Un director para la Zarzuela

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El pasado día 2 se cerró el plazo para presentar candidaturas al puesto de director del Teatro de la Zarzuela. Se han contabilizado nada menos que veintiséis aspirantes. Como se recordará ello tiene su origen en la renuncia al cargo, un año antes del término de su contrato, de Paolo Pinamonti tras ser nombrado director del San Carlo de Nápoles. No es éste un teatro en situación envidiable, sino sufridor de los recortes italianos a la lírica e incluso sometido a intervenciones en los últimos años. Pero un italiano como Pinamonti no puede rechazar la oferta ya que en aquel país las altas poltronas operísticas se mueven en un círculo rotatorio en el que lo difícil es entrar. Una vez dentro, se va cambiando de silla. Desde que tomó posesión de su cargo en la Zarzuela, en septiembre de 2011, ha realizado la labor que se esperaba de él. Ha aportado imaginación, buen gobierno, «savoir-faire» con los medios... En fin, todo aquello por lo que el INAEM apostó en un proceso no considerado en su día ni como transparente ni como cumplidor exacto de un absurdo código de buenas prácticas que habría que replantearse. Pero los resultados, dignos de elogio, están ahí. Pinamonti ha tenido que luchar contra un estatuto del teatro totalmente obsoleto que le obliga a pasar al INAEM casi cualquier decisión económica, ha percibido una remuneración no ajustada al cargo por parca y se le ha aplicado un régimen de incompatibilidades bastante discutible. Sobre su sucesor pesarán las mismas losas. Clave del éxito de Pinamonti ha sido su cualidad de gestor puro, sin connotaciones escénicas u orquestales.

La rumorología, siempre presente en procesos poco transparentes, apunta a una amplia mayoría de candidatos proveniente de la dirección de escena, alguno de la orquestal y unos pocos gestores puros. Entre estos últimos podría haber personas cualificadas insatisfechas con el rumbo que han tomado los gobiernos locales tras las últimas elecciones autonómicas y municipales en las áreas culturales en las que trabajaban. Podría sorprender tanto regista dispuesto a trabajar por menos de setenta mil euros al año, cuando tal suma la ganan en unas pocas producciones. No sorprende porque sabemos que el cargo les permite aumentar ampliamente sus emolumentos gracias a los «intercambios». La memoria es flaca, pero el INAEM y el Consejo Artístico de la Música –quienes han de decidir– harían bien en recordar el daño que en el pasado reciente ocasionó al teatro un responsable a su vez regista. No voy a entrar en detalles, aunque bien podría. La misma conocida problemática presentan los directores de orquesta de ambiciosas o cortas carreras. De ahí que se deba analizar bien si entre los candidatos hay algún gestor de probada solvencia y, de ser así, la elección habría de ser clara.