja hasta pasados veinte años de la entrega en 1979. «Pese a ser muy avanzada para su época –dice Soria–, no dejó de ser la amante de un hombre casado. Y fue difícil sacar a la luz una historia dolorosa».

Pero más lo fue esta historia para la otra pata del trío, Margarita Bonmatí (Lidia Otón), esposa de Salinas y, para la dramaturga, «la gran desconocida. El reto ha sido construirla porque no deja grandes rastros de su existencia más que en las menciones de terceros», continúa sobre «una mujer tradicional que vivía a la sombra de su marido». Lo veneraba como persona y como intelectual, pero enterarse de sus escarceos con la profesora americana le cambió la vida. «Las cosas se complicaron cuando lo descubre, pero, a pesar de los rumores, no llegó a la opinión pública», comenta Cañas. Engañada, intentó suicidarse, aunque un barquero terminó por salvarla. Y es a partir de ahí cuando reconstruye su vida. El matrimonio se separa un tiempo, hasta que, desde el exilio, Salinas le pregunta si volverán; Bonmatí, firme, condiciona la vuelta a «no mentir», puntualiza Soria: «Cualquier cosa era admisible menos no ser honestos el uno con el otro». Todo lo contrario era Whitmore (Lidia Navarro). «Moderna, americana, estudiada, independiente...», define la autora de la «musa de la poesía de Salinas». Pero no todo es fortaleza, la obra también se centra en «la parte más frágil de su figura»: esa mujer que rehace su vida, se casa y al poco pierde a su marido. Además de llevar el secreto guardado durante toda la vida.

Ellas son las dos coprotagonistas de un montaje que encuentra su centro en el personaje de Cañas. En palabras del actor, «un hombre que hemos querido presentar como un señor poliédrico. Cuando te acercas a alguien de esta altura intelectual impone cierto respeto y nos olvidamos de que ha sido una persona como tú y yo». Así, rescatar dicha parte humana ha sido una de las obsesiones del intérprete de Ron Lalá. «Era un disfrutón», prosigue. «Por los escritos, amigos y poemas, parece que fue un entusiasta, un tipo fantástico, buena gente. Tenía una energía ilusionante y contagiosa». De esta forma, el montaje refleja a un señor que estalla de amor a sus 40 años ante su propia incredulidad: «Cómo es posible que a mi edad me haya ocurrido esto. (...) Me siento más fuerte, vivo, feliz...». «Tenía que mantener las formas, pero el corazón se le salía del pecho», cierra Cañas.

Es un verso del propio Salinas el que define el juego a dos bandas del autor: «Amor, amor, catástrofe». El mismo que da nombre a una función que se mueve constantemente en los triángulos. Tres personajes, y la propia trilogía de amor inspiradora del lenguaje utilizado ahora por Julieta Soria para recrear el imaginario del poeta; las tres realidades que se viven entre los protagonistas: «La deseada, la destruida y la imposible», apunta Soria; y los tres actos: «El idilio, la entrada de los fantasmas y la oscuridad», en boca de Amestoy. «Nuestro deseo ha sido asomarnos a la belleza y al abismo de una relación que cuenta con una extraordinaria relevancia histórica y literaria. Sus voces, sus expresiones, sus sentimientos, sus mundos reales y poéticos resuenan en nuestro texto como la mejor poesía: aquella en la que late la verdad humana», resume Soria.

  • Dónde: Teatro Español (Sala Margarita Xirgu), Madrid. Cuándo: del 5 al 23 de mayo. Cuánto: desde 13,50 hasta 18 euros.

UN AMOR FURTIVO E IMPOSIBLE

Juan Cañas define rápido la relación entre Salinas y Whitmore tras conocerse en el verano de 1932: «Furtiva y apasionada». Así fue el amor entre dos personas que tuvieron en la distancia el mayor de sus muros. «Se conocen, se enamoran y el resto de su historia es platónica», cuenta el actor. De hecho, entre los escritos del poeta se puede ver la propuesta que le hace a su amante americana: «Vive conmigo en esa especie de mundo imaginario que vamos a construir con las cartas. Ahí seremos altos y felices». Esa soledad de la distancia es la que se intenta recrear en el montaje de Soria y Amestoy mediante los monólogos que van representando los tres intérpretes, siempre, con las misivas como hilo conductor de la trama. Unas cartas en las que, para la autora del texto, «no cuenta nada, solo da vueltas a sus sensaciones amorosas» y de las que Soria ha «rescatado esas expresiones y puntos de agarre con el lenguaje “salinesco” para tratar de repetirlo en su personaje». En la figura de un hombre que pasa del enamoramiento y la explosión inicial a la melancolía y amargura del final, aunque, matiza Cañas, «no hay un final triste porque no hay una ruptura. Simplemente se deshilacha todo porque no hay forma de mantener esa relación».