Libros
Amin Maalouf: «Jamás habría imaginado que la guerra regresaría con tanta fuerza, que la violencia se volvería tan salvaje ni que la democracia volvería a verse amenazada»
El escritor ha recibido el Premio de la FIL de Literatura en Lenguas Romances y reclamó que «la humanidad se eleve por encima de sus codicias, de sus egoísmos, de sus prejuicios»
Amin Maalouf no proviene de una cultura, sino de la encrucijada de muchas. Desde la infancia traía consigo ya una biografía singular, de unas raíces cosmopolitas que no serían del gusto de esas mentalidades estrechas y de frentes fruncidas por el cerrajón de los fundamentalismos y patriotismos de desfasada raigambre. Nació en Beirut, creció en Egipto y su familia arrastraba consigo todo un remolque de confesiones, desde protestantes y católicos hasta ortodoxos, ateos y masones.
Unos antecedentes que han hecho de él un hombre de culturas más que de una cultura (otra incorrección política en el horizonte político que va abriéndose paso). Maalouf nace en el mundo musulmán y una biblioteca de lecturas que le abrieron a otras sociedades. Residió en Estambul, pero hoy está afincado en Francia y su lengua francesa, y a lo largo de su vida ha ido enhebrando una literatura de amplios cauces con hitos como «Las cruzadas vistas por los árabes», «Samarcanda», «León el africano» o «El naufragio de las civilizaciones».
Libros que le han dado fama y que le han respaldado para que reciba el Premio de Literatura en Lenguas Romances que cada año entrega la FIL y que ahora ha recogido con un discurso de evidente compromiso, sincero optimismo y clara preocupación. «Siempre he tenido una gran admiración por este prestigioso premio, que celebra la literatura, la diversidad de las lenguas y el parentesco entre todas las culturas humanas. Una actitud profundamente universalista, más necesaria que nunca en el mundo en que vivimos», comentó al inicio de su intervención para reconocer después que «nuestra época es también la más fascinante que la humanidad haya vivido desde los albores de la Historia».
«Quién podría prever que el mundo terminaría rigiéndose por la ley del más fuerte»
Admitió, en estos momentos, sentirse «inquieto y maravillado, sí, las dos cosas a la vez, por más contradictorios que parezcan esos dos estados de ánimo», y dio a conocer el motivo de esta paradoja: «Me asombra que nuestra especie haya hecho realidad, en las últimas décadas, sueños que acariciaba desde hace milenios, sin imaginar que algún día se volverían posibles. Si alguien me hubiera dicho, cuando era joven, que podría tener al alcance de mis dedos, en cualquier momento, todo el conocimiento del universo; que podría conversar cara a cara con mis hijos y mis nietos al otro lado del planeta; que podría participar en una conferencia en Milán, en México, en Madrid o en Rawalpindi sin salir de mi habitación… habría pensado que me describían una utopía mágica, en un futuro muy lejano, no algo que llegaría a cumplirse en mi propia vida».
Maalouf recordó que cuando comenzó en periodismo todavía se escribían «los artículos a mano; luego los tipógrafos los pasaban a máquina, los fundían en plomo y después se imprimían». Reveló que su padre era periodista y que él lo acompañaba a las imprentas y también al mundo de las redacciones de entonces. «Ahí nació la gran pasión de mi vida: observar el curso del mundo. Era mi pasión desde niño, y lo sigue siendo hasta hoy. Nunca se ha debilitado, al contrario, con los años se ha vuelto aún más intensa».
«Jamás pensé en mi juventud que el universalismo retrocedería con el paso de las décadas»
Esa curiosidad dejó en su ánimo el impulso ancestral de querer vivir cada experiencia de primera mano, de experimentar todo lo que daba el progreso, de conocer «todas las novedades, al menos en el ámbito que más me interesa, el del conocimiento, la comunicación, la lectura y la escritura». Una manera de vivir y de estar en la vida que le ha reportado «alegrías», pero también le ha dejado el poso insondable de numerosas «tristezas y decepciones».
En este punto, sus palabras cambiaron de tono y señaló que «estaba convencido de que la justicia, la libertad, la paz, el conocimiento y la democracia se extenderían de manera inevitable por todo el planeta; que las naciones establecerían entre sí relaciones cada vez más amables, respetuosas, cercanas, incluso íntimas». Un lamento al que añadió otro de similar melancolía y que alude a estos meses recientes donde parece que el orden internacional ha comenzado un lento desmontaje: «Pensaba que la voz de las grandes organizaciones internacionales sería escuchada, respetada, tomada en cuenta tanto por las naciones más poderosas como por las más pequeñas. Que el universalismo y los valores que le son propios se extenderían por todo el mundo; que las grandes ideologías y las religiones más importantes destacarían, a partir de entonces, sus semejanzas, sus puntos de convergencia, más que sus diferencias. Y, por supuesto, creía también que la barbarie de la guerra —esa presencia constante en la historia humana— acabaría volviéndose, poco a poco, inconcebible».
«Estamos asistiendo a una nueva carrera armamentista, con instrumentos cada vez más sofisticados»
Maalouf, que desde sus entrevistas, sus libros y propuesta intelectual ha abogado por un mundo desprovisto de prejuicios y que aspiraba a los principios universalistas, declaró con pesar: «Jamás habría imaginado que la guerra regresaría con tanta fuerza al centro de la actualidad; no solo en mi región de origen, el Levante, sino también en mi patria adoptiva, Europa. Que la violencia se volvería aún más salvaje, más mortífera que en los tiempos de mi nacimiento, hace ya tres cuartos de siglo. Tampoco habría imaginado que la voz de las organizaciones internacionales se volvería casi inaudible, que su influencia no dejaría de debilitarse y que el mundo terminaría rigiéndose por la ley del más fuerte —la propia ley de la selva».
Una queja que amplió con un reconocimiento personal: «Nunca habría pensado, en mi juventud, que el universalismo retrocedería con el paso de las décadas, en lugar de avanzar; ni que la democracia misma llegaría a verse debilitada y amenazada, incluso en países donde parecía definitivamente consolidada y a salvo de toda tentación tiránica».
«Hay una desigualdad entre la evolución material de la humanidad y su evolución moral»
Maalouf hizo una pausa para establecer una diferencia, que «mis fascinaciones están relacionadas con el avance de las ciencias y la tecnología, y mis decepciones con la evolución de nuestras mentalidades». Un sentimiento que proviene de la constatación de que «la ciencia y la técnica avanzan sin pausa, mientras que lo que pertenece a nuestra evolución moral tropieza, se desvía o incluso retrocede: el desfase entre la evolución material de la humanidad y su evolución moral. La capacidad de perfeccionamiento de estas nuevas herramientas es asombrosa, parece no tener límites y nuestras mentalidades son incapaces de seguir ese ritmo».
Maalouf subrayó una de las consecuencias procedentes de esa deriva: «Procuro mantener una mirada positiva; pero también debo conservar la lucidez. Y eso me obliga a reconocer que estamos asistiendo a una nueva carrera armamentista, con instrumentos cada vez más sofisticados; sé que existen riesgos de descontrol asociados a las nuevas tecnologías o las biotecnologías, que nos ayudan a vivir más tiempo, pero que si se usan de manera imprudente podrían poner en peligro la integridad física y mental de la especie humana… o incluso la supervivencia».
Por eso comentó que estos desafíos «exigen de nosotros vigilancia, sentido de la responsabilidad y una conciencia auténtica del bien común» y que «la humanidad se eleve por encima de sus codicias, de sus egoísmos, de sus prejuicios». En otras palabras, que alcance un nivel moral a la altura de los desafíos que enfrenta. Por desgracia, no es eso lo que vemos ahora. Nuestra evolución moral no solo avanza más lentamente que la evolución científica y técnica, sino que hoy en día atraviesa una verdadera regresión».
«Cuando una región del mundo pasa de la guerra a la paz, nada garantiza que no pueda volver a la guerra»
Esta regresión lo aprecia en «el universalismo, en una regresión de la democracia, del Estado de derecho. Y esto ocurre en todo el planeta», pero, advirtió: «Soñar con regresar al mundo de antes no tiene sentido si realmente queremos salir del atolladero. Nunca volveremos al mundo de antes: ningún ser humano, ninguna empresa multinacional, ningún Estado podría detener el curso de la ciencia, ni siquiera ralentizarlo». El problema para él es que «las mentalidades, a diferencia de la ciencia, no avanzan por sí mismas. No están impulsadas por un movimiento irresistible, ni son irreversibles. Cuando una sociedad pasa de la dictadura a la democracia, nunca se puede estar completamente seguro de que no volverá algún día a la dictadura. Cuando una región del mundo pasa de la guerra a la paz, nada garantiza que no pueda volver a la guerra. En el terreno de las mentalidades, los progresos solo ocurren si actuamos, y son —por desgracia— reversibles».
«O sobrevivimos juntos, o desaparecemos juntos»
La lección que extrae de lo anterior es que «cada avance moral debe ser fruto de una acción humana; y esa acción debe ser reflexionada, mesurada, eficaz. Y no debe ser un impulso pasajero: tiene que sostenerse con sabiduría y determinación a lo largo del tiempo. La única forma sensata de responder es acelerar la evolución de nuestras mentalidades: prepararnos para comprender el mundo que las rodea y poder influir en él. La solución es apropiarnos de ese progreso, ponerlo al servicio del ser humano, de su dignidad, de su libertad; convertirlo en un instrumento de liberación, y no de sometimiento».
¿Cuál es la misión de la literatura en este contexto? Para él tiene tres misiones. La primera «es hacernos conscientes de la complejidad del mundo en que vivimos, porque el primer derecho —y el primer deber— de una persona libre es entender el mundo». La segunda, «convencernos de que, a pesar de nuestras diferencias, de nuestras enemistades, de los resentimientos que nos dividen, nuestro destino se ha vuelto común. O sobrevivimos juntos, o desaparecemos juntos». La tercera, «es arrojar luz sobre los valores esenciales del ser humano —la dignidad, la libertad, el respeto mutuo, la convivencia armoniosa—, mostrando lo que significan y cómo deberían encarnarse hoy». Algo que le llevó a concluir que «estoy convencido de que la literatura es hoy más indispensable que nunca en la historia humana. Porque es a ella a quien le corresponde reparar el presente e imaginar el futuro».