Arturo Fernández, el actor que nunca se plegó a la izquierda

El intérprete representó a la perfección el papel de galán maduro, pero fue mucho más que un arquetipo, luchó en el cine, en el teatro y la televisión con unas cualidades excelentes, siempre con el público de su lado.

Arturo Fernández entre las butacas del teatro Amaya, el lugar donde se sentía tan a gusto como el público con él. Foto: Alberto R. Roldán

El intérprete representó a la perfección el papel de galán maduro, pero fue mucho más que un arquetipo, luchó en el cine, en el teatro y la televisión con unas cualidades excelentes, siempre con el público de su lado.

s que un actor, un magnifico actor y mejor persona, Arturo Fernández fue una institución viva. Como que estuvo actuando y de gira por toda España hasta hace dos meses con la reposición de «Alta seducción» durante 70 años. Con su propia compañía, algo inusual en lo que queda de esa España en la que los grandes de la copla y la revista, las damas del teatro, con sus galanes y primeras damas tenían compañía propia y –aunque parezca un resabio de esa España en blanco y negro que los progres subvencionados no quiere que vuelva– se financiaban sin ayudas estatales e iban a taquilla con el teatro. Incluso, según reveló ayer Enrique Cerezo, estaba preparando su vuelta al cine.

Así se forjaron las grandes dinastías teatrales, con sus incursiones en el cine, y algunos de ellos, como el gran Arturo Fernández pasaron de actor de reparto a galán joven y una vez cogido el tranquillo a ese eterno galán maduro de amplio registro que popularizó en los 90 en la televisión y que no quiso abandonar, repitiendo ese papel de cincuentón de alta comedia hasta el penúltimo día de su vida, de camerino en camerino, con «Alta seducción». Nació en Gijón, en 1929. De padre anarquista huido de España tras la Guerra Civil, trabajó en un sinnúmero de oficios: vendedor de corbata, futbolista y boxeador, con el nombre de «El tigre de Piles». A los 21 años se trasladó a Madrid para triunfar en el cine y consiguió papelines de extra en filmes religiosos de Cifesa, dirigidos por Rafael Gil: «La señora de Fátima» (1951), «La guerra de Dios» (1953) y «El beso de Judas» (1954), sin acreditar.

La verdadera carrera de Arturo Fernández en el cine corre paralela a su aprendizaje en el teatro de repertorio. Primero en el de Cámara y Ensayo, para incorporarse a continuación a las dos grandes compañías de los años 50, la de Rafael Rivelles y Conchita Montes. En el cine, la planta de galán serio y un tanto cínico le abocaron a interpretar papeles de ladrón, gánster y macarra en películas del primer cine negro español, muchas de ellas coproducciones franco-italianas. El llamado «polar» francés marcó el estilo del género de policías y ladrones impuesto por el cine americano tras la diáspora del macartismo en Europa. «Rififí» (1955), de Jules Dassin, impuso su forma de enfocar las películas de robos ingeniosos, ladrones poco fiables, vampiresas fatales que cantaban en un cabaret como Gildas de arrabal y cierta glorificación del hampa, con su obligado final a tiros. En España, el artífice de las mejores películas de policías y ladrones fue Julio Coll con «Distrito Quinto» (1957), «Un vaso de whisky» (1958) y «Los cuervos» (1961), con música jazzística del maestro José Solá. «A sangre fría» (1959) y «Regresa un desconocido» (1961), ambas de Juan Bosch, cimentaron su fama de galán canalla y perdedor del hampa portuaria barcelonesa. Esta primera etapa de aprendizaje, con papeles de galán turbio y mueca de malvado, se cierra con el éxito en color y destape de «Bahía de Palma» (1962), con un papel de ligón de suecas en las maravillosas playas mallorquinas, nada menos que junto a Elke Sommer en bikini, con la que se supone que tuvo un «affaire» veraniego. Tras multitud de comedias del destape, Fernández, cuajado como dandi simpático y conquistador, en «Truhanes» (1983) vuelve a interpretar al guapo y simpático canalla junto a Francisco Rabal. Éxito multitudinario que repitieron en una serie del mismo título, «Truhanes» (1993-1994). Siguió con su galanura en «Tocata y fuga de Lolita» (1974), y «El día que nací yo» (1991), con Isabel Pantoja.

El éxito y el lenguaje

No produjo el cine español numerosos galanes. Paco Rabal, Jorge Mistral, Carlos Larrañaga, Armando Moreno, Vicente Parra y Arturo Fernández. Se midió en las conquista con Larrañaga, con quien compartió numerosos «romances» de los que nunca habló. Dos años después, consiguió algo inusual en España con una serie televisiva: ser uno de los actores más taquilleros del cine, teatro y televisión españoles, y conquistar el corazón de las familias con «La casa de los líos» (1996-2000). Nada menos que cuatro años de éxito, poniendo de moda sus famosos «chatina» y «que te caneo», frases coloquiales que popularizó en España.

Hasta su muerte a los 90 años, Arturo Fernández modeló su figura elegante tanto en el teatro, donde era una de las figuras insustituibles de la alta comedia vodevilesca, como en el cine, con su sempiterno traje blanco, bien planchado, atildado y de maneras refinadas, y en la vida, donde fardaba de seducir a tantas muchachas que había perdido la cuenta. Su vida matrimonial fue más discreta. Se casó en 1967 con la aristócrata y actriz catalana María Isabel Sensat Marqués y tuvo tres hijos: María, Arturo y María Dolores. Tras su divorcio en 1978, empezó una relación con la abogada Carmen Quesada, 30 años menor que él, con la que ha seguido unido hasta su muerte.

En 2014, se embarcó en una función escrita por Boadella, «Ensayando a Don Juan», en los Teatros del Canal, en el que se reía de sí mismo y de sus achaques. De él afirmó entonces Albert Boadella: «Arturo ha sido un actor formidable al que mis colegas, los directores de mi generación, no habían aprovechado. Si hubiera nacido en Francia o Inglaterra su carrera habría sido mucho más amplia y variada de lo que ha sido entre nosotros». Lo mismo pensaban los directores italianos, lamentando que este Nino Manfredi español no hubiera tenido las mismas oportunidades de lucirse con los grandes cineastas europeos. Su calidad estaba a la altura de otros que pasaban del humor al drama como Gassman y Mastroianni. Los grandes actores son los mejores intérpretes de sí mismos. Se conocen tan bien y saben optimizar tanto sus recursos interpretativos que sin apenas cambiar de registro son capaces de interpretar cualquier papel.

Arturo no siguió modelos foráneos. Interpretó en el teatro el papel del chulo en «Dulce pájaro de juventud» (1962), de Tennessee Williams, junto a Amelia de la Torre, pero acabó por especializarse en el de seductor cincuentón con amante joven. Por tres veces reestrenó la comedia «Pato a la naranja» (1972), el vodevil de William Douglas-Home, como escrito a su medida. Lo mismo que los distintos títulos de comedias similares, como «Esmoquin», «Esmoquin 2», «La montaña rusa» y «Los hombres no mienten». Su carrera finaliza con la reposición de «Alta seducción», que llevó por España durante tres décadas hasta su muerte.

En los últimos años se prodigó por radios y televisiones, donde profería numerosas sentencias políticas que disgustaban a la progresía. Su repudio a Podemos, tanto que dejó de actuar en Cádiz porque gobernaba «Kichi», chocaba con su forma de entender la democracia. Era tildado de machista porque defendía los piropos a las mujeres y fueron de lo más divertidos sus choteos sobre la fealdad de los manifestantes de la izquierdona: «No hay que salir a la calle y cuando se sale a la calle, coño, sal con gente guapa. Yo en mi vida he visto gente más fea. ¡Me cago en la leche! ¿Pero cómo es posible? A estos no los veo por la calle. Deben de tenerlos en campos de concentración, porque no lo puedo entender. Y dicen, ¡que salgan en manada! Y ahí van (...) Si en los carteles de turismo los ponen a ellos, aquí no viene ni el Tato. Hay que poner gente guapa, que siempre funciona». Así era, feliz intérprete de sí mismo, que hizo a sus vez felices a miles de personas que vieron en el actor la mejor imagen del español que se sentía orgulloso de ser como él: sencillamente, Arturo Fernández.