Sí se puede, gritaron

PHOTO ALBERTO PAREDES Europa Press

Sí se puede, gritaron apoyados contra los muros del Congreso. Los jóvenes penenes, reciclados en tertulianos, hablaron entonces de partitocracia, mafias extractivas, oscuros reservados, sobres volantes, comisiones, contables, testaferros, paraísos fiscales, puertas giratorias y latrocinio a gran escala. Franco lo había dejado todo atado y bien atado. Un cableado mitológico unía el Dragon Rapide, que pagó un pirata del Mediterráneo, con el escándalo de la Gürtel. Sí se puede, cantaban unidos, ni un paso atrás, frente a la bestia lujosa y torva de la casta, cortada con el hilo arácnido del nepotismo y diseñada para vampirizar los recursos de la gente. Sí se puede, gritaban por los pasillos de la facultad mientras acosaban a quienes, como Rosa Díez, habían peleado contra la bestia identitaria y asesina en el País Vasco.

Muchos años más tarde fue Iglesias el que sufrió un escrache en la Complutense, a manos del sector más papista de su propia logia, y Díez, infinitamente más elegante, rechazó que «los ex alumnos de Pablo Iglesias hayan seguido su ejemplo y hoy le hayan hecho un escrache como el que él me organizó a mí».

Sí se puede, sonrieron, al tiempo que elogiaban la lucidez del terrorismo etarra, pues en palabras del propio Iglesias «la Constitución que se produce en este país no instaura una serie de reglas del juego democráticas, sino que de alguna manera mantiene una serie de poderes, que de una forma muy lampedusiana, cambiarlo todo para que todo siga igual, permitieron la permanencia de una serie de élites, económicas y también políticas, en los principales mecanismos y dispositivos de poder del Estado español». «Me gusta contarlo aquí», dijo en 2013, «porque quien se dio cuenta desde el principio fue la izquierda vasca y Eta. Aquí, claro, era una herriko taberna. O sea, una taberna del pueblo. De esas decoradas con el Hall of Fame de los asesinos que fregaban con amonal y vísceras el patio de las casas cuartel y con jirones de carne de niño el aparcamiento de un hipermercado. Sí se puede, dijeron imponentes cuando señalaban con el dedo los feos usos de los políticos rivales, pillados con la tartera repleta de billetes. También condenaron a otros de los que apenas existían sospechas, o ni siquiera. Todos servían como ginebra cultural para emborracharnos luego con demagogia en vaso corto. Sí se puede, susurraron como si fueran fogoneros de un tiempo distinto o deshollinadores de la democracia herida. Sí se puede, botaban y aullaban los días en que una vicepresidente amanecía con la jauría del acoso frente a las ventanas del domicilio familiar. Sí se puede y se pudo en Venezuela, los ojos como Orinocos de lágrimas en la muerte de Hugo Chávez y el país en trance de ser esquilmado hasta la empuñadura, con millones de personas en el exilio y cientos o miles de opositores en las cárceles, que imagino que también son del pueblo. Sí se puede, repetían los repetidores de memes injuriosos al tiempo que reclamaban el debido respeto a los agentes de la policía y los jueces que investigaban las presuntas actividades delictivas de sus enemigos. Sí se puede, dicen ahora que siembran con bosta, desde las cloacas de internet, a los jueces que husmean el hipotético tomate de las cuentas.

De momento han imputado a tres peces gordos. El asalto a los cielos comienza dando vivas a la lucidez de unos delincuentes y acaba con un tesorero delante de los ropones. Ni que la nueva política fuese la vieja política y España el coto de caza de unos soldados de fortuna.