Política

Ecuador

De paseo turístico por el Congreso

De paseo turístico por el Congreso
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Por actitud, que no apariencia, algunas de las delegaciones catalanas que arribaron al Congreso eran lo más parecido a uno de esos viajes del Imserso fronterizos con un viaje a Ecuador universitario y, sin me apuran, de la ESO. A las 15:15 horas llegaron una grupo de diputados de Convergencia en el Parlamento catalán, a los que les esperaban su correspondiente gabinete de comunicación, y simpatizantes, a los que sólo les faltaba la sombrillas de los guías turísticos para indicarles por dónde se accedía a la tribuna de invitados. Venían directamente de comer «en uno de los restaurantes de por aquí», me dijo uno de ellos, que no sabía si entrar, o salir, o todo lo contrario. La mayoría llevaba una insignia con la estelada o del Parlamento catalán. A elegir.

Una vez sentados y acomodados –ayer había que hacer equilibrios para entrar en la tribuna– empezaron a hacer fotografías. Miento, lo primero fue intentar adivinar, comprensible porque todos lo hemos hecho, en qué lugar del techo estaban exactamente los agujeros que dejaron las balas de aquel desventurado 23-F. Después y para el asombro de quien esto escribe, tiraron de móvil para hacerse fotografías con vista al hemiciclo y no una ni dos... se podían contar por decenas. Por aquello de que se me pueda acusar de recrear la realidad, ahí que iba yo a hacer una instantánea para certificar escena tan desconcertante cuando un ujier amablemente me dijo que no se podían hacer fotografías en el hemiciclo «porque está en contra del reglamento del Congreso». Vale. Pues sin saberlo, o sí, los delegados catalanes seguían con lo suyo. Y con calma, oigan, que lo mismo se ponía uno para posar, que después cogía el móvil para inmortalizar a dos compañeros, y después a un tercero... Y suma y sigue, que incluso no faltó un «selfie» aunque para ello hubiese que caerse en un escaño de la bancada socialista. Mientras, a los ujieres, con un comportamiento más propio de bedeles de instituto, y no por su propia voluntad, les faltaban manos para apercibirles verbal y gestualmente que ni una fotografía más. Dio igual, no daban abasto. Hasta el propio Rajoy y Soraya Sáenz de Santamaría miraban al tendido de este ruedo ibérico, con un puntito de asombro.

No fue la única reprimenda. Tras la intervención de Jordi Trull (CiU) irrupieron en aplausos con la primera regañina de Jesús Posada. Ahí sí que estuvieron obedientes, quizá porque alguno por ahí estaba tapándose la boca para que se le viese el cielo de la ídem a causa de un bostezo. «¡Rajoy, Rajoy!», murmuraban algunos como si fuera la primera vez que lo veían, que todo es posible, aunque bastante improbable. Después, el sopor.

La calle estaba ajena a este debate. Con matices, preciso. Entre los turistas, y los que estaban comiendo en los bares aventurando qué pasaría hoy en el Atlético-Barça, aparecía un grupúsculo –y soy amable– de falangistas y dos espontáneos que gritaron «Independencia». El recuento no podía ser más fácil: entre unos y otros no sumaban más que los que estaban en la terraza de «Los 100 montaditos» al lado de los leones del Congreso mirando la vida pasar, ésa que no pasó por la Cámara Baja.