Salvador Illa: El ministro quemado que mira a Cataluña

Pese a que la gestión de la pandemia le ha puesto en entredicho, se perfila como candidato a la Generalitat

En esta crisis, si hay alguien controvertido y denostado por unos, aunque respetado y valorado por el gobierno y su partido, ese es Salvador Illa Roca.

Un socialista catalán destinado a otras misiones en Madrid, pero a quien el destino y Pedro Sánchez ubicaron en el explosivo ministerio de Sanidad. Quienes bien le conocen aseguran que siempre fue un hombre muy discreto, poco dado al ruido. Mientras para gran parte de la opinión pública y los sectores sanitarios su gestión es un auténtico desastre, en opinión de varios ministros y compañeros del PSC lo está haciendo con enorme dignidad. «Nadie que le hubiera caído esto saldría vivo», advierten en su entorno.

Algunos miembros del Ejecutivo destacan su talante correcto, sensato y moderado. Con este perfil de hombre tranquilo, al estallar la pandemia de la covid-19, él mismo lo reconoció ante sus colaboradores: «Me ha tocado la china».

Nació en La Roca del Vallés, en una familia de tradición textil. Su padre, Josep Illa, trabajaba en la fábrica de textiles y bordados del municipio, y su madre María poseía un pequeño taller. El mayor de dos hermanos, Ramón y José María, estudió en las Escuelas Pías de Granollers, en un ámbito netamente católico, lo que nunca ha negado, pues se declara creyente.

Después, en la Universidad de Barcelona, se licenció en Filosofía y, según compañeros de aquella época, era un fervoroso de Immanuel Kant, el pensador alemán padre de la Critica de la Razón Pura. Illa valora la moderación y coloca al ser humano como centro de todo. «Era un chico reservado, muy tranquilo, un filósofo con cintura», recuerdan estas fuentes.

Fiel a las tradiciones, cumplió el servicio militar graduándose como alférez en el Cuartel del Bruc y realizó un máster en Economía y Dirección de Empresas en la Universidad de Navarra. Su vida política siempre estuvo ligada al PSC y al ámbito municipal. Se afilió al partido en el año noventa y cinco, fue concejal y alcalde de La Roca. Su gran salto se produce cuando Miquel Iceta le designa Secretario de Organización del PSC, dónde acalló líos internos.

Muchos le recuerdan viajando en tren por toda Cataluña para ordenar el partido: «Trabajó sin llamar la atención, nunca tuvo conflictos y caía bien a todo el mundo», dicen los socialistas catalanes. Ahora, todos piensan que Iceta es un candidato desgastado y que Illa es el favorito de Sánchez para La Generalitat. «El rifirrafe con Madrid le genera simpatías en Cataluña», observan. Nunca ha sido independentista y se integró en una plataforma transversal bajo el lema «Puertas abiertas al catalanismo». De hecho, acudió a la manifestación antisoberanista organizada en Barcelona por Sociedad Civil Catalana.

Sus compañeros destacan que siempre «ha escapado del follón», por lo que ahora le ven como un héroe al frente de la tremenda pandemia. «Le ha caído el marrón más gordo», apostillan. Recomendado por Iceta, su papel era servir de cauce entre La Moncloa y Cataluña, pero el estallido de la pandemia le trastocó en Sanidad. Todos piensan que será el candidato del PSC a la presidencia de La Generalitat en las elecciones de febrero. Sobrepasado, completamente desbordado y con inquina hacia Madrid para unos. Con dignidad y serenidad, avalado por informes técnicos, para sus compañeros de Gabinete en el Comité de Crisis. Un hombre que vino a Madrid impuesto para liderar el puente aéreo Madrid-Cataluña en el famoso foro de diálogo negociador y que ha acabado más que abrasado por las circunstancias de la pandemia. Avalado por Iceta y, sobre todo, por su estrecha amistad con el ministro de Fomento y número dos del PSOE, José Luis Ábalos, pactaron para él una cartera de escasas competencias, la Sanidad, que le permitiera volcarse en el conflicto catalán.

El resultado está a la vista y, según sus críticos, «Illa no salva ni su silla». Por el contrario, fuentes de Moncloa y de los socialistas catalanes opinan que su gestión es un activo en Cataluña. «Le ha caído la gorda», dicen varios ministros con peso político. Coinciden en que llega «muy contenido» a las reuniones. «Es una buena persona», aunque algunos «barones» del PSOE añaden en voz baja que ello no es suficiente ante una crisis de tal calibre. «Tiene toda la confianza del presidente» insisten en su entorno.

Es un hombre reservado, con una vida privada muy discreta. En su entorno, muy cerrado, admiten que tuvo dos parejas sentimentales y es padre de una niña. Cuando fue nombrado ministro de Sanidad se trajo a Madrid a una secretaria de toda su confianza y se alojó en un hotel próximo al Congreso. Ahora, habita en un apartamento dentro de Moncloa, que se ha convertido en su casa. Cuentan que apenas come y duerme, con largas horas de trabajo.

Le apasiona pasear por las playas de la Costa Brava, degustar una buena «escalibada» y añora a sus dos hermanos menores, con quien mantiene muy buena relación. Hermético, tímido y golpeado por el letal coronavirus, le queda el lema de su educación en las Escuelas Pías Calasanzias: «Piedad y Letras».