Fútbol

Vinicius, Balón de Oro a la vista

Si se transforma en un rematador prodigioso, si no se endiosa y si Madrid la nuit no nos lo confunde...

Vinicius protesta al colegiado por un mordisco de un jugador de Atlético B en su etapa en el Real Madrid Castilla
Vinicius protesta al colegiado por un mordisco de un jugador de Atlético B en su etapa en el Real Madrid Castilla

Cuestionando anteayer la capacidad rematadora del jugador de moda, Vinicius júnior, ese gran madridista que es José Manuel García-Margallo me apuntaba algo que yo desconocía porque no pude ver jamás al mejor Real Madrid de todos los tiempos, el de Di Stéfano y cía, por una elemental razón: no había nacido. “Cuando llegó del Racing [de Santander], a Gento también se le quedaba la pelota atrás”, me puntualizaba el ex ministro de Exteriores. Le ocurría lo que a todos los velocistas que se convirtieron en jugadores de fútbol: iban incluso más rápido de lo que toca en el balompié, se aturullaban y les costaba encontrar ese punto virtuoso en el que se concilia celeridad con dominio del balón.

Me cuentan que el extremo izquierdo número uno de la historia merengue -ex aequo con CR7- también tardó en encontrar puerta cuando arribó a la capital de España en 1953 con 20 añitos recién cumplidos. Su cambio de ritmo y su velocidad punta eran similares a las del chaval de Río de Janeiro, pero, poco a poco, fue puliendo el déficit de técnica y aprendiendo a chutar para acabar siendo el mejor carrilero de ataque de su época, título compartido con El Cojo Garrincha, que penetraba por la banda opuesta. Como decía Napoleón cuando le peloteaban: “El único genio es el trabajo”. Gento se esmeró, escuchó, algo que también hace Vini, fue humilde, se lo curró como nadie y triunfó por todo lo alto. Sus seis copas de Europa, más que nadie, Di Stéfano y Cristiano incluidos, le avalan.

Vinicius es el Gento de 1954, un chaval de 21 años procedente de una peligrosísima favela al que le queda mucho por demostrar para ser el estrellón que fue el presidente de honor del Real Madrid. Pero no va mal encaminado. Su humildad y su profesionalidad, pese a ser consciente de las virtudes que atesora, son la mejor garantía para acceder a ese restringidísimo olimpo de los dioses. De lo primero tiene para dar y tomar: cuando en 2018 aterrizó en Madrid con ganas de comerse el mundo se llevó un bofetón de campeonato al certificar que estaba, pero no se le esperaba. De ser titular, ni hablamos. Lopetegui, seguramente con buen criterio, confiaba en peloteros curtidos en mil y una batallas. No se podía permitir el lujo de hacer experimentos, entre otras cosas, porque desde el primer día estuvo en cuestión. El chaval no se cortó un pelo y con la humildad que le caracteriza se plantó en la Ciudad Deportiva con una petición que descolocó a todos: “Alinéenme en el Castilla”. Y allá que se fue a la Segunda División B a disputar partidos aun a sabiendas de que corría un riesgo tremendo por la cantidad de leñeros que pululan por la tercera categoría de nuestro fútbol. Aún recuerdo una entrada que sufrió contra no sé qué equipo de la cual inexplicablemente no salió con una triada, esa triple rotura de ligamento cruzado anterior, ligamento lateral interno y menisco que suele suponer el abrupto final de una carrera futbolística. Y otra salvajada, mordisco en la cabeza incluido, que padeció contra el Atlético de Madrid B.

Como en nuestra Tercera división iba sobrado, y como quiera que cada domingo se ponían en riesgo los 61 millones que costó, la entidad decidió recuperarle para el primer equipo. No jugaba hasta que en la segunda semana de febrero de 2019, Solari le dio la alternativa de verdad. El menino de Sao Gonçalo se salió del mapa contra el Barça en Copa, Atlético en el derbi y Ajax en la ida de los octavos de final de Champions. La vuelta en la capital de España, que se saldó con un 1-4 que dejó a los vigentes campeones en la calle, representó un mazazo para un chaval que iba como un cohete. Lo cual no evitó que el míster ajacied, Ten Hag, se deshiciera en elogios hacia él sin que nadie le hubiera preguntado: “Es buenísimo”. El regreso del hijo pródigo, Zinedine Zidane, fue otro contratiempo toda vez que el francés no terminó nunca de confiar en él. Al mejor entrenador de la historia de la Champions le gustan los futbolistas consolidados.

Ha sido llegar Ancelotti, que arriesga más con las promesas, y explotar definitivamente. Buena parte de la culpa de su evolución la han tenido su obsesión por ser el mejor y el entrenamiento específico que el italiano ha diseñado para él, con media horita todos los días de clases particulares de disparos a puerta. Si se transforma en un rematador prodigioso, si no se endiosa y si Madrid la nuit no nos lo confunde, estamos ante un seguro Balón de Oro que nada tendrá que envidiar al superlativo Mbappé. De momento, progresa adecuadamente. Muy adecuadamente, al punto que el madridismo ha recuperado la ilusión.