Carles Puigdemont: El president de las CUP

Independentista nato que pasó por las juventudes de Convergència. Su nombre nunca estuvo en la mente de Artur Mas para sucederle, llegó a la cima cuestionado por su partido, vigilado por Junqueras y cómo una «marioneta» de los antisistema. Fuentes de Palau reconocen que sólo su «cachorro» Turull despacha con él.

Independentista nato que pasó por las juventudes de Convergència. Su nombre nunca estuvo en la mente de Artur Mas para sucederle, llegó a la cima cuestionado por su partido, vigilado por Junqueras y cómo una «marioneta» de los antisistema. Fuentes de Palau reconocen que sólo su «cachorro» Turull despacha con él.

Un personaje de carácter complicado que no acabó sus estudios de periodismo ni filología catalana. Sin embargo, Carles Puigdemont Casamajó ejerció la primera profesión a los 16 años en el diario «Los Sitios» de Gerona enviando crónicas de fútbol. Llegaría después a redactor jefe en «El Punt» y la revista «Presencia». Nacido en el pueblo gerundense de Amer, estudió en el internado del Collell y sus compañeros de entonces le recuerdan como un chico desconfiado, bastante raro, obsesionado con la nigromancia y temas de magia. En las fiestas de fin de curso le gustaba disfrazarse de brujo, jugar a las adivinanzas y emular a guerrilleros de «comics». Nieto, hijo y hermano de pasteleros, «El Puigdi», como era conocido, siempre fue un independentista nato, militó en las Juventudes de Convergència y llegó a la alcaldía de su ciudad casi de carambola, cuando el candidato Carlos Mascort tiró la toalla. En el Ayuntamiento de Gerona hizo de las suyas como ahora detectan los jueces y la Fiscalía Anticorrupción.

Comparte con su mujer, la rumana Marcela Topor, esa pasión por la trascendencia espiritual. Se conocieron en el festival de teatro El Pati, donde ella participaba como actriz procedente de Londres. Era una mujer guapa, políglota, que había salido de su país natal en busca de oficio. 15 años menos que Carles, hablante de rumano, francés, inglés y alemán, lo suyo fue un flechazo. Se casaron en la Bahía de Rosas, en una primera ceremonia civil laica, y luego en Rumanía por el rito cristiano-ortodoxo. De hecho, sus dos hijas, Magali y María, acuden a un colegio de esta tradición cristiana en Gerona. Desde que fue elegido presidente dela Generalitat en enero de 2016, nunca quiso pernoctar en La Casa dels Canonges, residencia oficial de los mandatarios catalanes, y recorre a diario los más de cien kilómetros que separan el Palau de San Jaume de su casa de siempre, ubicada en la urbanización Alta Girona, que adquirió cuando era regidor la ciudad.

Según su círculo de amigos, muy escaso, son una pareja muy cerrada, «casi oscurantista». La Mars, como llaman a la esposa de Puigdemont, le enseñó rumano, y él la introdujo en catalán y castellano. De hecho, el hombre que hoy quiere romper con España tiene raíces andaluzas. Su abuelo materno, Carles Casamajó Ballart, exilió a Francia y se casó con Manuela Ruiz, nacida en Jaén, de abuelos almerienses emigrados a Cataluña. Una familia de «charnegos» puros que montaron un negocio de pastelería en Gerona. A su mujer la inculcó su fervor secesionista, algo de lo que ella siempre hizo gala en sus colaboraciones periodísticas, que logró tras ser su marido nombrado director de la Agencia Catalana de Noticias y el periódico «Cataluña Today».

Activista de la Crida en defensa de la lengua catalana, presidente de la Asociación de Municipios por la Independencia, su nombre nunca estuvo en la mente de Artur Mas para sucederle. Pero las presiones de tres personas, el convergente radical Josep Luis Corominas, la polémica Pilar Rahola, amiga suya de veranos en Cadaqués, y el radical cupero Benet Salellas, íntimo de Puigdemont procedente de una familia gerundense de tradición carlista, inclinaron la balanza. La CUP había logrado la cabeza de Mas y sus votos eran necesarios para la investidura del nuevo inquilino de la Generalitat. Así fue como este separatista de pedigrí llegó a la cima cuestionado por sectores de su propio partido, entre recelos de Artur Mas, vigilado con lupa por Oriol Junqueras, y como un títere de la CUP. De hecho, todos los sectores políticos coinciden en que Puigdemont es una auténtica «marioneta» de los antisistema. Ello se vio en la última remodelación del Govern, dónde sacrificó sin piedad a los consejeros exigidos por los cuperos, entre ellos la vicepresidenta Neus Munté, y el de Interior, Jordi Jané.

Fuentes del Palau reconocen que Puigdemont es ahora un presidente secuestrado por su «núcleo duro», muy alejado de la antigua cúpula de Convergència. Entre ellos figuran personas que ya trabajaron a su lado en la alcaldía de Gerona como el secretario general, Joan Vidal de Ciurana, su jefe de gabinete, Josep Rius, la secretaria personal Anna Gutiérrez, la jefa de coordinación Elsa Artadi, y el controlador de la maquinaria de comunicación y propaganda, el periodista Jaume Clotet. Varios consejeros del Govern admiten que prácticamente no despachan con el presidente, a excepción del portavoz, Jordi Turull, un «cachorro» convergente, secesionista a tope. «Los demás no vemos ni un papel», dicen en privado algunos miembros y funcionarios de la Generalitat.

En diciembre de 1983 Puigdemont sufrió un aparatoso accidente cuando su coche se empotró contra un camión en una carretera del Alto Ampurdán. Le causó heridas en un brazo y en la cara, por lo que decidió alargar su espeso flequillo. Dicen que aquello le radicalizó aún más y acrecentó su espíritu desafiante. Puigdemont es hoy el luchador exaltado de las historietas que tanto le gustaban de niño: «el guerrero del antifaz». O sea, un héroe de tebeo.