Opinión

La reconstrucción de Feijóo

La crisis ha sido profunda y será natural que haya réplicas territoriales

Antonio Martín Beaumont

El virulento incendio se ha llevado por delante el cuartel general del PP en una semana. No hay que cambiar de sede, tal como tenía previsto el casadismo: ahora toca levantar el edificio, desde el parking hasta la séptima planta. La crisis ha sido profunda y será natural que haya réplicas territoriales, tras lo sufrido por muchos. Además, el estallido interno no ha sido meramente la guerra de unos dirigentes contra otros: ha supuesto una ruptura con las siglas por parte de afiliados, simpatizantes y electores que va a ser difícil coser. Y hay que tener en cuenta -así es la vida política- que el ciclo electoral no se detiene y las urnas, si no hay sorpresas por medio, se abrirán en Andalucía antes de terminar el año y los alcaldes y la mayor parte de las comunidades autónomas van a examinarse en mayo de 2023. “Tempus fugit”.

Si alguien cree que, muerto el perro, se acabó la rabia, se equivocará. De momento, los populares se han embarcado en un insólito “remember” estilo Juana la Loca portando el cadáver de su esposo por España. Han quitado los galones de presidente a Pablo Casado aunque lo han dejado en su despacho para que tenga un adiós digno. Un suplicio. A quienes urge gestionar el descontento hasta el Congreso extraordinario de abril es a los barones en primer lugar, pero sobre todo a Alberto Núñez Feijóo como sumo pontífice que inspira confianza y consenso en la formación de la gaviota y a Cuca Gamarra y Esteban González Pons como los “obreros” diarios de la “pax” interna. Su acierto o error ponen en juego al partido referente del centro derecha. No es poca responsabilidad la que reciben de la Junta Directiva de mañana.

Asimismo, el caminar de “tierra quemada” por el que Casado se ha movido estos años junto a Teodoro García Egea ha ido acorralando los verdaderos liderazgos. Faltan mimbres para hacer el cesto. La afinidad apartó al talento. Fijémonos en la misma sede popular. ¿Quién hay con auténtico peso político nacional, salvo Ana Pastor y alguna otra grata excepción? Ya ni siquiera está el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, tras su dimisión como portavoz. Tampoco en los Grupos Parlamentarios sobran los mirlos blancos a quienes encargar misiones trascendentes. Y para qué hablar del secarral provincial del partido...

Aunque cueste decirlo, hoy en el PP, salvo Alberto Núñez Feijóo e Isabel Díaz Ayuso como las dos caras -la experiencia y la ilusión- de una misma moneda con proyección pública nacional, se han perdido muchos quilates.

Ciertamente, Juanma Moreno y Alfonso Fernández Mañueco, al igual que alcaldes repartidos por la geografía española, como el mismo Almeida, el zaragozano Jorge Azcón, el malagueño Francisco Latorre, el de Torrejón de Ardoz Ignacio Vázquez o la murciana de Archena Patricia Fernández, entre otros, son metales preciosos en sus respectivas regiones y ciudades. Les avalan además sus rotundos éxitos electorales, y sus eficaces gestiones públicas deben ser el retrato de lo que el Partido Popular es capaz de hacer. Pero no son todavía personalidades políticas con la notoriedad nacional como para ser exponentes de la alternativa al Gobierno de Pedro Sánchez.

Hace falta poner en marcha cuanto antes un meticuloso trabajo de comunicación que ponga el foco sobre esas y otras realidades del PP repartidas por el país y atraer caras espantadas por los modos con que se ha gestionado la formación. Recuerdo cuando en los despachos genoveses fijando la política de oposición encontrabas a gentes como Pastor, Pons, el mismo Moreno, Cospedal, Sáenz de Santamaría, Montoro, Arias Cañete, Trillo, Ruiz-Gallardón, los hermanos Nadal, Moragas… En estas horas te topas con demasiados rostros como el de Alberto Casero, el secretario de organización y diputado que en lugar de cambiar el curso del Misisipi se equivocó a la hora de tumbar la reforma laboral.