El gafe y la malaria

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De la soledad se ha escrito que «es un instante de plenitud», «la suerte de los espíritus excelentes», «el imperio de la conciencia» o, en términos menos románticos, que es «el infierno», según Víctor Hugo. La soledad hace estragos en según quien la padezca, si no es el placer buscado; como genera ansiedad y desesperación la falta de cariño. La distancia del origen, la nostalgia de lo que queda atrás y la búsqueda del porvenir en tierra extraña combinan para idealizar al hombre, o para destruirle. O ni una cosa ni otra porque el individuo en cuestión es rarito, por encima de cualquier otra consideración. Léase, Ricardo La Volpe, entrenador argentino del América mexicano que rehúsa saludar al colega del otro banquillo por si le «pasa la malaria», llegó a justificar para no chocar la mano con Zidane en el Mundial de Clubes. Torneo que ganó el Madrid y de cuyo éxito reniegan los agoreros porque, según se estampa el escudo de campeón en la camiseta, suena en el vestuario aquel tango de «cuesta abajo en la rodada» –eliminación de Copa, derrotas inesperadas...–, que ya escuchó Ancelotti. Zidane tomó medidas que, por ahora, no han sido del todo efectivas para evitar descalabros y la amenaza del despeñamiento resultaría más ostensible de no ser por el 3-1 al Nápoles. Volvamos con La Volpe, un tipo tan pagado de sí mismo que se ha atrevido a decir que Paco Jémez, su rival en el Cruz Azul, sólo «vende humo».

No le rueda del todo bien en México al bueno de Paco. Necesita tiempo. Pero no se refugia en los «Suspiros de España» para encarar el presente. De hecho, ha retado al míster que hace ladrar a sus jugadores para que se lo diga a la cara. La Volpe calla, es poco mordedor.