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José Luis Gómez: «Unamuno tenía tal estatura que hoy desacostumbra»

Director de teatro y actor. Estrena hoy «La isla del viento», la película de Manuel Menchón en la que hace del pensador

  • José Luis Gómez
    José Luis Gómez

Tiempo de lectura 5 min.

19 de noviembre de 2016. 04:14h

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Julián Herrero 19/11/2016

Los ataques de Unamuno a Primo de Rivera terminaron con los huesos del primero en Fuerteventura. Allí, sin quitarse de la cabeza que aquello era una cárcel, dio con una parte humana que no le era ajena, como escribió en «Del sentimiento trágico de la vida». «Aquello le conmovió hasta el tuétano», dice José Luis Gómez, el último hombre que le da vida en «La isla del viento». Sin embargo, el escritor y filósofo lo tenía claro: «No quiero morir en esta isla» y, por ello, recondujo su vida a Francia. Hasta que, tras la caída del régimen que le había exiliado, regresó a su Salamanca. Allí, en el Paraninfo de la Universidad, años después (en el 36, todavía dolido por su apoyo inicial al golpe) entonó el «venceréis, pero no convenceréis» ante Astray y Carmen Polo que revive la película de Manuel Menchón que hoy se estrena.

–Unamuno, ni más ni menos.

–Sí, un hombre de estatura gigantesca que en su tiempo fue, quizá, el intelectual español más respetado fuera de nuestro país y la conciencia moral.

–¿Se siente reflejado en esta figura?

–Puedo ser muy unamuniano como persona que respeta y que le ha hecho propio, más aún a través de la película. Lo leí muy temprano. En el año 62. Lo he rescatado y me conmueve. Recuerdo que entonces me impresionó, pero poco más. Sin embargo, al hacer «La isla del viento» todo fluyó de nuevo, aunque con una dimensión distinta. Una cosa es leer unos textos que te puedan conmover y otra tener que interpretar a una persona tan inmensa y con un pensamiento tan contundente y útil para la vida. Porque se ocupó de cuestiones fundamentales del hombre con la sociedad, consigo mismo, con Dios... Con el paso de los años se convierte en algo más cercano al corazón.

–Le he llegado a leer que tiene una relación «emocional especial».

–Muy profunda, pero también a través del pensamiento: como su interés incansable, casi exacerbado por la educación.

–Que se refleja en la película.

–Claro. En el discurso de Salamanca, frente a Millán Astray, dice que la cultura es «crítica, inquisidora y discriminadora, mas no de inquisición», en respuesta al general que había pronunciado el «¡viva la muerte, abajo la cultura!».

–Y «abajo los intelectuales traidores», también.

–La diferencia suya eran traidores y sujetos al régimen.

–Dice poco a favor del militar...

–El intelectual no puede ser nunca súbdito. Es una persona libre y emancipada. El tema de la educación en una sociedad como la que vivimos todavía asombra. ¿Por qué Trump? Por la ausencia de una masa crítica, cultivada, educada, con capacidad de discriminar y separar el grano de la paja.

–También tenemos el Brexit...

–Tres cuartos de lo mismo.

–Ahí buena parte votó «sí» como protesta, arrepentimiento posterior incluido.

–La cultura es siempre crítica. Evalúa, sopesa, compara y no acepta nada sin examen ni reflexión.

–Sin cultura no hay donde comparar. De vuelta a Unamuno, tenía carácter...

–Era un rigorista. En todo. No bebía nada, sólo agua, y andaba largas distancias con una marcha vigorosa. También tenía cierta preocupación por su bienestar físico. En Fuerteventura se desnudaba por completo en la azotea del hotel para tomar el sol y hacer ejercicios gimnásticos. Mientras, el cura le increpaba desde el campanario.

–Esa parte os la habéis ahorrado...

–(Risas) El rigor lo aplicaba en todo. Era un hombre casto. Empieza siendo rigorista consigo mismo y termina siéndolo con el mundo que le rodea. Eso le lleva a cuando, siendo un republicano convencido, ve que en el Frente Popular se producen ciertos desmanes. Llega a la conclusión de que debe apoyar el golpe del general Franco con la palabra.

–¿Cuánto tardó en arrepentirse?

–Muy poco, en cuanto constata cómo se fusila a su alrededor. Por eso cuando ve las barbaridades que se estaban diciendo en el Paraninfo de la universidad se levanta.

–Ahí llega el «venceréis, pero no convenceréis».

–Un coraje civil inmenso. Ahí ya estaba fragilizado, en la isla no. Le apesadumbraba lo que estaba pasando.

–Aunque, más que Astray, lo que daba miedo allí era el público que le jaleaba, ¿no?

–Eran como un dragón y él, un San Jorge que se enfrenta viejo y solo al monstruo. Dice: «Millán Astray es un inválido de guerra, también lo fue Cervantes, pero los extremos no se tocan. Un mutilado sin la grandeza espiritual de Cervantes se sentirá aliviado al ver cómo aumentan los mutilados a nuestro alrededor. En España, por desgracia, tenemos hoy demasiados y pronto habrá más si Dios no nos ayuda». Es rigor llevado a unas consecuencias que no tienen en cuenta ni la propia vida. Una figura de tal estatura que en estos tiempos desacostumbra.

–Vivió con mordazas. ¿Su «error» fue no tener la pluma quieta?

–Fue de los que continuamente entonaba el «no me voy a callar». El discurso del Paraninfo comienza: «Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. Hay veces en que callar equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescente». Enlaza con el tema de la Ley Mordaza, un clásico de los regímenes autoritarios que siempre pretenden tapar cualquier voz que disienta.

–¿Tenemos de eso en España?

–Hay rasgos de autoritarismo, pero no se puede definir como tal. Es porque no se sabe solucionar un problema y se recurre a las soluciones más fáciles y que menos trabajo dan. Presupongo la buena fe, incluso en la diferencia de opinión, y la convicción de servidor del Estado de los políticos.

–¿Una pista para dar con uno bueno?

–Sí, en la película sale: «¿Sabe usted en qué se diferencia un buen político de uno malo?».

–«En el polvo que tienen sus zapatos»...

–En cómo se mezcla con la gente, hasta qué punto desciende a la normalidad.

–Habrá que mirar hacia abajo...

–En este momento de mi vida, y ya desde hace algún tiempo, moro en una zona templada del espíritu donde, dice Azaña, «yo había situado la República y en la que no caben los extremismos». Por eso no me gusta hablar de manera generalizadora. Otra cosa es que hoy sigo pensando que el IVA actual es un culturicidio y que la educación y la cultura son las únicas armas para elevar nuestro propio nivel de humanidad.

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