Artur Mas: El visionario embargado

El hombre que lo tuvo todo y lo dilapidó se encuentra abatido, desolado y enrabietado

Ilustración Artur Mas
Ilustración Artur Mas FOTO: PLatón La Razón

Abatido, desolado y enrabietado. Es el estado de ánimo de Artur Mas i Gavarró tras la sentencia del Tribunal de Cuentas que ordena sacar a subasta todos sus bienes si no abona los casi tres millones de euros pendientes por la consulta ilegal del nueve de noviembre de 2014. Según su entorno, el ex presidente de La Generalitat atraviesa un gran bajón anímico y, en los últimos meses, se habría refugiado en un cierto misticismo que recuerda su etapa de mesiánico nacionalista envuelto en esteladas y discurso radical para ocultar la corrupción de su partido, la antigua Convergencia Democrática de Cataluña. Mas asegura que el organismo fiscalizador «persigue la muerte civil y política» de los dirigentes soberanistas, y recibió como un mazazo la decisión del Tribunal Supremo de rechazar los recursos interpuestos por todos los ex altos cargos del Govern bajo su mandato y confirmar la condena contable por el 9-N. El depósito de la Asamblea Nacional de Cataluña, gracias a una colecta independentista, solo ha cubierto el 60% del dinero reclamado.

El ex presidente tiene ya embargado desde 2017 su piso en la calle Tusset de Barcelona. Una vivienda a su nombre de 300 metros cuadrados, dónde Mas siempre ha vivido con su familia, ya que nunca utilizó la residencia oficial en el Palau. En su entorno afirman que pedirá amparo al Tribunal Constitucional por presunta vulneración de derechos fundamentales, única instancia que podría paralizar el embargo total y subasta de sus bienes si no satisface la deuda, pero según fuentes jurídicas la doctrina habitual es no adoptar medidas de paralización de la sentencia del organismo fiscalizador. Los servicios jurídicos de La Generalitat estudian la forma de apoyar a Mas y los altos cargos de su equipo que deben pagar cinco millones y medio de euros. El mundo independentista está que trina con la sentencia y, una vez más, denuncia la represión contra «los leales servidores públicos de Cataluña». En medio del llamado diálogo del reencuentro anunciado por Pedro Sánchez, la Abogacía del Estado se retira de la causa y no actuará contra ellos.

Artur Mas presenta ahora un aspecto envejecido, con muchas canas y una poblada barba blanca. Al parecer, la casa que posee en Menorca la puso a nombre de uno de sus hijos. En la isla balear pasa siempre los veranos la familia Mas y aquí también se casó su hija Patricia, que le ha hecho abuelo. Mucho tiempo ha pasado desde la noche del 25 de noviembre de 2012, cuando la todopoderosa Federación Nacionalista de CIU perdía doce diputados en las autonómicas. Un fracaso en toda regla tras lo cual Mas, bajo una fuerte depresión, intentó tirar la toalla. Pero arengado por sus dos ideólogos de cabecera, Francesc Homs y David Madí, decidió pasar a la historia como el mártir soberanista de Cataluña. Aquel día, convencido por ambos, el joven a quien siempre llamaban Arturo, como sus padres le habían inscrito en el Registro Civil de Barcelona, nacido en una elitista familia textil de Sabadell y metalúrgica del Pueblo Nuevo, educado en el Liceo Francés, trastocó su hoja de ruta. Fue entonces cuando abanderó el soberanismo y vino a Madrid en plan chulesco para poner en un brete a Mariano Rajoy.

La jugada le salió mal y Mas inició un camino sin retorno que destrozó su partido y llevó a Cataluña al mayor enfrentamiento que se recuerda.

Con Mas empieza todo y con él, venido a menos, el separatismo arrecia con fuerza. Su padre, Artur Mas Barnet, le introdujo en el círculo empresarial de Lluis Prenafeta, uno de los hombres de confianza de Jordi Pujol, quien le inició en la carrera política. En esa época trabó amistad con la familia, en especial con la influyente matriarca. Marta Ferrusola, y el delfín Oriol Pujol. De su mano ascendió peldaños vertiginosos en La Generalitat hasta convertirse en «el hereu», una vez imputado Oriol por el escándalo de las ITV. Arturito, como cariñosamente le llamaba Ferrusola, fue siempre un segundón, el chico que hacía los recados turbios de la trama convergente en liza con la brillantez del otro socio, el democristiano líder de Unió, Josep Antoni Durán i Lleida. Un político superficial, carente de cultura profunda, débil intelectual y siempre teledirigido: primero por los Pujol, y después por Francesc Homs y David Madí. Pero, atención, con un punto de soberbia altamente peligroso sobre una cascada de casos de corrupción.

Quienes con él trabajaban en esos años le califican de visionario. «Quiere un puesto en el panteón nacionalista», dijo un antiguo convergente cuando giró al victimismo soberanista. Su deriva condujo a un negro túnel a la antigua CiU, rota en mil pedazos, para albergarse en una coalición, JuntsxCat, bajo la batuta de su sucesor, el fugitivo Carles Puigdemont, los delirios del procés y el ascenso electoral de Esquerra Republicana. Los veteranos de CiU nunca se lo perdonarán, es la suya una trayectoria de líder fracasado, a quien culpan de todo el conflicto. Cuando el Tribunal de Cuentas inició el procedimiento de indemnizaciones a los responsables del 9-N apeló a una recaudación popular y planeó iniciar una nueva vida en Estados Unidos. En Chicago trabaja uno de sus hijos y desde allí le llegó la oferta de un empresario catalán vinculado a la extinta Convergencia. Pero finalmente, bajo el cerco judicial de su inhabilitación ya terminada, se mantuvo en Cataluña.

En el plano personal, se refugia en la casa de Fornells, en Menorca, con su mujer Helena y las nietas del matrimonio de su hija Patricia. En el político, su legado ha sido penoso bajo los casos de corrupción de CDC con duras acusaciones de tráfico de influencias, cohecho, prevaricación y malversación. Un golpe en toda regla para Artur Mas, el hombre que tuvo todo, lo dilapidó sin remedio y es hoy el vivo retrato de la decadencia.