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Ricardo Piglia, literatura de quilates

El autor de «Respiración artificial» y «Plata quemada», uno de los escritores más relevantes de las letras hispanas, muere a consecuencia de la ELA

El autor de «Respiración artificial» y «Plata quemada», uno de los escritores más relevantes de las letras hispanas, muere a consecuencia de la ELA

El escritor argentino Ricardo Piglia, que falleció ayer como consecuencia de la ELA, no fue sólo el autor de una de las obras más atractivas en lengua española de las últimas cuatro décadas. Fue, también, alguien que entendió la literatura como un artefacto en perpetuo movimiento y que fue capaz de ver, «sobre la superficie de los textos, las huellas y los rastros que permiten descifrar su enigma». Bajo esa premisa, gracias a la cual pudo establecer relaciones y series diversas a partir de un cuento de Borges, de una novela de Tolstoi o de Faulkner o incluso de un pasaje del diario del Che Guevara en Bolivia, escribió casi toda su obra. Nacido en 1940 en Adrogué, Piglia vivió en esa pequeña ciudad de las afueras de Buenos Aires (donde Borges solía disfrutar de sus vacaciones) hasta la adolescencia. En 1955, tras el derrocamiento de Perón, su padre, que había defendido al recién depuesto presidente, terminó preso durante unos meses, con lo cual, «por una cosa de rencores y odios barriales», recordó Piglia, su familia tuvo que dejar Adrogué e instalarse en Mar del Plata, un balneario de la costa atlántica que en verano se llenaba de gente y que, en invierno, volvía a su rutina portuaria de barcos y de niebla.

Ese cambio de lugar (un cambio tan atroz como repentino) tuvo para Piglia, sin embargo, una consecuencia feliz: un día de 1957 empezó a escribir un diario sin pensar que alguna vez sería escritor, pues la escritura de ese diario le confirmó que ya lo era. Así, entre lecturas de todo tipo, especialmente de autores norteamericanos y argentinos, y de sus primeros esbozos narrativos, Piglia dejó atrás la adolescencia, se inscribió en la carrera de Historia de la Universidad de La Plata y se mudó a esa ciudad. En 1965, una vez concluida la carrera, se trasladó a Buenos Aires, aunque siguió yendo, durante un tiempo, a La Plata, donde trabajaba como profesor. «Tenía la vida dividida», recordó Piglia sobre aquella época. Alquilaba una habitación en el Hotel Almagro de Buenos Aires (allí escribía los relatos que acabarían conformando su primer libro) y, cada semana, tomaba el tren hasta La Plata y daba clases de Introducción a la Historia en la Universidad. «Vivía en dos ciudades como si fuera dos tipos diferentes, con otros amigos y otras circulaciones en cada lugar».

- Territorio propio

La vida dividida, en cualquier caso, resultó enseguida fructífera. En 1967, debido a una mención especial en el VII concurso de Casa de las Américas de Cuba, se estrenó con «Jaulario», un libro de cuentos que posteriormente se llamó «La invasión». Además de presentar a su álter ego, Emilio Renzi, despuntaba allí claves de lo que sería su «ars poetica»: el trabajo con una historia previa, con una trama definida, y con un argumento que fuera, a la vez, «el mapa de un territorio desconocido y el territorio mismo».

Ya instalado en Buenos Aires, a partir de ese libro el nombre de Piglia comenzó a circular notoriamente en el ambiente literario. Y no sólo como de alguien que escribía, sino también como el de alguien que dirigía colecciones de novelas policiales de autores como Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Horace McCoy y David Goodis y que iba trazando, además, una nueva cartografía de la literatura argentina. Un mapa en cuyo centro, junto a Borges, Sarmiento, José Hernández o Macedonio Fer-nández, él colocaba a un escritor esencial: Roberto Arlt, «el más contemporáneo –según Piglia– de nuestros escritores».

Con Arlt como faro, en 1975 Piglia dio a conocer su segundo libro, «Nombre falso», compuesto por cinco relatos en los que coqueteaba sin pudor con los géneros y mezclaba la crítica con el cuento, la reseña con la narración, el ensayo con el documento, y por la nouvelle que daba título al libro: un homenaje a Roberto Arlt en la figura de un tal Kostia, que pasa horas en el bar Ramos de la avenida Corrientes de Buenos Aires hablando sobre su amistad con el autor de «Los siete locos», un escritor que, con sus relatos y novelas y obras de teatro captó «el núcleo paranoico del mundo moderno».

En 1977, un año después de producirse el golpe militar, Piglia comenzó a pasar un semestre en EE UU, donde daba clases de Literatura en la Universidad de San Diego, algo que haría con interrupciones hasta 2011 en las de Princeton y Harvard y, también, en la de Buenos Aires. Clases magistrales en las que podía explayarse sobre Manuel Puig, las vanguardias, Kafka y ofrecer una mirada original. Son impredecibles, en ese sentido, las clases que dio sobre Borges en 2011 en la televisión pública argentina.

Cinco años después de «Nombre falso», en 1980, Piglia publicó su primera novela: «Respiración artificial», considerada, según una encuesta realizada a varios escritores, como una de las diez mejores novelas argentinas. En ella, Piglia volvía a presentar a Emilio Renzi y trazaba una trama falsamente policial en la que combinaba diversos géneros y se inmiscuía en la historia («¿hay una historia?», se pregunta al comienzo el narrador) y la tradición literaria argentinas como una forma de interrogar el presente.

Tras ocho años de silencio (un silencio interrumpido por el libro de ensayos y entrevistas «Crítica y ficción») en 1988 Piglia publicó dos novelas cortas agrupadas bajo el título de «Prisión perpetua». Cuatros años después, «La ciudad ausente», una novela con tintes futuristas, escrita en un registro veloz, sensible a los matices y tonos del habla de Buenos Aires, y que tiene como escenario una ciudad espectral, llena de citas extrañas, de conspiraciones literarias, de relatos clandestinos. En 1997, tras haber ganado el Premio Planeta de Argentina con «Plata quemada»,ue fue llevada al cine, su obra trascendió fronteras. Su desembarco en España confirmó el destacado lugar de Piglia en la literatura en español. Desde entonces aparecieron el ensayo «El último lector», las novelas «Blanco nocturno» y «El viaje de Ida» y los tomos de sus diarios, aquellos que empezó a escribir en 1957 y en los que Piglia ha cifrado su vida, sus lecturas, su literatura.