Un escritor perdido en una isla

Cees Nooteboom ha escrito un diario que resista el paso del tiempo, alejado de la tentación de las emociones, la confesión, el descargo de conciencia, las diversas sinceridades y emotividades privadas, «sandeces» las tilda él, que socavan la intención de perdurabilidad que, en el fondo, siempre busca este tipo de páginas. El autor persigue el pulso fugaz de los días en lo inmediato, en los alrededores que suelen conformar las rutinas, ese paisaje informal y hondo que representan las cotidianeidades. La observación lenta de lo aparentemente supérfluo, las plantas, los árboles, los animales, los insectos –que le van sugiriendo curiosas semejanzas, como esa comparación entre un viejo cactus y una de las tortugas que rondar por su casa– son para él una particular invitación a la reflexión sobre asuntos más relevantes, a pensar sobre los distintos aspectos primordiales que forman la esfera de su vida y que va desgranando sin prisa, desde ese jardín privado, ese Edén habitado también por dañinos demonios de aparente inocencia y bellas formas, hasta las diferentes lecturas que amontona en la biblioteca y que tanto menudea.

Cees Nooteboom va describiendo su estancia en Menorca, la isla/refugio que habita durante los meses estivales, con una mirada intelectual, aunque no distante; fría, pero no indiferente, que le permite eludir el testimonio anímico y empobrecedor, y admitir los distintos asombros que acaban enredando su pensamiento, que le inspiran inquietudes oportunas, le dictan ideas interesantes sobre el sueño, la muerte, el tedio y esta España que «se descompone, huye de sí misma» y que «nadie sabe hacia dónde va» y «los que amamos este país nos hacemos a un lado, mientras observamos y esperamos lo que tenga que venir». Menorca forma parte ya del eje de un libro anterior: «Lluvia roja» (Siruela), de 2009. Ahora ahonda en el género con una sucesión de textos numerados y sin fecha, y que de manera involuntaria va reflejando el planisferio de sus distintas convicciones, gustos y debilidades. En este volumen recapacita acerca de ciertos aspectos dolorosos o interesantes sobre novelistas que siente cercanos a él, como Gombrowicz –cuenta la opinión que Borges guardaba de él–, su encuentro con el escritor Héctor Abad o la tragedia de Péter Esterházy, que después de publicar una obra sobre su padre, la consulta de unos documentos revelaron que era un traidor. Unos apuntes que van mezclándose con lo aparentemente intrascendente, demostrando que la vida no es más que el cruce entre lo mundano y corriente y las altas aspiraciones que mantiene la conciencia de un hombre.