Lagarde y el mal absoluto de la inflación

Hay expertos que detectan paralelismos preocupantes entre la crisis de los 70 –subida de productos energéticos y derrota americana en Vietnam– con la situación actual

Jerome Powell, presidente de la Reserva Federal
Jerome Powell, presidente de la Reserva FederalKEVIN LAMARQUEREUTERS

Rafael Termes, presidente de la patronal bancaria en los años de la Transición, repetía con vehemencia y seny catalán que «la inflación es un mal absoluto». En 1977, el IPC cerró el año en el ¡26,45!, y sólo Enrique Fuentes Quintana y los Pactos de la Moncloa –suscritos por el PCE de Carrillo que hoy no sería admitido en Unidas Podemos– impidieron que España se despeñara por la senda de la hiperinflación, como le ocurrió entonces a Argentina y ahora a Venezuela. La inflación afectó a casi todos los países, pero se cebó sobre todo en una España que no quiso coger el toro por los cuernos de la crisis energética de los años 70. Hay un paralelismo diabólico entre las soluciones que se adoptaron entonces y las que algunos proponen para combatir la subida de la luz.

Kenneth Rogoff, autor –junto a Carmen Reinhart– del histórico «Esta vez es distinto, ocho siglos de necedad financiera», encuentra ahora similitudes peligrosas entre la crisis de los años 70, tras la subida de los precios del petróleo y los embargos adoptados por los países árabes productores, y la situación actual. También entonces, Estados Unidos tuvo un presidente, Richard Nixon, que desafió, como Trump, las normas internacionales. La primera potencia mundial también perdió una guerra, la de Vietnam, contra un enemigo inferior, como ahora ha salido de Afganistán de forma vergonzante.

Hay una diferencia importante. Entonces, los bancos centrales –sobre todo la Reserva Federal (FED)– no eran tan independientes como lo son ahora y se dedicaron a fabricar dinero, con la excepción parcial del Bundesbank, para agradar a sus gobiernos ante lo que se llama un «shock de oferta», el del petróleo. El resultado ya se sabe, años de crisis, inflación, paro y tipos de interés por las nubes.

Muchos años después, como diría el Aureliano Buendía de García Márquez, el fantasma de la inflación regresa. En Estados Unidos alcanza el 5,6%, en Alemania el 3,4% y en España el 3,3%. No son porcentajes desmesurados, pero empiezan a encender algunas alarmas. Jerome Powell, presidente de la FED, y Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, arropados por sus expertos, alegan que se trata de algo coyuntural. El americano, por si acaso, ha avanzado que tomará algunas medidas y la europea, por mucho que remolonee, tendrá que hacer lo mismo antes o después.

La amenaza está ahí y es real. Nouriel Roubini, el profeta de las catástrofes pero que anunció la Gran Recesión, habla de que ya vivimos una era de miniestanflación, es decir, casi estancamiento económico con alzas de precios. El gestor de fondos alemán Bert Flossbach, que maneja inversiones de 75.000 millones de euros, apunta que si los bancos centrales se equivocan y la inflación no es algo pasajero perderán su credibilidad. Eso conduciría a la pérdida de la independencia y a que la política monetaria estuviera en manos de los gobiernos, que no dudarían en presionar para utilizarla para sus objetivos electorales.

Mervin King, exgobernador del Banco de Inglaterra (2003-2013), autor del best-seller económico «El fin de la alquimia», cree que, de alguna manera, los bancos centrales ya han tomado el riesgo de irrumpir en la escena política. No obstante, todavía estarían a tiempo de rectificar, porque las alegrías monetarias actuales –creación casi infinita de dinero con la compra de deuda pública con tipos de interés en el subsuelo– serían insostenibles con una inflación que se instale, de entrada, alrededor del 4%, el doble de los objetivos del BCE, por mucho que quiera ser flexible.

No sabemos todavía si las subidas generalizadas de precios son temporales o indican el principio de una nueva era de inflación, que se traduciría en más paro y desigualdad y perjudicaría a los menos favorecidos de cada sociedad. Los riesgos están ahí. En España, la vice Nadia Calviño es consciente, pero nada indica que ni Pedro Sánchez ni el resto del Gobierno estén preocupados por el asunto mientras puedan acceder a los fondos europeos. Luis de Guindos, vicepresidente del BCE y el segundo de Lagarde, con precaución, ha dicho que los países con mucha deuda necesitarán más esfuerzos. A buen entendedor. Lagarde, y ella lo sabe, es la última frontera ante el mal absoluto del que hablaba Termes.

Iberdrola plantea una reforma global de la fiscalidad eléctrica

Iberdrola, la compañía que preside Ignacio Sánchez Galán, en el punto de mira como el resto de las eléctricas por la subida del precio de la luz, propone una reforma global de la fiscalidad eléctrica actual, resultado de las necesidades históricas de la Hacienda pública. Los expertos de Iberdrola proponen eliminar o modificar algunas cargas impositivas que no tienen nada que ver con la electricidad, pero sí defienden mantener el IVA.

Balance complejo y económico de un agosto más allá de los talibanes

Afganistán y la tragedia de un pueblo camino de la Edad Media ha concentrado la atención en agosto. Los árboles, como siempre, han ocultado el bosque, repleto de vida, por otra parte. Las bolsas americanas alcanzaron nuevos máximos y están en zona de vértigo, la Reserva Federal americana anuncia el fin -antes o después- del manguerazo monetario, los efectos económicos de las medidas contra la pandemia plantean dudas ante los rebrotes en Israel y Australia. Además, y quizá lo más importante, las bolsas chinas sufren más de lo previsto. El Gobierno chino ha dejado claro que no dejará que las tecnológicas de su país concentren más poder, al mismo tiempo que anuncia más intervencionismo en otros sectores. Es el efecto chino, que tendrá también consecuencias globales.