Una Carmen sin banderas

Con los estandartes peninsulares en lo alto, Calixto Bieito se presenta en el Teatro Real sin elementos que le quiten protagonismo a la historia y elimina las dos rojigualdas del montaje «consciente de la situación del momento»

Anna Goryachova, en la imagen, compartirá el papel de Carmen con Stéphanie d’Oustrac y Gaëlle Arquez, las otras protagonistas de los tres elencos
Anna Goryachova, en la imagen, compartirá el papel de Carmen con Stéphanie d’Oustrac y Gaëlle Arquez, las otras protagonistas de los tres elencos

Con los estandartes peninsulares en lo alto, Calixto Bieito se presenta en el Teatro Real sin elementos que le quiten protagonismo a la historia y elimina las dos rojigualdas del montaje «consciente de la situación del momento».

Escribía la crítica en 1999 que la «Carmen» que se acababa de estrenar en Peralada (Gerona) era «la producción más cara de la historia del festival», pero que el riesgo asumido y tal innovación había «merecido la pena» por el bien de la cultura. «Se recordará», continuaba. ¡Vaya si se ha recordado! 18 años después de aquello, la pieza de Calixto Bieito (Miranda de Ebro, 1963) es ya la versión más representada en la historia de esta obra: 34 presentaciones de Europa a América, el Auditorio de San Lorenzo del Escorial (2009), el Gran Teatre del Liceu (2010 y 2015) y el Palacio Euskalduna (2014) –más Peralada, evidentemente–, entre ellas. Un original que fue «revisitado», contaba ayer el director artístico del Real –Joan Matabosch–, en su adaptación al coliseo barcelonés. El valor artístico ahí está: datos y premios quedarán siempre como aval. Pero es la actualidad, más allá del reestreno, la que pone, de nuevo, la versión de Bieito en la primera línea y dando de qué hablar. Si su reposición en la Ópera Nacional de París durante la pasada primavera provocaba hasta una pregunta parlamentaria del ex ministro José Manuel García Margallo por encontrar ésta «provocativa, violenta y, en muchos casos, obscena con la propia bandera de España», es ahora la «situación del momento», literal, la que ha obligado a rectificar un montaje programado en el Teatro Real para celebrar el 20 aniversario de su reapertura; el 11 de octubre (18 funciones), un día antes del Día de la Hispanidad para más inri.

La semana pasada, la institución que preside Gregorio Marañón adelantaba que se descartaba cualquier escena «vejatoria» con la bandera patria, y ayer confirmaban la noticia en rueda de prensa: «No se puede hablar de cambios en la producción, pero sí de ajustes decididos por el propio equipo, consciente de la situación del momento», zanjaba Matabosch sin dar nombres ni más detalles de la «situación» dentro de unos días en los que el tema ondea por encima de la media. Sin Calixto Bieito presente –acaba de estrenar en Nuremberg–, la cúpula del Real defendía que se han sustituido «elementos instrumentales para mantener la fuerza expresiva del montaje». Tomando el director artístico la palabra para distinguir entre «cambios» y «ajustes»: «Alteración de lo que se quiere expresar», para el primer término, y «alteración de los elementos con la finalidad de exponer lo que se quiere», respecto al segundo. Afirmando así que la «Carmen» que se presentará en el Teatro Real hasta el 17 de noviembre llegará «ajustada», que no «cambiada», y sin banderas para «leer el mensaje con el que fue creado». Fuera problemas escudándose en que «hay que poner el acento en lo que se expresa y no en uno de los elementos», defendía Matabosch.

¿Reestructuraciones? En la segunda escena, inspirada en el cuadro de Eugène Delacroix «La libertad guiando al pueblo», que se representaba con la bandera española, y en otra en la que aparecía una toalla rojigualda que se pasaban por sitios insospechados como icono «mega ‘‘kitsch’’ de tienda de ‘‘souvenir’’», definieron sin dejar claro el sustitutivo, aunque deslizando que podría ser otra efigie cañí que se sumase al ya presente toro de Osborne. «La bandera era un instrumento y no el fin y si esto cambia ya no nos sirve. Hace unos años sí era razonable», apuntaban.

Un ajuste en el que «no ha habido negociaciones», incidió Marañón: «Las decisiones las ha tomado el equipo artístico del montaje, que, como en cualquier otra ocasión, con el teatro solo ha tenido conversaciones profesionales. Forma parte de la libertad artística. Es algo exclusivamente profesional de una gran responsabilidad y cuyo resultado es enormemente razonable. Ha habido un buen trabajo, un ejercicio de responsabilidad y vocación al servicio de la cultura. Se ha aplicado la inteligencia». Y Joan Matabosch recogía el asunto: «Es algo que estaba encima de la mesa como una cosa que ellos mismos habían dicho, ‘‘vamos a aportar una solución’’, y el propio Bieito sabe que una opción para un teatro puede ser diferente para otro», cerraba.

Cerca del mito

Es la «situación del momento» en el que llega «Carmen» al Real, la ópera que Georges Bizet estrenó en París en 1875 y de la que nunca conocería su éxito: moría tres meses después decepcionado con la mala recepción. «Culpa de que sus protagonistas no tenían que ver con dioses, ni reyes, ni hijos de éstos», expuso Marc Piollet –director musical– sobre el rechazo inicial.

Sobre el texto de Prosper Merimée, el compositor levantaría un mito al que ahora trata de acercarse Bieito. Lejos de un ambiente idílico, el director propone una Carmen – representada por Anna Goryachova, Stéphane d’Oustrac y Gaëlle Arquez, como cabezas de cada uno de los tres repartos del espectáculo– alejada del enfoque pintoresco y lleva la propuesta dramatúrgica a Ceuta, «podría ser», puntualizan. A un escenario fronterizo de los años 70 propicio al contrabando y a la marginación, donde los protagonistas se presentan con desgarro y remiten al desconcierto que causó la representación de 1875. «Si tiene todo el sentido del mundo que hoy en día pongamos ‘‘Carmen’’ es porque está tratando temas que nos afectan, que tienen que ver con nosotros, que están en los diarios, que nos inquietan y nos desgarran», presentaba Matabosch. «Carmen adopta el formato de una tragedia no solo por su desenlace –continúa–, sino sobre todo porque tanto la protagonista como Don José cargan con un destino que, como escribe Carl Dahlhaus, ‘‘ambos saben secretamente que no les dejará escapatoria. Entre ellos existe el entendimiento mutuo y latente de los condenados, surgido de la oscura conciencia de un destino conjunto ineludible en que cada uno es víctima del otro’’. Ella es una mujer cuya moral se burla de la moral, que reivindica a los hombres según su deseo y no el de ellos, y que afirma la propia libertad ante la misma muerte. Y él no es tanto la víctima inocente de una pasión funesta como el espejo humillante de sus propios miedos, reflejados en su orgullosa intransigencia y en su brutalidad. Dos mundos enfrentados: lo vasconavarro frente a la bética andaluza, el norte y el sur, los payos y los gitanos, el monolitismo moral y la libertad, Don José y Carmen», cierra Matabosch.

Siguiendo con la estela de Lorca, que reclamaba a los actores que mostraran «los huesos y la sangre de sus personajes», Calixto Bieito pide a los cantantes y al coro una «interpretación visceral, en la que la seducción, la pasión, el sexo, el maltrato, la humillación, el machismo, los celos y la sinrazón lleguen al espectador con una violencia emocional y un ritmo trepidante, potenciados por la vida al límite de ese submundo hiperbólico» que, según cuentan, recuerda a Quentin Tarantino y Martin Scorsese.