¿Qué unía a Guillermo III de Inglaterra con el hijo de Luis VI de Francia?

Una fatal caída de caballo les costó la vida a ambos, avezados y regios jinetes. Y no fueron los únicos personajes históricos en sufrir esta terrible muerte.

Retrato de Guillermo III expuesto en la National Portrait Gallery
Retrato de Guillermo III expuesto en la National Portrait Gallery

Una fatal caída de caballo les costó la vida a ambos, avezados y regios jinetes. Y no fueron los únicos personajes históricos en sufrir esta terrible muerte.

Algunos reyes, infantes o reinas no nacen con buena estrella. Animales fieros o en apariencia inofensivos, como los caballos, han acabado así de forma trágica con sus vidas. El áspid de Cleopatra, la última reina del Antiguo Egipto y de la dinastía ptolemaica, es demasiado conocido como para detenernos en su póstuma notoriedad. Hablemos mejor ahora del «topo» de Guillermo III de Orange, el abuelo del rey Eduardo VII de Inglaterra, a quien sucedió en el trono Jorge V. Pues bien, ¿qué sucedió con nuestro nuevo protagonista Guillermo III (1650-1702) estatúder de Holanda (jefe supremo de la antigua república de los Países Bajos) y rey de Inglaterra, hijo póstumo para más datos de Guillermo II de Nassau?

Debemos retrotraernos a una mañana de marzo de 1702, cuando Guillermo III paseaba a caballo por los jardines de su palacio londinense de Kensington, con tan mala fortuna que al posar el animal su casco en una topinera, desensilló a su regio jinete. La aparatosa caída le dislocó la clavícula, provocándole otras graves heridas que precipitaron su muerte pocos días después. Tenía cincuenta y dos años.

El apodo de «El Gordo»

Los partidarios de Jacobo II, a quien el difunto monarca había traicionado pese a ser suegro suyo y profesar la fe católica, brindaron desde entonces por el topo que les había librado del «usurpador». Las caídas letales del caballo han acabado con las esperanzas e ilusiones de numerosos personajes históricos. Pero prosigamos, de momento, con figuras tan egregias como la del primogénito del rey Luis VI de Francia, el príncipe Felipe, joven vástago también de la reina Adelaida, hija a su vez de Humberto II, conde de Saboya. Apodado el Gordo o el Batallador, el rey Luis VI perdió a su sucesor dos años después de haberle designado como tal, en 1131, a la edad de diecisiete años. Nos lo cuenta un hombre de Estado tan fiable como Suger, abad del monasterio de Saint Denis, donde tuvo como condiscípulo precisamente al rey Luis VI de Francia:

«En aquel tiempo –escribe Suger en su obra ‘‘Vida de Luis el Gordo’’– sucedió una extraña desgracia, y hasta entonces insólita, en el reino de Francia. El hijo mayor del rey Luis VI, Felipe, joven en la flor de la vida y de una gran bondad, la esperanza de los buenos y el terror de los malvados, paseaba a caballo por un barrio de París. Un detestable cerdo se cruzó en su camino e hizo desplomarse al jinete, golpeándole y asfixiándole casi con su peso en el suelo. Los habitantes de la villa, consternados de dolor, se apresuraron a levantar al tierno infante, casi muerto, y lo trasladaron a una casa vecina. Pero esa misma noche rindió su alma».

Sin ser de estirpe regia pero sí un sabio botánico, Valerius Cordus, nacido en Hesse (Alemania) el 18 de febrero de 1514, murió a la edad de treinta años de una coz que le propinó en plena cara un caballo, a raíz de la cual tuvo fiebres altas y poco después malaria. A esas alturas, había publicado ya varias obras de medicina e historia natural. Tenía la costumbre de escribir su apellido empleando una especie de jeroglífico, compuesto de un corazón («cor»), al que añadía la sílaba «dus». Se ha afirmado también que Théodore Géricault, el célebre pintor francés de La balsa de la Medusa, expuesta hoy en el Museo del Louvre de París, fue víctima de la misma pasión que siempre profesó por los caballos. Pese a ser un gran maestro de la pintura, Géricault no reconoció un arte superior al de la equitación. Sufrió una grave caída del caballo, la cual no fue causa directa de su muerte, pero sí que la favoreció. Al contrario que el también pintor francés Alexandre-Gabriel Decamps, excelente retratista de animales y en especial de primates, fallecido el 22 de agosto de 1860 tras una fulminante caída del caballo. Géricault, en cambio, pudo haber sucumbido a un «mal de Pott»; el absceso de la columna vertebral que le arrebató fue consecuencia del grave accidente, pero no su causa directa, como decimos.

Hablando de pintores franceses, Pierre-Joseph Redouté, amante de las plantas a la acuarela, falleció intoxicado por uno de sus modelos: un hermoso lirio que colocó en un búcaro de porcelana. El artista no se cayó en su caso del caballo, sino que lo hizo envenenado por las pérfidas emanaciones de la cándida flor, colocada bajo una lámpara encendida que favoreció los letales efluvios.