Marina Abramović: «Yo soy la obra de arte, yo soy el trabajo»

La artista, Premio Princesa de Asturias de las Artes, explica cómo se prepara para sus trabajos y qué hace para superar el dolor y lo que ha aprendido del ser humano a través del público

La artista Marina Abramovic, premio Princesa de Asturias de las Artes 2021
La artista Marina Abramovic, premio Princesa de Asturias de las Artes 2021 FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Vestida de negro, el pelo suelto sobre los hombros, vestida con un traje de una sola pieza de color negro y unas botas que realzan su porte artístico, Marina Abramović entra en el salón del hotel Reconquista. Lleva prisa, pero permanece en calma. No es más alta que los demás ni tampoco más robusta o espigada, pero trae dibujado en el porte unas señales de identidad que enseguida sobresalen entre los demás. Mañana recibirá el Premio Princesa de Asturias de las Artes por una carrera que inició en los años sesenta y que desde sus comienzos estuvo trazada con el horizonte de sus inquietudes y principios. Irrumpió en un escenario donde las performances eran menospreciadas y apenas obtenían el beneplácito de los críticos. «Me decían que no era arte, pero cincuenta años después, estoy aquí. Esta es la recompensa. Para mí es un gran honor. Empecé a una edad temprana y creía en lo que hacía. Consideraba que era importante. Para mí estas actuaciones están en lo más alto de las artes, junto a la música, porque llegaban a todo el mundo. Una performance te puede afectar en la parte emocional, la sientes en tu ser, pero, en cambio, no la puedes tocar». La artista ha troquelado una trayectoria brillante donde el lienzo era su piel. Ha llevado su cuerpo a los límites físicos y sensoriales, exponiéndose al dolor, el sufrimiento, el agotamiento y los desvanecimientos. Marina Abramović, que tiene una cara, pero mil rostros dentro, se ha expuesto al público prestándose a que la golpearan, la pegaran o, incluso, la apuntaran con una pistola en la cabeza. Unas experiencias que podrían explicar la seriedad de unas facciones que son engañosas, el trampantojo de una identidad que en el fondo es muy distinta y que contrasta con la amabilidad inusual que despliega. La distancia que impone su fama artística acaba diluyéndose en la serenidad que prevalece en su voz, donde asoma una persona que a todos les resulta inesperada.

¿Cómo se prepara para una performance?

Es un infierno. Un ejemplo. «La artista está presente». Hice esta pieza cuando tenía 75 años. Nunca la hubiera podido hacer a los 23 años, porque entonces no tenía ni la sabiduría ni el autocontrol ni la determinación ni la disciplina que he llegado tener a los 75. En este caso, era muy importante sentarse ocho horas al día y siete los viernes. Nunca levantarte del sitio, siempre quedarte parado, sin moverte, sin beber agua, sin ir al servicio, sin hacer nada. Me preparé para ello durante un año. Cambié el metabolismo del cuerpo y comencé solo a cenar y a beber por las noches. Tenía que hacer esto para controlar que luego hubiera ácidos estomacales durante el día y evitar que hubiera subidas y bajadas de azúcar. A pesar de eso, fue difícil, porque por la noche tenía que descansar, beber, dormir, ir al baño... todo en este tiempo. Ahora llevo cuatro meses viajando. Salí en junio de Estados Unidos y vuelvo el sábado. Me siento como esos titiriteros que siempre van con las maletas de un lado a otro. En los últimos cuatro meses, he estado en 19 sitios, he participado en óperas, entrevistas, programas de televisión... y sí, me adelanto a cualquier comentario, esta mañana, lo reconozco, estaba cansada. No es fácil. Pero yo no puedo enviar mis obras como hacen los pintores. Yo soy la obra de arte, yo soy el trabajo.

¿Cómo es su preparación espiritual o anímica para superar el dolor al que se enfrenta en sus acciones?

Yo empecé desde muy pequeña en el arte. Pero quizá antes deba decir que mi padre y mi madre eran comunistas, militares y que no creían nada. Me crio mi abuela, que era increíblemente religiosa. También en mi familia hubo algún antepasado que lo habían santificado. Así que tenemos una gran mezcla de ideas y tendencias. Yo, al final, me hice budista tibetana. No creo en el Jesucristo con barba que nos han presentado; creo en la energía. En los cincuenta años de mi carrera he conocido muchas culturas y sus enfoques espirituales, sus planteamientos frente a la vida. Viví con aborígenes australianos durante un año, trabajé durante otros veinte con monjes tibetanos y aprendí mucho de los chamanes de la selva del Amazonas con los que también estuve. Nunca fui turista en estas culturas. Estuve allí, junto a ellos, embebida por su cultura. Fueron ellos los que me enseñaron a lidiar y superar el dolor y desarrollar la parte espiritual. Pero debe tener en cuenta también mi otro entorno: el comunista. Es muy importante recordar que para el comunismo la vida personal no es importante, lo esencial es el propósito que tienes en la vida. A mí siempre me interesó tener una perspectiva amplia, no pequeña, nunca estuve interesaba en mi vida privada, en tener una familia, lo único que me ha motivado ha sido el propósito del arte y el propósito del arte es elevar el espíritu humano por encima de las tres cosas que conocemos: dolor, sufrimiento y mortalidad. Y esta es, en realidad, mi historia.

En una performance todo es real. Incluso los cuchillos. Pero vivimos en un mundo donde lo real se desvanece y prevalece la realidad virtual. ¿Qué opina?

Por eso me gustan las corridas de toros, porque son reales. La realidad virtual es muy curiosa, me encanta la mezcla de realidad y virtualidad, pero la realidad virtual es muy peligrosa, porque cuando te pones las gafas, el cuerpo desaparece y todo pasa en el cerebro. Es él el que se cree que lo que estás viendo es real. Se hicieron experimentos con soldados en Afganistán que sufrieron quemaduras con productos químicos y no había medicina para poder mitigar el sufrimiento y el dolor que padecían por esas heridas. El experimento consistía en ponerles gafas de realidad virtual. A través de ellas veían que su cuerpo estaba inmerso en hielo y dejaron de padecer dolor. Puede que la Realidad virtual tenga aplicaciones terapéuticas, pero es peligroso para la gente joven porque los aleja de la realidad.

Pero usted misma ha trabajado con ella.

Hace poco concluí una pieza que se llama «La vida» que tiene que ver con esa mezcla de realidad y virtualidad. Para ese trabajo necesité 36 cámaras de vídeo, donde se filmaron todos los poros de mi cuerpo. No se proyectó en ninguna superficie, sino en un espacio en 360 grados y cuando me vi ahí proyectada, así... soy tan real, que no lo supera ni sustituye ningún documental o vídeo. Siento que estoy hecha de electricidad. Si algún día no estoy, sería la mejor manera de sustituirme. Considero que ahí podría haber mucho futuro... es lo más cercano a la inmortalidad del cuerpo.

¿Va a hacer trabajos nuevos con un avatar?

Me encantaría hacer cosas que no puedo hacer físicamente, como levitar, que siempre me hubiera gustado, caminar sobre gua, volar, quemar el cuerpo y renacer... para un artista es muy importante intentarlo todo. Los artistas son espíritus libres. Tienen que ser valientes y nunca han de tener miedo al fracaso y hacer cosas. Si fallas o fracasas, no pasa nada. Te levantas y sigues de nuevo. La valentía es muy importante, pero no la valentía para afrontar el dolor que puedas llegar a sentir, sino a la valentía y el coraje que se requiere para hacer cosas nuevas. No me gusta mi generación porque se quejan de todo y se repiten. No tienen curiosidad y piensan que cualquier tiempo pasado fue el mejor, pero este tiempo es el mejor y el único mejor-posible. Es el aquí y el ahora.

En «Ritmo O», de 1974, se expuso al público de una manera muy arriesgada. ¿Qué ha aprendido del ser humano en sus performances?

Entonces tenía 23 años. Estaba loca, loquísima. Estaba preparada para morir por y para el arte. Aprendí que durante seis horas el público te puede matar, pero treinta años más tarde, hice otra. Pero en esta ocasión elegí y decidí que la interacción iba a ser mirándonos cara cara, sin tocarnos. En «ritmo 0» me hicieron cosas terribles, tremendas, pero 30 años más tarde, ese público rompió a llorar.

¿Y que ha concluido?

Aprendí que es muy fácil derrumbar el espíritu humano. Es más difícil construir amor incondicional para todos y para un completo desconocido. También he aprendido a ver lo mejor de cada una de las personas. En esa pieza las vi, no a través de su aspecto, sino como eran. Es lo que aprendí. Se trata de energía. Fue una conexión energética. Cuando eres artista y joven, quieres hacer muchas cosas porque eres inseguro, pero cuantas más actuaciones hago, más me doy cuenta de que no necesitamos nada, que lo único que se requiere es estar sentado, sin ningún objeto entre el público y yo. Basta con mirarnos, con generar esa energía. Mis piezas tienen que ver con las emociones. No necesitamos contar ninguna historia. Está dentro esa conexión, la sientes en el estómago. Ahí lo que te queda precisamente es su recuerdo.