Maracaná, un búnker

LA POLICÍA MILITAR se empleó a fondo cuando la protesta subió de tono a última hora de la noche
LA POLICÍA MILITAR se empleó a fondo cuando la protesta subió de tono a última hora de la noche

Una columna de 7000 manifestantes marchó ayer hacia el estadio de Maracaná, convertido en un búnker ante la final de la Copa Confederaciones. Los indignados se concentraron en la Plaza Saens Peña, en el barrio de Tijuca, a unos dos kilómetros del estadio, e iniciaron su marcha en medio de los aplausos de miles de personas que se asomaban a los balcones de los edificios.

Aunque la marcha comenzó de forma pacífica, finalmente hubo choques con la Policía. El enfrentamiento ocurrió en la esquina de la calle San Francisco Javier y la avenida Maracaná, donde los manifestantes lanzaron objetos a los agentes y éstos respondieron disparando bombas de gas lacrimógeno. Al menos hubo siete efectivos heridos.

«Tenemos que conciliar estudio y trabajo para pagar las cuentas», comenta Vivian, una joven estudiante que trabaja como camarera, cuando le preguntan cómo hace para alternar su rutina con las protestas.

«Pasamos por un momento de efervescencia muy grande y todavía tenemos movilizaciones. Más importante que la cantidad de personas en las calles es que en este momento la gente discute la política con una intensidad que nunca discutía antes. Por todos los lugares que pasamos se da cuenta de eso», agrega. Las protestas se originaron como reacción al aumento de 10 centavos en la tarifa del transporte público, pero evidentemente son un reflejo de la inconformidad generalizada en Brasil ante la fuerte carga fiscal, la percepción de corrupción entre los políticos y los deficientes sistemas de educación pública, atención médica y transporte. Otro de los motivos que ha llevado a millones de brasileños a la calle es el elevado coste de la organización del Mundial de 2014. «No es por los centavos (de aumento). Esto es una demanda reprimida, reflejo de la falta de perspectiva de los jóvenes. El transporte también es pésimo. Andamos en chasis de camión travestido de autobús», dijo otro participante, de 56 años.

Un contingente de 10.600 policías y 7.400 militares aguardaban atrincherados alrededor del estadio para impedir el acceso a los manifestantes mientras que en el interior, 79.000 espectadores disfrutaban del partido. El tamaño del despliegue queda claro en comparación con los 5.646 agentes que patrullan usualmente las calles de Río de Janeiro y Niterói, donde viven unos 7 millones de habitantes, de acuerdo con números publicados por la revista semanal Veja.

Dentro del estadio había otros 1.300 guardias privados, después de que el Comité Organizador Local de la Copa anunciara un aumento de los efectivos. Quien no estuvo presente fue la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff. La jefa de Estado fue pitada en el partido de inauguración.