En busca del «botifler» perdido

Fisuras en el independentismo. La división entre soberanistas y constitucionalistas ha dejado paso a un cisma en el independentismo, el peor escenario de cara a la sentencia del «procés»

Los actos de la Diada, en la imagen manifestantes el año pasado, ha avivado la desunión del independentismo / Foto: Alberto R. Roldán
Los actos de la Diada, en la imagen manifestantes el año pasado, ha avivado la desunión del independentismo / Foto: Alberto R. Roldán

Fisuras en el independentismo. La división entre soberanistas y constitucionalistas ha dejado paso a un cisma en el independentismo, el peor escenario de cara a la sentencia del «procés»

11 de septiembre de 2012. Josep Antoni Duran Lleida acudió a la manifestación de la Diada. No estuvo mucho más de media hora. Le tiraron monedas, le insultaron y le silbaron. Su delito, criticar la deriva independentista de la Convergència en la que todavía mandaba Artur Mas. Fue el primer «botifler» nacionalista, señalado por la «revolución de las sonrisas». Antes, los socialistas y los populares eran señalados como «españoles». Los más mayores en el PSC todavía recuerdan cuando fueron agredidos –sí, agredidos– por los convergentes más irredentos cuando el Gobierno aprobó la LOAPA. Los fiscales Mena y Villarejo también fueron asediados, y de qué manera, cuando acusaron a Jordi Pujol i Soley en el caso Banca Catalana. Aquí, los socialistas tampoco se salvaron de ser llamados «botiflers».

El término «botifler» significa «traidor» y fue acuñado en 1714, en la Guerra de Sucesión, para referirse a los partidarios de los Borbones, en contraposición de los «maulets», partidarios de los Austrias. Desde la transición, los «botiflers» siempre fueron socialistas y populares. Luego Ciudadanos se incorporó a este insulto que en muchas ocasiones va acompañado de un despectivo «español».

Desde la caída de Duran, la lista no ha dejado de crecer, controlada por aquellos que se creen en posesión de la verdad y que se autocalifican de «patriotas». Después de Duran, su partido Unió Democràtica, sucumbió a las presiones. Luego los socialistas fueron ninguneados hasta la saciedad con el objetivo de romper el partido. El resultado: una dura travesía del desierto y una escisión. La CUP no se libró en aquellos días de 2015. Su oposición a investir a Mas les puso en la diana del «pressingCUP», en la que fueron vilipendiados e insultados por impedir una investidura que los «pata negra» consideraban que era lo natural. Su respuesta fue enviar a Artur Mas «a la papelera de la historia», y llevar a la Presidencia a Carles Puigdemont. Un año después fue el propio Puigdemont el que buscó a los «botiflers» en su gobierno y todo aquel «que tenía dudas» fue cesado, incluida su vicepresidenta, Neus Munté.

En el albur del referéndum ilegal de 2017, los «botiflers» proliferaron. Las sedes de los partidos constitucionalistas fueron atacadas y los alcaldes, en su inmensa mayoría socialistas, sufrieron escraches en sus propios domicilios. Los líderes de estos partidos eran increpados por la calle. Ellos y las personas que eran reconocidos en cualquier lugar. Su delito, oponerse al proceso soberanista. Tampoco los Comunes de Ada Colau se libraron. El último ataque lo sufrieron tras los acuerdos con los socialistas en Barcelona o en Sabadell, en las municipales de mayo. Aquí la alcaldesa fue calificada, además de «botiflera», de puta y zorra, epítetos que ponen negro sobre blanco la idiosincrasia de los supremacistas que no aceptan que se les lleve la contraria.

El tono va subiendo, e irá subiendo, de la mano de la Asamblea Nacional Catalana. Su presidenta, Elisenda Paluzié, ha dado pábulo a una corriente contra los partidos porque «no están haciendo todo lo posible para proclamar la República». La ANC y los CDR están protagonizando escraches y señalan a todo aquel que «no muestra ardor guerrero por la causa». El último «botifler» es Gabriel Rufián, el líder de los republicanos en el Congreso. Allí dónde va le esperan para afearle sus ideas y señalarlo como traidor. Rufián es sólo un icono, el enemigo a batir es Esquerra Republicana que hace un análisis pragmático de la realidad asumiendo que «la República no existe, imbécil», como le dijo un Mosso d’Esquadra a un manifestante en la protesta contra la celebración de un Consejo de Ministros en Barcelona.

La división entre catalanes independentistas y constitucionalistas ha dejado paso a una fuerte división en el independentismo. Anna Simó, imputada en el 1-O, y el exconseller Josep Huguet, ambos de ERC, han dicho que en este clima no acudirán a la Diada. Los más radicales invocan la unidad con un discurso rupturista. Proponen, y en esto cuentan con el apoyo de Puigdemont y Jordi Sánchez además de la CUP, una huelga general indefinida tras la sentencia del procés para provocar la ruptura con el Estado, invocando que hay que estar «preparados para la represión». Quién no se sume a esta propuesta, sin duda, será tildado de «botifler» y, con seguridad, de cobarde.

ERC apuesta por un reset. Reconocen el fracaso del «procés» y llaman a ampliar la base para alcanzar la independencia. Mientras tanto abogan por la gobernabilidad de España y por gobernar la autonomía. Por eso, son acusados de abandonar la vía independentista para «volver a la autonomía», toda una traición para los más hiperventilados, que no descartan forzar la situación y «poner muertos encima de la mesa», como se puede leer en chats independentistas.

Veremos lo que sucede este verano, y en el otoño caliente que se espera, pero lo único que está meridianamente claro es que seguirá la búsqueda del último «botifler». Se señalarán a todos aquellos que no comulguen con la fe propagada desde Waterloo. La cosa se está poniendo tan fea que el propio Puigdemont ha tenido que salir al paso para evitar que la corriente «contra los partidos», apadrinada por los CDR y la ANC, se desmadre, aunque por detrás sigue insuflando fuerza a su Crida per la República para que sea el partido hegemónico de los independentistas de «pura cepa». Los que no sucumban, serán «botiflers».