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Che, 50 años después de su muerte

El castrismo utilizó y usa la figura del revolucionario al que dejó morir en Bolivia como mito fundacional falseando la vida y obra de este burgués de nacimiento que firmaba sus cartas de adolescencia como «Stalin II», violento, dogmático y al que «le gustaba matar»

  • ICÓNICO. La imagen que Alberto Korda tomó en 1960 del Che bajo el título «Guerrillero heroico» ha servido para propagar su figura de redentor de los oprimidos a través del merchandising
    ICÓNICO. La imagen que Alberto Korda tomó en 1960 del Che bajo el título «Guerrillero heroico» ha servido para propagar su figura de redentor de los oprimidos a través del merchandising

Tiempo de lectura 8 min.

17 de enero de 2017. 11:22h

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16/1/2017

«¡Pioneros por el comunismo! ¡Seremos como el Che!». Es el juramento público de los niños cubanos al comenzar los estudios primarios. El mismo castrismo que envió a Ernesto «Che» Guevara a morir a los montes bolivianos para quitárselo de en medio, usó su figura, al modo estalinista, para convertirlo en un mito; es decir, en una historia ficticia para la propaganda. Ese relato de la vida de aquel argentino está lleno de falsedades para encubrir lo que realmente fue, sintió, pensó y dijo. La figura castrista del Che, auxiliada por la comercial foto de Alfredo Korda titulada «Guerrillero heroico», que lo presentaba como un luchador romántico, una especie de Jesucristo Superstar, es la de un médico comprometido con la justicia social, un visionario, gran economista, que luchó hasta la muerte contra el imperialismo siendo un popular y victorioso guerrillero.

La Historia dice todo lo contrario, pero la propaganda comunista ha calado tan hondo que incluso hoy dirigentes de la «nueva política» se presentan como admiradores del Che. Y lo mismo pasa con periodistas, a pesar de que dijo: «Hay que acabar con todos los periódicos. Una revolución no se puede lograr con la libertad de prensa».

Ernesto Guevara era un burgués, nacido en 1928 en Rosario, en una familia muy acomodada. Durante su adolescencia era ya una persona violenta y extraña que firmaba las cartas como «Stalin II», y al que divertía que le llamaran «cerdo» por su aversión al agua. Empezó los estudios de Medicina en 1948, pero no los concluyó al no completar los doce meses de prácticas. No le gustaba estudiar, y prefirió ver mundo. De la Argentina peronista salió convertido en un izquierdista antiamericano. Tras fracasar en su intento de encontrar trabajo como médico en tres países, llegó a Guatemala unos meses antes del golpe de Estado contra el procomunista Arbenz, en junio de 1954. Aquello le convenció de que era preciso acabar con el enemigo para conservar el poder. Escribió entonces a una novia que el golpe se habría evitado «si se hubieran producido esos fusilamientos...».

Guevara decidió convertirse en guerrillero y marchó a México para recibir adiestramiento. Allí conoció a los exiliados cubanos, entre ellos, a los hermanos Castro. Fortaleció entonces sus convicciones socialistas, hasta el punto de aplaudir la represión soviética de la revolución húngara de 1956. Se embarcó en el yate «Granma» como teniente médico acompañando a los cubanos, quienes fracasaron al tomar tierra. Escondidos en Sierra Maestra, el Che, mote que le pusieron en México, dejó ver su estilo: demagogia y mano dura, incluida la ejecución de los prisioneros y de los camaradas desobedientes o tibios. Entre las catorce personas que ejecutó estaba Eutinio Guerra, al que descerrajó un tiro en la nuca, tras lo cual «sus pertenencias –escribió– pasaron a mi poder». Ese día comunicó: «Tengo que confesarte, papá, que en ese momento descubrí que realmente me gusta matar».

Creía que la violencia era la «partera de las sociedades nuevas» e «indispensable para aplicar y desarrollar el programa revolucionario». La batalla de Santa Clara, que comandó junto a Camilo Cienfuegos, competidor de Fidel que murió poco después en extrañas circunstancias, se libró contra las desmotivadas tropas del dictador Batista. Una vez rendidas éstas, en tres días de enero de 1959 firmó 23 sentencias de muerte. Los Castro le llamaron a entrar en La Habana, y pensaron utilizarlo para crear el régimen de terror. Nombraron al Che director de la prisión de La Cabaña, donde dijo que los procedimientos judiciales eran un «detalle burgués arcaico», y que un revolucionario debía ser una «fría máquina de matar motivado por odio puro». En los meses de 1959 que dirigió dicho centro firmó 164 ejecuciones. Solía decir: «Ante la duda, mátalo».

Cruel represión

La destreza que mostró en la represión debió valer a Fidel Castro para nombrarle presidente del Banco Nacional de Cuba, a pesar de que nunca había estudiado economía. De hecho, el Che confundía el Banco Mundial con el Fondo Monetario Internacional. El desastre fue completo: el peso cubano abandonó su paridad con el dólar americano y entró en inflación. Aun así, se atrevió a decir en 1961 que la renta per cápita de los cubanos sería superior a la de los estadounidenses en 1980. Castro decidió reubicarlo en el Ministerio de Industria. Guevara pensó que la economía de Cuba no debía depender del azúcar, e ideó un plan para industrializar la isla. No solo consiguió que los pocos empresarios que quedaban se fueran, sino que dilapidó los fondos públicos. El desvarío llegó al punto de que compró máquinas quitanieves. En el campo no fue mejor. Los campesinos iniciaron una revuelta por la actuación de los paramilitares castristas, rápidamente sofocada, y el Che, en respuesta, eliminó el derecho de huelga y obligó a todos los trabajadores públicos a ir a los ingenios azucareros.

Sin embargo, la revolución debía extenderse por el mundo. Por eso, en la crisis de los misiles de 1962, el Che dijo que él los hubiera «utilizado contra el mismo corazón de los EE UU» porque «debemos andar por el sendero de la liberación incluso si cuesta millones de víctimas atómicas». Poco después, un 11 de diciembre de 1964, soltó en la Asamblea General de la ONU: «Sí, hemos fusilado, fusilamos y seguiremos fusilando». El personaje se hizo desagradable para los soviéticos porque repetía eslóganes maoístas y trotskistas, a pesar de que el argentino nunca fue un teórico ni escribió nada reseñable. Aprovecharon su inclinación a la guerra total –de hecho, dijo que había que «crear uno, dos, tres Vietnam»– y favorecieron que dejara Cuba.

La aventura revolucionaria del Congo en 1965 fue un fracaso. El Che, llamado allí «Tatu», se unió a Kabila, corrupto y asesino. Derrotados, los cubanos huyeron hacia Tanzania. Fue entonces cuando los Castro le prepararon una expedición para que no volviera, la de Bolivia en 1966: pocos hombres y de dudosa lealtad, sin apoyo del servicio de inteligencia ni de los comunistas bolivianos. Deserciones, rechazo de la población campesina y persecución de la CIA. Fidel dejó que lo atraparan, porque a la guerrilla que envió esos mismos días a Venezuela, mejor pertrechada y más numerosa que la del Che, la rescató. Tampoco quisieron saber nada de él los países del bloque soviético.

El mito se desmonta desde su inicio. En realidad, cuando el capitán boliviano Gary Prado lo encontró «daba pena», según sus palabras. Abandonado por el castrismo, estaba, según refiere dicho militar: «Sucio, desgreñado, vestido en harapos, hambriento, enfermo... no era para imponer temor ni nada». Barrientos, presidente de Bolivia, decidió ejecutar al Che para que no se montara un circo con el juicio. Poco valió que se entregara sin luchar. Sin disparar un tiro salió de entre los matorrales y gritó: «Valgo más vivo que muerto». Tampoco acertó entonces Guevara: muchos se enriquecieron con su imagen y los Castro fortificaron su tiranía con una mentira.

«Reeducar» a los viciosos homosexuales

«El trabajo os hará hombres», rezaba el cartel al estilo nazi en los campos de concentración para homosexuales que abrió el Che a finales de 1960, llamados Unidades Militares de Ayuda a la Producción. El objetivo era lograr el «hombre nuevo socialista». Esto suponía acabar con la mentalidad, creencias, valores y costumbres burguesas, entre ellas la homosexualidad, que Guevara consideraba un vicio burgués. Era preciso, decía, «reeducar» a esas personas en prisiones, lo que se traducía en asesinatos, palizas, violaciones, mutilaciones y trabajos pesados. Por esos campos de concentración pasaron unas 35.000 personas desde su fundación hasta la muerte del Che. J. V.

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