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Grandes casos de corrupción de la historia VI

El duque de Lerma, el Jesús Gil del siglo XVII

Fue uno de los mayores arribistas de la historia de España y alentó muchas corruptelas: este suceso con la aristocracia ilustra bien el caos que se vivía durante esos años en la Corte española

El Duque de Lerma La Razón

La capital de España es la Villa de Madrid. Al menos, eso afirma el artículo 5 de la Constitución. No obstante, en el siglo XVII, un ambicioso noble consiguió que durante cinco años la capital del país se desplazase a Valladolid para poder enriquecerse con un esquema de especulación inmobiliaria que nos recuerda inevitablemente al especulador profesional Jesús Gil y sus tramas en la costa andaluza.

El noble que urdió este plan fue el Duque de Lerma (1553-1625), uno de los mayores arribistas de la historia de España. Y es que Francisco Gómez de Sandoval-Rojas y Borja, como era su nombre completo, ya había acumulado bastante mala fama durante el reinado del ilustre Felipe II a finales del siglo XVI. El propio rey, aconsejado por su corte, trató de alejar al Duque de Lerma de su hijo Felipe –el futuro Felipe III– al considerar al noble un hombre taimado y a su hijo demasiado influenciable.

Gil, por su parte, había fundado, tras muchos escándalos, el partido GIL –Grupo independiente liberal– que logró ganar las elecciones de Marbella en 1991. Desde ahí, convirtió el ayuntamiento en su cortijo particular y se dedicó a enriquecerse con la venta de terrenos, el tráfico de influencias y la corrupción generalizada por toda la costa de Andalucía.

El duque de Lerma, igualmente, desde el mismo momento en que logró alcanzar el poder, comenzó a urdir enormes tramas de adjudicaciones, ventas de títulos y, en resumen, corruptelas varias que le hicieron inmensamente rico y le permitieron presentarse como un benefactor del pueblo que dedicaba sus atenciones a las obras públicas y la caridad. Al igual que Gil, con la imagen de un alcalde de Marbella enfocado en acabar con el crimen, se dedicaba a construir una enorme camarilla en cada lugar en el que caía, con la que no solo obtenía dinero, sino también influencia y capacidad de determinar a qué individuos y cargos llegaban las construcciones y los contratos públicos.

Esto mismo se observaría de una forma aún más salvaje cuando lograse Lerma trasladar la capital de Madrid a Valladolid entre el 1601 y el 1606. Durante los años anteriores, el Duque y su camarilla, al igual que había hecho el partido GIL en toda la costa andaluza, habían comprado muchas propiedades en Valladolid con el objetivo de revenderlas más caras y obtener pingües beneficios. De tal manera, el duque utilizó su destacada influencia en el rey para convencerlo de que el ambiente en Madrid era inseguro e inadecuado y que sería mucho mejor tener una capital en una ciudad histórica, bien desarrollada –no como Madrid, que en aquel momento era una pequeña localidad– y que además contaba con un río caudaloso, lo que le daba salubridad a la villa. Aparte de esto, alejar al rey de la corte le permitía aislarlo de su mujer y madre, que veían cada vez con peores ojos las corruptelas generalizadas del duque.

En 1601 la corte real se desplaza a Valladolid. Cabe recordar que la corte no era únicamente nobles, sino cientos o miles de sirvientes y trabajadores que debían buscar casas, comprar terrenos y establecer negocios para satisfacer las necesidades de una corte real. El duque fue tan descarado que muchas de sus propiedades se las vendió a la propia corona y concedió a sus amigos y conocidos las tareas de suministrar y satisfacer todas las necesidades del rey y sus acompañantes, por supuesto, obteniendo comisiones.

Pero la jugada aún no se había acabado. Y es que a partir de 1602 el Duque comenzó a comprar muchas propiedades en Madrid, ahora más baratas al haberse ido la corte, para realizar exactamente la misma estrategia. En 1605, convencería de nuevo al rey de desplazar la corte a Madrid y las propiedades que había comprado fueron revendidas a la corona, de nuevo, con un exagerado sobreprecio.

Esto fue la gota que colmó el vaso y la ambición de Lerma le pasaría factura. La mujer del rey y muchos otros nobles, escandalizados por semejantes prácticas, inician una investigación que a punto está de costarle la vida al duque. Para evitarlo, pide a Roma un puesto de cardenal presbítero para gozar de inmunidad eclesiástica y si bien tuvo que pagar numerosas indemnizaciones, logró salvar la vida de esta manera. Las particulares acciones de este hombre han dejado en la historia de España una marca destacada y una divertida copla de la época que hace mofa de cómo Lerma evitó la muerte haciéndose sacerdote. «Para no morir ahorcado, / el mayor ladrón de España / se vistió de colorado».