Música

Rulo: “Toda militancia implica ceguera, y eso es desolador”

Comienza la gira de su 25 aniversario entregado a los escenarios después de una «pandemia que ha supuesto un varapalo para toda la gente del sector»

El músico y cantante Rulo
El músico y cantante Rulo FOTO: BERNARDO DORAL

Hace más de una década ya que Raúl Gutiérrez, Rulo, dejaba La Fuga. Hoy celebra, junto a La Contrabanda, su 25 aniversario en la música. Recorre España con el rock de sus «Noches de Fuga» y «Contrabando». El contraste entre una puesta en escena y un sonido eminentemente roqueros con el lirismo e intimismo de sus letras, le convierten en una rara avis dentro del panorama musical español, situándole en algún lugar entre el rock y la canción de autor electrificada. Es esta gira, la de su 25 aniversario, una muy especial, pese a que Rulo no ha dejado de hacerlo nunca, ni siquiera en tiempos de pandemia. «Nosotros decidimos salir a la carretera y seguir girando porque pensábamos que la música era importantísima en un momento social como aquel», explica.

«La pandemia ha supuesto un palo muy gordo para el sector y ahora nos subimos al escenario incrédulos, no nos lo terminamos de creer. El público entonces buscaba sentirse arropado, sentirse menos solo, buscaba la caricia, la cercanía. Ahora es todo lo contrario. Buscan la sacudida, la diversión, casi la escapada. Tocar ahora es la antítesis de lo que suponía tocar en pandemia. La gente está buscando descomprimir, algunos de una manera más alocada, otros menos. Por eso estamos dando nuestra parte más rock, no solo porque el público reclama algo más enérgico, sino porque nosotros también lo necesitamos». Una buena manera esta de celebrar sus veinticinco años en la música. «25 años desde que grabé mi primer disco –matiza–. En la música llevo prácticamente toda la vida. Mi primer concierto lo di con 15 años. Y me siento un privilegiado por haber estado ahí siempre, en una profesión en la que ves a tu alrededor tantas carreras fugaces. Yo siempre he tenido la sensación de ser un corredor de fondo, así es como he visto la música siempre. O quizá es que es así como me trató la música a mí. Con la Fuga, empezamos tocando en un garito en Malasaña que se llamaba El Laboratorio y nunca nos saltamos nada, ningún paso. Esos trece años fueron Laboratorio, fueron la Sol, fueron Caracol… Nunca hubo un año que fuese el del gran pelotazo. Fue algo progresivo, algo que fue sucediendo, poco a poco».

Y, claro, subido a un escenario desde los quince, Raúl, Rulo, ha visto desfilar ante él todos los cambios de la industria y del público, de los gustos y las demandas, de los formatos. Y también ha cambiado él. «Hasta que no me planteé esta gira –cuenta– hasta que no me inventé la celebración de estos 25 años, no era consciente de todo lo que había cambiado. Porque yo nunca paro, soy de mirar siempre hacia adelante, de estar en marcha. Pero con esta gira tuve que pararme y revisitar mis canciones, toda mi obra, y he sido consciente entonces de todos los cambios. Ha sido como contemplar el álbum de fotos de todo lo que me ha ido sucediendo. Es alucinante. Me arrancó una sonrisa revisitar tantos años de trabajo. No me incomodó en absoluto, quizá porque puedo acudir a mi obra y contemplarla sin pudor, porque creo que porque donde soy más crítico es en el momento de entrar a grabar, antes de sacar nuevo disco». Y reflexiona: «es importante también saber mirar tu obra. Porque, de lo contrario, gana el sufrimiento al placer. ¿Y qué sentido tendría entonces dedicarse a esto?».

Un repertorio complejo

Le pregunto si en esa autorrevisión, ese contemplar lo ha realizado desde la perspectiva del ahora, ha sentido que antes era más libre, si alguna de sus canciones no tendría hoy posibilidad de ver la luz. «No, no, solo hay tres o cuatro canciones de todo mi repertorio que yo hoy no interpretaría, y no por un tema de autocensura o miedo a las reacciones, sino porque son canciones que fueron creadas por un chaval de diecisiete años que ya no soy yo, con las que ya no me identifico y no me veo cantándolas ahora. Pero no tengo ninguna canción que haya sufrido la ira de los nuevos censores, que haya incomodado a nadie o que hoy no podría haber compuesto. De hecho, tengo una, “Golpes”, compuesta en el año 2000, en la que hablo de la violencia de género cuando esta no estaba tan presente en los medios como ahora. Hay temas con los que estoy muy sensibilizado».

Y cuenta cómo en una ocasión, quizá la única en la que ha vivido algo parecido a una crítica indignada por su obra, en la que «habíamos interpretado una canción, una que se titula «A solas» de nuestro segundo disco, nos dijeron que alguien había protestado por la letra. Yo acudí rápidamente a ella con lupa, con el ánimo de hacer autocrítica y rectificar si era necesario, pero no encontré nada en ella. Ha sido un hecho aislado». No entiende muy bien Raúl ese ánimo revisionista de algunos sectores de la sociedad: «Cada obra es esclava del tiempo en que se hizo. Respeto absolutamente todas las opiniones, pero las obras hay que juzgarlas en el momento que vieron la luz, en y con su contexto, no después o desligadas de él. Es injusto para la autor pero también lo es para la propia obra».

No vive Rulo ajeno a lo que le rodea, al signo de nuestros tiempos. Y confiesa que durante mucho tiempo era algo parecido a un «adicto a la información». «Desayunaba con los informativos –explica–. Comía con los informativos y cenaba con los informativos. Pero desde hace un tiempo ya no lo hago. Leo los diarios y me gusta estar al día en todos los temas, me interesa la actualidad informativa. Pero no como antes, que estaba totalmente inmerso. Fue una decisión bastante radical, no fue algo gradual. Me di cuenta de que me hacía sentir mal. Yo soy un tipo muy moderado y, hoy en día, la moderación en el debate público no tiene nada que hacer». Esa polarización en las posturas, el enfrentamiento constante y casi irreconciliable, es percibida por alguien templado como un paisaje desolador. «La militancia implica cierta ceguera, una ausencia de crítica», reflexiona, «y yo soy crítico, pero desde mi postura natural, no estoy posicionado. Esa militancia ciega me entristece. Como sociedad estamos mucho más enfrentados que hace diez años, en eso no hemos progresado. Estamos muy polarizados. Y la clase política ha hecho mucho por la labor. Hace años eran un poquito más de la concordia, quizá porque sabían de dónde veníamos. Ahora no, ahora la clase política parece desconocer de dónde venimos y actúa como si todo lo conseguido no tuviera importancia y como si nada de lo que hagan pueda tener consecuencias».

Rock & Rulo

Por Javier Menéndez Flores
Sorprende que sea en el glacial norte donde se ubican las más vivas fraguas del rock español. Ese oxímoron –hielo que quema– sólo puede justificarse por la pesadísima ancla de la tradición, puesto que el azar es capaz de las más locas carambolas pero no es tan terco.
Rulo, cántabro de Reinosa, encontró en la caña la mejor lumbre con la que calentar su corazón de joven lobo inadaptado, y se forjó como músico con el metal incandescente de Los Suaves, Barricada y Platero y Tú. En su tierra es igual de famoso que el Racing, las anchoas de Santoña y los Botín, solo que hace ya tiempo que se propuso trascender la esfera local y con cada nuevo disco y gira su nombre se ensancha y aumenta el número de rulistas de todos los acentos.
Parece que haya pasado un siglo desde que se fugó de La Fuga, esa universidad en donde comenzó a llamarle “hogar, dulce hogar” a la cuerda floja y en la que acabó camelándose al esquivo éxito. Lo que fue un paraíso se tornó en un penal por las luchas de egos y esas cosas tan feas y, sin embargo, tan fieramente humanas que suelen acontecer en los grupos de música que llevan largo tiempo rulando. Desde entonces, más de una década, defiende sus canciones con el aplomo de su nombre y ayudado de la artillería eficacísima de la Contrabanda, que más que sus músicos son sus cimientos de titanio, su red antibatacazo, sus demonios custodios.
La más notable diferencia entre el pop y el rock es que el primero se escribe en cursiva y el segundo en negrita, aunque a veces el trazo grueso y la filigrana pueden darse un revolcón y engendrar tigres fascinantes. Rulo ha entendido eso como nadie, y hace ya años que echó al fuego etiquetas y prejuicios, y compone sin otra presión que la de tratar de hacer buenas canciones, las mejores de las que es capaz. Por eso da igual que los roqueros duros lo vean demasiado lírico y que a los poperos les resulte un trueno, pues los diques y las taxonomías nunca se impondrán al argumento inapelable de la calidad.
En su altar mayor de deidades paganas resplandecen san Sabina y san Robe. Eso significa que es uno de esos tipos para quienes la elección de un adjetivo se convierte en un viacrucis y que dedica horas a buscar sinónimos de “contigo” y “sin ti”, orilla y altamar de nuestra especie.
Cuenta la leyenda que una vez ofreció todo un concierto descalzo, como un siux o un corredor etíope, y alguien así morirá, seguro, con las botas puestas. Pero quietos parados, porque aún queda un largo trecho para el día del adiós. Su melena retro, que recuerda a las de los futbolistas o tenistas de los setenta, aquellos buenos chicos malos a los que sólo les faltaba la guitarra eléctrica para dar el pego como estrellas de rock, todavía tiene que agitarse muchas noches sobre un escenario y agitar a quienes corean hasta las comas de sus canciones, un ejército que crece cada día.
Larga vida al rock & Rulo.