Música

La cara oculta de Beethoven

Una educación inflexible no reprimió su genio, que emergió a pesar de la dureza que recibió su talento.. La ironía también le acompañaría desde pequeño de la mano de su enfermedad: la sordera

El joven Beethoven, con sólo 13 años, ya merecía retratos
El joven Beethoven, con sólo 13 años, ya merecía retratos

Una educación inflexible no reprimió su genio, que emergió a pesar de la dureza que recibió su talento.

Los niños excepcionales son fruto a menudo de padres corrientes. Ludwig van Beethoven (1770-1827) fue quizá un caso extremo. Empezando por su padre, Johann van Beethoven, cuya partícula «van» del apellido no era un signo de nobleza, como «von», sino que provenía de una familia flamenca, donde «van Beethoven» significaba lisa y llanamente «de los huertos de remolacha».

Nuestro protagonista nació en un hogar pobre, en la ciudad alemana de Bonn. Su padre era un alcohólico redomado, que alternaba momentos de ofuscación con otros más contados de lucidez en la corte del elector de Colonia, donde era tenor de ínfima categoría. Su madre, María Magdalena Keverich, tampoco era una dama de alto copete. Hija del jefe de cocineros del castillo de Ehrenbreitstein, la pobre mujer sufría maltrato físico por parte del marido, y encima era tuberculosa. Estas desgraciadas circunstancias alimentaron el amor que el futuro compositor le profesó hasta su misma muerte, acaecida en julio de 1787, cuando contaba tan sólo diecisiete años.

Entre tanto, apercibido del singular talento musical de su hijo, Johann van Beethoven trató de explotarlo a toda costa. Pero con vestir de raso floreado al fornido y ceñudo muchacho y con rebajarle dos años de edad no iba a convertirlo en un niño prodigio. Su primera gira de conciertos entre el Rin y Holanda fue un fracaso rotundo no por falta de aptitudes, sino porque el desarrollo de las mismas requería en su caso un ritmo lento, aunque fuese sólido, como el acero. Cegado por la ambición, el padre era incapaz de asimilar aquello. Llegaba a su casa ebrio, de madrugada, y despertaba de malos modos a su hijo para que practicara en su presencia. Un sonoro bofetón castigaba el menor tropiezo de los dedos adormecidos sobre el piano o la viola. Llegó el día en que, harto de que el muchacho interpretara a su aire los pentagramas, guiado por el impulso irrefrenable de su talento, buscó un maestro que le sustituyera.

Tampoco entendió Johann Beethoven que los genios aprendían solos; a diferencia de Wolfgang Amadeus Mozart, quien, nada más escucharle tocar con dieciséis años, intuyó el gran don que llevaba dentro. Pero la enfermedad mortal de la madre del compositor vienés se interpuso entonces entre ellos. Y cuando Anna Maria Pertl falleció, el padre de Beethoven se había hundido ya en el abismo del alcohol. Ludwig tuvo que convertirse así en jefe de la familia, con dos hermanos menores a su cargo. Apiadándose de ellos, el elector de Colonia concedió una pensión vitalicia al padre para que el hijo pudiera convertirse en músico de la corte, tocando la viola en la ópera, el órgano en la iglesia y el piano en palacio.

Las clases de piano sirvieron a Ludwig para relacionarse también con familias influyentes, como los Breuning, en cuyo círculo entró casi como hijo adoptivo; y, por supuesto, con el joven conde Waldstein, que le dio cartas de recomendación para personajes destacados de Viena. Muy pronto, la aristocracia vienesa lo colmó de aplausos y de admiración, cosechando éxitos con su célebre «Sonata a Kreutzer», para violín; las «Sonatas Patéticas» y «Claro de Luna»; sus dos primeras sinfonías, los tres primeros conciertos para piano, serenatas, música para cuartetos de cuerda...

¿Quién iba a pensar, sin escucharle tocar con sus manos anchas y bruscas, que aquel sujeto de hombros abultados, cabeza inclinada, cabello alborotado y ojos azules y tempestuosos llegaría a conquistar los corazones de la capital musical por excelencia de Europa? Con razón, el colonizador de todas aquellas melodiosas pasiones se sentía inspirado «para tocar de corazón a corazón», como él mismo escribió. Bajo su aspecto de hombre rudo y desaliñado, feo y extravagante incluso, se escondía una sensibilidad exquisita que seducía el alma de quienes lo escuchaban anonadados. Su mundo interior, oculto, se enriqueció desde el primer silbido que, a modo de aviso, sintió un malhadado día en sus oídos. Desde entonces, los sonidos fuertes le causaban dolor y los suaves no los advertía. Guardó el secreto huyendo de sus amigos, refugiado en su universo. Sólo tras su muerte se halló entre sus papeles esta especie de grito desesperado: «Oigan todos los que me tienen por adusto, malhumorado, misántropo, y que tanto mal me hacen con ese concepto. Estoy incurablemente enfermo. Nacido con un temperamento fogoso e inclinado a la compañía, me he visto forzado a aislarme, pues no puedo decir a los que están conmigo: háblenme fuerte, grítenme, porque soy sordo». ¡Sordo! Ésa fue la silenciosa tumba del inefable músico.

@JMZavalaOficial