Johnny Depp se quita su parche de pirata

El actor reaparee en la Mostra con «Waiting for the Barbarians», un peculiar western sobre colonialismo de Ciro Guerra

Johnny Depp mostró su cara más formal, serena y profesional en el Festival de Venecia
Johnny Depp mostró su cara más formal, serena y profesional en el Festival de Venecia

Por lo visto, Johnny Depp quiere reorientar su carrera. Ni más piratas ni más divorcios escabrosos. Si no, ¿qué hace en una película tan de autor como «Waiting for the Barbarians», el estreno en inglés del colombiano Ciro Guerra que se presentó ayer a concurso en la Mostra? El Nobel J.M. Coetzee se adapta a sí mismo en este extraño western sobre el colonialismo que el Dino Buzzati de «El desierto de los tártaros» habría aplaudido emocionado. El colonialismo, claro, es la punta del iceberg. «La película habla sobre el modo en que el poder decide quién es descartable, quién resulta innecesario», dice Depp. Interpretando el papel del villano, ese coronel Joll que llega a un puesto fronterizo para sembrar la cultura del miedo, parece una máscara de cera. Inquieta, en el filme, su tono de voz monocorde, sus gafas de sol, su resistencia a contestar las preguntas más elementales. «¿Estamos ante el resultado de lo que significa vivir sin emociones? ¿Hay en el interior de ese hombre un niño roto, una persona formateada por un sistema deshumanizado? Pienso que Joll es también una víctima. Joll es el sádico y el Magistrado, el masoquista, y al final se descubre que el masoquista tiene el control de la situación». El Magistrado es un espléndido Mark Rylance, y la película intenta demostrar que no importan las buenas intenciones cuando éstas forman parte de los engranajes del poder. Los bárbaros son la amenaza fantasma, que solo empiezan a existir cuando se les nombra. Guerra describe el viaje de aprendizaje del Magistrado a partir de su relación con una indígena, a la que, salvándola, está victimizando. Acaso esa extraña historia de amor, próxima al fetichismo, está contada con un punto de precipitación que oscurece su importancia en la trama, pero la película es lo suficientemente singular, en su manera de abordar los absorbentes mecanismos del poder para crear conflicto y miseria de los que alimentarse, para mantener el interés durante todo el metraje.

Una Italia prehistórica

«La mafia ya no es lo que era» también habla de los mecanismos de poder. O del contrapoder de la Cosa Nostra, que sigue silenciando a los palermitanos en cuanto se les pregunta qué recuerdo tienen de lo que lograron los jueces Falcone y Borsellino, asesinados hace un cuarto de siglo. Experto en el documental de tono satírico y descarado, Franco Maresco utiliza a Letizia Battaglia, famosa por sus fotografías a pie de calle de las víctimas de la Mafia y de la vida en los bajos fondos de Palermo, y a Ciccio Mira, organizador de eventos y verbenas que parece una versión patética del Danny Rose de Woody Allen, para mostrarnos el plano y el contraplano de una mirada sobre un crimen organizado que forma parte de la tradición cultural siciliana y que el Estado italiano no sabe (ni le interesa) desarticular. A veces Maresco parece ridiculizar la parada de monstruos que le espera ante la cámara –en especial cuando trata con cantantes esquizofrénicos o productores de televisión que creen hablar con extraterrestres– pero su retrato de una Italia prehistórica es tan hilarante como perturbador. Sobre todo cuando –y eso ha escandalizado sobremanera a la prensa italiana– relaciona a Ciccio Mira con el presidente de la República, Sergio Mattarella. Oskar Alegría cerraba la participación española en la Mostra con «Zumiriki», en la sección Orizzonti. En un experimento en el que parece recuperar el espíritu del «Walden» de Thoreau, se construye una cabaña al lado del Arga, en la que pasa cuatro meses con lo puesto, no solo para conectar con la sal de la tierra sino para rememorar la figura de un héroe de su infancia, un vecino de la zona que vivía libre y salvaje.

Martel tiene hoy la última palabra

No creemos que Lucrecia Martel tenga motivos de queja, porque, con sus lógicos altibajos, ha sido una buena Mostra. Algo descompensada en su programación, por su coincidencia en fechas con el Festival de Toronto, pero muy equilibrado en la balanza de pagos entre estrellas y autores. La presidenta del jurado, que es de convicciones firmes y opiniones argumentadas, no es muy amiga del cine norteamericano, por lo que, desgraciadamente, y si no hay ninguna sorpresa de última hora, quedarán fuera del palmarés películas tan estupendas como «Marriage Story», «Ad Astra» y «Joker», si no lo remedia ninguno de sus compañeros de deliberación (el más respondón puede ser el japonés Shinya Tsukamoto; la más aliada, Mary Harron). Lo tiene difícil para aplaudir cuotas y premiar una cineasta, pero fácil si quiere galardonar con el León de Oro a «Ema», de Pablo Larraín, singular retrato de una generación que vive el feminismo declinándolo en total libertad. En agresiva liza por el primer premio está la notable «Martin Eden», en la que Luca Marinelli también opta al mejor actor. Pensando en Martel, tal vez la portuguesa «A Herdade» y «Waiting for the Barbarians» también tengan alguna posibilidad. Y celebraríamos que el título más extravagante de la Mostra, «No. 7 Cherry Lane», la animación a cámara lenta de Yonfan, ganara el Gran Premio del Jurado.