“No hay mal…

…que por bien no venga», como dice el refrán, que hoy aplicamos al hecho de que el coronavirus –un mal– habría precipitado la fusión –un bien– de dos grandes instituciones financieras, CaixaBank y Bankia, para posicionarlas mejor ante un escenario económico postcovid, inédito y complejo. Pero no sería ese el único bien derivado de esta anunciada operación, ya que habrá otro efecto colateral positivo: la marginalidad de la influencia del separatismo en la operación misma y una vez culminada su materialización. La Generalitat catalana va a ser una convidada de piedra en la fusión y una actriz secundaria en la posterior influencia real en la toma de decisiones que afecten a la vida y hacienda de los catalanes. Sin duda, otra consecuencia del lamentable «procés» que, además de dividir y enfrentar a la sociedad catalana, ha generado inestabilidad institucional e inseguridad jurídica, dos virus de los que las empresas huyen como de la peste, nunca mejor dicho. Un ejemplo evidente de ello es el traslado fuera de Cataluña de la sede social de miles de empresas, entre ellas la propia CaixaBank.

Ahora, tras la fusión de los buques insignia de la flota económica de los ciudadanos catalanes y madrileños, la demanda separatista se convierte en súplica de que la sede social de la entidad resultante sea Barcelona. Pero Valencia parece mejor posicionada. Piugdemont y Torra siempre podrán contentarse alegando que son els Països Catalans. Hay amores –separatistas– que matan.