Francia contra todo separatismo

En septiembre de 1870, las tropas garibaldinas sitiaban Roma. La ciudad caía el día 20 de ese mes y el Papa Pío IX se recluía en el Vaticano, considerándose prisionero. Fue el final del poder temporal que, durante más de mil años, habían tenido los Papas como soberanos de los Estados Pontificios.

En paralelo, en Sedán, Bismarck derrotaba a Napoleón III que, hecho prisionero, fue exiliado. El régimen de la Nación que tenía la misión de proteger ese poder pontificio temporal, corrió la misma suerte ante la desleal orden de retirada de Roma de la guarnición francesa destinada a custodiarla. Nacía la República francesa, de la que ahora se cumplen 150 años.

Con ese motivo, el Presidente Macron ha dirigido un mensaje a la Nación desde el Panteón reivindicando los valores del republicanismo, y anunciando que la República «es indivisible y no admite aventuras separatistas», ya sean de carácter étnico, político o religioso.

El nuevo Primer Ministro Jean Castex, recibido con entusiasmo por Puigdemont dada su condición de alcalde de Prada de Conflent –localidad mítica del separatismo donde se reúne la Universidad Catalana de Verano–, ha anunciado un proyecto de Ley contra el «separatismo» para las próximas semanas, y su fervor debería haberse enfriado. Aunque no sé si el fugado de Waterloo tomará nota de ello, nosotros sí deberíamos hacerlo. Basta leer el artículo 2º de nuestra Constitución, «que se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española».