«Rigoletto», un regreso al pasado

«Rigoletto», de Verdi. S.Costello, L.Nucci, O.Peretyatko, A.Mastroni, J.Gringyte, F.Radó, A.Sanmartí... Orquesta y Coros Titulares del Teatro Real. D.McVicar, dirección de escena. N.Luisotti, dirección musical. Teatro Real.

El barítono Leo Nucci, en el papel de Rigoletto, y la soprano Olga Peretiatko, en el de Gilda, en una escena de la obra, que ha sido versionada por David McVicar, con dirección musical de Nicola Luisotti
El barítono Leo Nucci, en el papel de Rigoletto, y la soprano Olga Peretiatko, en el de Gilda, en una escena de la obra, que ha sido versionada por David McVicar, con dirección musical de Nicola Luisotti

En el año 2009 se producía el primer bis de la nueva era del Teatro Real. Fue el dúo de la «vendetta» de «Rigoletto» y lo conseguía Leo Nucci, en compañía de Patrizia Ciofi, a sus entonces 67 años y con más de 400 Rigolettos sobre su espalda. Por cierto que la directora de escena no le quería con joroba ni renqueante en los andares. Nucci había acudido al teatro para una única función y decidió que él hacía en escena lo que consideraba que respondía al espíritu del papel. Quienes habíamos presenciado la primera función con otro protagonista apenas dábamos crédito a lo que veíamos. Nucci tenía el valor de hacer lo que muchas veces pensamos cada uno de nosotros, imponiéndose a una absurda dirección de escena, y él, una vez más y como también en esta ocasión, fue «su» Rigoletto, el de Verdi.

El entonces director artístico, Gerard Mortier, no asistió porque no le iban los grandes artistas como el italiano y él pensó que, dada su edad, no volvería a pisar el Real. Sin embargo, la vida corrió de otra forma y regresó la pasada primavera para varias funciones de «Traviata» y ahora para reverdecer los laureles de aquel histórico «Rigoletto». La producción de McVicar proviene del Covent Garden y data de 2001. Sabemos que los registas acostumbran a dar las razones de sus lecturas escénicas y, en este caso, Justyn Way ha expresado como responsable del trabajo en Madrid que se ha querido presentar «un grito contra la injusticia contra la lucha del hombre contra el hombre y del poder corrupto que nace como el cáncer».

Más pretenciosidad que realidad. Una plataforma giratoria permite diferenciar dos mundos opuestos: de un lado, el de la corte del Duque –por cierto, originariamente en «Le roi s’amuse», de Victor Hugo, la de ese Francisco I de la serie de TVE «Carlos, emperador»– y de otro, el de la miseria donde vive el pueblo sometido. Nadie puede dudar que McVicar es un gran profesional, pero no siempre se acierta en todo. El concepto de corte un tanto tradicional es muy ordinario en el primer acto, además de desviar la atención musical a detalles de improcedente contenido sexual como felaciones y sodomizaciones de cortesanos desnudos, que bien podrían haber sido atemperados en Madrid. Mal resuelto el tercer acto, desde la gran escena del jorobado hasta la inmaculada aparición de Gilda, pasando por el acompañamiento al aria del tenor. Hay, en definitiva, poco respeto a los cantantes.

Leo Nucci volvió a demostrar que no hay hoy mejor barítono verdiano, sacando sentido a cada frase, bordando el «Deh non parlare al misero», echando el resto en el «Cortigiani» y en la «Vendetta», nuevamente repetida. Ha sabido crear a su completa medida el personaje, de peculiar tesitura, sin traicionarlo un ápice. En el escenario no está Nucci sino Rigoletto, tanto escénica como vocalmente. Un artista completo, inteligentísimo en la forma en que se conoce a sí mismo y sus recursos, en cómo emplea su instrumento para llegar a todas las fibras del espectador. Tablas por los cuatro costados. Resulta un placer, por su excepcionalidad, poder escuchar aún la vieja escuela de canto, los ecos de Stracciari y Pareto y que dificultades enormes para el diafragma, como la segunda escena del primer acto, apenas parezcan tales. Olga Peretyatko le acompaña en el éxito con una envidiable presencia, una voz amplia de timbre puro y limpias coloraturas. Preciosa la muerte de Gilda. Junto a ambos, Stephen Costello, un tenor de voz más bella que grande en su volumen, musical, pero de dicción americana. El resto del reparto reúne calidad y homogeneidad.

Nicola Luisotti entiende a Verdi y lo dirige con brío, si se quiere a veces con tempos acelerados, así el «Cortigiani» o la segunda aparición de Monterone, pero tienen sentido y orquesta y coro responden sin problemas a primer nivel.

La representación terminó con vítores inusuales en una primera del Real. No se la pierdan, pues pocas veces se puede disfrutar de lo que de verdad fue y es la ópera, aunque el segundo descanso rompa la tensión dramática.