Sánchez, 1; Iglesias, 2...pero hay partido de vuelta

El presidente necesitaba los Presupuestos para garantizarse el resto de la legislatura, mientras que Iglesias buscaba un pequeño golpe de efecto

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (i), y el vicepresidente Pablo Iglesias en la presentación de los Presupuestos Generales del EstadoBorja Puig de la BellacasaEFE

Era de noche en la Moncloa. La víspera, Celia Villalobos, siempre con mucho desparpajo, pero ahora más relajada –quizá por su paso por los fogones de Master Chef–, le dijo a Pablo Motos en “El Hormiguero”, de Antena 3TV, «ese sí sabe lo que quiere», mientras se refería a Pablo Iglesias y sugería que Pedro Sánchez lo tiene menos claro y su único objetivo es mantenerse en el poder.

Y el sueño del líder de Unidas Podemos, también lo explicó la exministra de Aznar, es el leninismo y aplicarlo en España. Era de noche el martes en la Moncloa cuando en Madrid, la ciudad «infestada de rumores catastróficos», según Josep Plá en sus crónicas de la República, circulaba la teoría –que alguien difundió para calentar a unos, poner nerviosos a otros– que Iglesias no tragaba con los Presupuestos alumbrados finalmente por María Jesús Montero, como un parto interminable, y que incluso habría que retrasar su presentación.

Es cierto, pero a esas horas ya estaba impreso el llamado «Libro Amarillo», el que al día siguiente, a primera hora y antes de que lo aprobara el Consejo de Ministros –una anomalía difícil de justificar en cualquier democracia– , enseñarían juntos Sánchez y su vicepresidente segundo, feliz porque España, con la futura limitación de alquileres, se convertirá en el país de Europa –tal vez incluso del mundo con la excepción dramática y extravagante de la Corea del Norte del sátrapa Kim Jong Un– con más intervención pública en ese sector.

Era de noche en la Moncloa cuando Iván Redondo, jefe de Gabinete y estratega de Pedro Sánchez, y Juanma del Olmo, director de Estrategia y Comunicación de la Vicepresidencia Segunda del Gobierno a la que se aferra Iglesias, desatascaron –con la intervención, claro, faltaría más, de los ministros implicados– el asunto con el compromiso de preparar, en pocos meses, esa ley que limite alquileres y que, es inevitable, recuerda otra franquista de 1964, que será su precedente. Es así, es inevitable, digan Iglesias y Echenique lo que digan y, una vez más, los extremos se tocan. Nada de eso figura en los Presupuestos, porque no es materia para esa norma, pero hizo que durante horas, hasta que llegó el acuerdo, algunos alimentaran las dudas de una ruptura, imposible por ahora.

El Gobierno de coalición, sin duda, no es una piña, e incluso hay más bandos que los dos partidos que lo integran –la ministra Yolanda Díaz, por ejemplo, a pesar de su amistad con Iglesias, va por libre, pero no es la única–, goza de una excelente mala «salud de hierro», pero al mismo tiempo bastante bien engrasada.

Sánchez necesitaba unos Presupuestos para seguir en la Moncloa sin grandes quebraderos de cabeza el resto de la legislatura. Iglesias, con la intención de voto a la baja, buscaba su golpe de efecto, su «aquí estoy yo», más radical que Lenin. Los dos tienen lo que querían. No está claro que coincidan, ni tan siquiera, como reza la introducción –algo cursi– de los Presupuestos, «en el modelo productivo de una España que será más ecologista, más cohesionada y más feminista».

Los Presupuestos, por otra parte, tienen varias vertientes: la irreal, la inevitable y la dogmático-populista. La irreal está definida por unas previsiones sustentadas en un entorno que, por la pandemia, es diferente y peor. La economía volverá a desplomarse el cuarto trimestre de este año y los objetivos de crecimiento para 2021 son casi inalcanzables. A partir de ahí, todo cambia. La inevitable son las medidas, más o menos atinadas, para hacer frente a los efectos de la COVID-19, que también es imprevisible, pero entre las que rechinan las subidas de impuestos en circunstancias en las que incluso Keynes recomendaba bajarlos. La dogmático-populista es la obsesión de transmitir –y por supuesto intentar– una persecución fiscal a los ricos cuyo objetivo es más escarnecer que recaudar, mientras se justifica una subida salarial a los funcionarios, de la que nadie más disfrutará en el país, con la idea –y los pensionista en el punto de mira– de acunar millones de votos cautivos. Ya hay más españoles que dependen del Estado que de sí mismos o del sector privado.

Hay Presupuestos y sí, ahora mismo, el resultado es Sánchez, 1; Iglesias, 2; pero hay partido de vuelta y el inquilino de la Moncloa y su asesor –que ha visto alguna en el Bernabéu– están convencidos de la remontada. Nada está escrito, decía Popper.

El presidente de Foment del Treball, Josep Sánchez LlibreDavid Zorrakino Europa Press

Sánchez Llibre reclama al Gobierno ayudas directas y reales a las empresas

El presidente de la patronal catalana, Fomento del Trabajo, y vicepresidente de la CEOE, Josep Sánchez Llibre, ha reclamado al Gobierno ayudas directas a las empresas e incluso ha esgrimido una cifra orientativa, 50.000 millones de euros, financiados con deuda pública. Sánchez Llibre esgrime con razón que mientras otros países han entregado ayudas directas –transferencias–, en España lo único que ha habido han sido ciertas facilidades crediticias.

La mitad del negocio del sector bancario español está en el extranjero

Los negocios en el extranjero suponen la mitad de los activos financieros del sector bancario español y se concentran, sobre todo, en el Reino Unido, Estados Unidos y Latinoamérica (México y Brasil), según datos del último informe de Estabilidad Financiera elaborado por el Banco de España y presentado el pasado jueves. Las grandes entidades, Santander y BBVA, aunque el informe no da nombres –y el Sabadell tiene gran presencia en el Reino Unido–, son las que concentran la mayor parte de esos negocios. Por otra parte, la ratio de préstamos dudosos en España está en un rango intermedio en relación a otras geografías y aunque los préstamos dudosos en el exterior –salvo en Turquía, donde se han triplicado– han permanecido estables, existe el temor de un deterioro de la calidad de los activos.