El encargo de don Manuel, siempre presente

Un pensativo Manuel Fraga en el escaño del Congreso de los Diputados, en 1988, un año antes del Congreso de la refundación del PP y de su vuelta a Galicia
Un pensativo Manuel Fraga en el escaño del Congreso de los Diputados, en 1988, un año antes del Congreso de la refundación del PP y de su vuelta a Galicia

Pocas semanas antes de despedirse, en la última carta que me remitió, el Presidente Fraga me animaba a seguir trabajando para devolver a Galicia y a España el lugar de prosperidad y de bienestar que, en sus propias palabras, nunca se debía haber abandonado. Ese encargo tuvo lugar sólo dos días después de la victoria de Mariano Rajoy en las pasadas elecciones generales y demuestra que ni los históricos resultados logrados entonces por el partido que había fundado décadas atrás lograron desviarle del mayor objetivo de toda su vida política. El mismo don Manuel, al que ningún reto consiguió acobardarle, logró también que ningún éxito lo deslumbrase jamás.

Y no fue así porque tuvo la sabiduría política de encomendarse a algo muy fuerte, de hacer suyos el criterio mayoritario y la fuerza colectiva de su gente. No hay muchos precedentes de un dirigente democrático que haya logrado una adhesión tan alta de su pueblo. La explicación está en que su tarea como gobernante no sólo tiene una razón política, sino sobre todo una razón emocional.

Así, don Manuel no es sólo un erudito, un teórico del Estado, un profesor de los que hacen escuela. Él prefiere implicarse y poner sus conocimientos al servicio de los problemas de sus compatriotas. No es sólo uno de los padres de la Constitución, sino también el vivo reflejo de las ansias de reconciliación de la sociedad española. No es sólo el presidente que impulsó en Galicia grandes obras materiales y permitió alcanzar grandes cuotas de bienestar, sino sobre todo el artífice de la Galicia que recupera su autoestima y que cree en sí misma. No es sólo el senador que pone al servicio de la Cámara Alta su extraordinaria experiencia, sino un gallego más que defiende en España un autogobierno que no divide ni genera hostilidades infranqueables.

Por eso, además de la herencia que nos dejó en libros y en obras, yo propongo aprovechar en este primer aniversario de su fallecimiento para la herencia de su ejemplo. No es fácil encontrar a un político que supiera llegar, que supiera estar y que supiera irse, pero don Manuel lo hizo. Llegó a todas las responsabilidades que le tocó asumir con un entusiasmo inédito en alguien que dedicó tantos años de su vida al servicio público. Estuvo siempre con la mayoría española que se ve capaz de recuperar lo que ha perdido en sus momentos de crisis para volver a ser una sociedad de ganadores; y con la mayoría gallega que se siente parte de la patria común española. Y se fue con una enorme dignidad y con su capacidad de entrega intacta, como demostró en la última misiva que me dirigió.

Su trayectoria es la explicación de que tuviera el reconocimiento de su gente. Por suerte, don Manuel no necesita que la historia lo reivindique ahora a título póstumo porque ya lo reivindicó su país en vida. Contó siempre con el respeto de sus discípulos en el PP, tuvo el agradecimiento de los españoles por su papel fundamental en la Transición y todos los gallegos de bien correspondieron con su apoyo a un hombre al que, si llevaba el Estado en la cabeza, Galicia ocupaba todo su corazón. Por eso, él estuvo, está y estará siempre en nuestro recuerdo. Y por eso, recordarlo hoy es una satisfacción, un orgullo y una oportunidad para declarar que su último encargo de seguir trabajando por Galicia y por España estará siempre presente.