Arturo Ripstein: «Hay que reivindicar la opción del malestar»

Homenajeado en la Mostra, el realizador mexicano compendia. su obra en «Calle de la amargura»

Socarrón y provocativo, el mexicano Arturo Ripstein presentó «La calle de la amargura» en la Mostra de Venecia. No concursaba porque ya tenía premio asegurado, a los cincuenta años de carrera. Basada en hechos reales –el asesinato de dos luchadores, gemelos y enanos, a manos de un par de prostitutas–, es Ripstein en estado puro, un melodrama sórdido, grotesco y hostil no apto para sensibilidades delicadas.

–Los créditos finales de la película se despliegan con una canción festiva sobre México. ¿Esa «calle de la amargura» representa su idea de México?

–La película es la suma y compendio de toda mi obra, aunque no de una manera consciente. Los formatos digitales te hacen advertir que ninguna película es la última película. Pero llega un momento en que todo lo que tenía en mis tripas, en mi corazón, en mis ojos, se congrega y determina una o dos cosas muy concretas. Y una de ellas es, sí, así es México, el que yo veo, el que detesto, el que quiero.

–No como un comentario político...

–Nunca he tenido pretensiones de ser antropológicamente verosímil, socialmente importante, políticamente necesario. A fin de cuentas, el arte no sirve para nada. Sartre decía que la vida es una pasión inútil. Aunque ahora me contradigo: sin arte no hay estructura, y la realidad no tiene estructura. El arte tiende a darle un sentido a lo que miras.

–Usted ha afirmado que hace cine desde el rencor.

–Si hago este cine es porque quiero tener un mundo que comprender, y México no me deja comprenderle. Como me produce un enorme rencor un país que no me deja entenderlo, la única forma que tengo de reaccionar es inventarlo. Inventar mi ciudad es un acto riguroso de odio. Hay que reivindicar la opción del malestar. Por otro lado, la ciudad de México es enorme, contiene varios países dentro. La vieja ciudad de México posee muchas de las necesidades que tenía antes de la colonia. Paz (Alicia Garcíadiego, su mujer y guionista) descubrió un rincón que se llamaba El cuadrante de la soledad, que es donde estaban las putas prehispánicas, y siguen estando ahí. En esa zona hay una capillita, La candelaria de los patos, donde los ladrones, de lo que roban, tienen que dejar alguna cosa. Y ves tipos facinerosos y con cara de malvados, que salen compungidos, como imbuidos de la espiritualidad divina.

–¿Podría decirse que es su película más buñueliana?

–Eso debería decirlo Buñuel, que cada vez que lo mencionan, en la urna, da vueltas como un remolino. La mirada de Buñuel ha sido una de las más penetrantes que ha habido en México. Es un país que siempre ha derrotado a los directores extranjeros. Eisenstein, Ford... se dejaron seducir por lo pintoresco, por el color local. El único que no se dejó vencer fue Buñuel, un hombre que venía de una tierra árida, seca, adusta, como la de Calanda. Robarle a Buñuel es como robarle a la naturaleza. Es anterior al hecho cinematográfico. Es una fuerza.

–Hay algo en «La calle de la amargura» que recuerda a las pinturas negras de Goya, sobre todo en cómo utiliza el blanco y negro.

–El blanco y negro es la única posibilidad de ver a México. La fotografía en blanco y negro sigue siendo la única opción de los grandes fotógrafos del mundo, de Cartier-Bresson a Salgado. La realidad es en color, el arte es en blanco y negro. El color me separa, el blanco y negro me integra. Picasso decía: el color debilita. Goya, sí, es también una influencia, pero también la novela picaresca, del Siglo del Oro. El cristal con que miramos la ciudad de México es el de la cultura española. Después de todo, somos patria hija.