La construcción de la violencia desde la etapa infantil hasta la de adulto

Una psicóloga experta en tratamientos a personas violentas nos da las claves

Ese niño que veía Pocoyó y que ahora es un joven violento no se convierte en agresivo de la noche a la mañana. Son muchas las variantes que confluyen a la hora de terminar siendo una persona violenta.

Una persona violenta ¿nace o se crea? La violencia forma parte de nosotros, de nuestra sociedad. La vemos y percibimos en todos los ámbitos. Sin embargo no todo el mundo es violento, de hecho la mayoría de las personas no lo son. Hablamos con la experta en psicología Victoria Noguerol del centro Noguerol. Experta en tratamientos a personas que son víctimas de esa violencia, así como de abusos pero también que trata a los que ejercen esa violencia, sin duda los que más necesitan ser corregidos y/o tratados.

-Peleas callejeras, adolescentes que amenazan a sus novias, que se ponen gallitos con los padres, profesores...a veces parece mentira que un adolescente pueda mostrarse de una manera tan violenta. Ese ser que hasta hace nada veía Pocoyó es ahora un ser violento. ¿Cómo se construye la violencia? ¿Cómo se va instalando en el ser humano? ¿Es un proceso gradual?

-Ese niño que veía Pocoyó no se convierte de repente en un ser violento, el cambio no es radical sino progresivo. Existen diferentes variables intervinientes. Una variable a tener en cuenta es la estructura del cerebro. Las diferentes estructuras que lo componen experimentan notables cambios entre los 6 y los 24 años. Los adolescentes son más vulnerables a las influencias del ambiente al estar predispuestos a la búsqueda de novedad, placer y recompensa (al haber mayor activación del circuito mesolímbico); pero no disponer aún de suficientes recursos para identificar el riesgo y contener la impulsividad (pues su corteza prefrontal está en formación).

Otra de las variables a tener en cuenta es la estructura familiar. Un Ejemplo de ello son los niños de familias donde los padres están muchas horas fuera de casa por trabajo y el niño, “niño llave”, pasa varias horas solo, sin ninguna figura de apoyo y referencia. Otro perfil cada vez más estudiado son las familias monoparentales donde el adolescente pasa un gran número de horas en la calle, expuesto a múltiples situaciones de riesgo, mientras su progenitor trabaja durante amplias jornadas debido a la necesidad económica. Este perfil puede desencadenar en la pertenencia a grupos violentos, o en la agresión, debido a la rabia acumulada, que es volcada en su progenitor, usualmente la madre. Según estudios, desde el año 2007, más de 17.000 menores de 14 años han sido procesados en España por agredir gravemente a sus padres, ya sea física o psicológicamente.

En otras estructuras familiares, también hay riesgo de violencia al existir sobreprotección y ausencia de límites.

Por último, encontramos la variable del modelado. El ciclo de la violencia nos explica como las conductas violentas ejercidas por los padres sobre los hijos pueden ser repetidas por estos.

-¿Considera que la violencia es estructural? ¿O se puede dar en cualquier ámbito socio económico?

Mientras la violencia física se distribuye en mayor medida en clases socioeconómicas bajas, sobre la violencia emocional y violencia sexual no aparecen datos significativos en cuento a la clase económica o social. En concreto, la agresión sexual se distribuye en todas las edades, clases sociales y culturales (Noguerol, 2005).

-Nacemos con un gen (los mamíferos) que es agresivo. Un gen que (según Steven Pinker) por un lado procura rendimientos o recursos en general (alimentarios, territoriales, económicos o sexuales) y, por el otro se muestra, la agresividad, como algo placentero. ¿Cómo podemos tratar esa agresividad desde la infancia para que el día de mañana no se convierta en algo desbocado?

Para responder a esta pregunta es muy importante aclarar la diferencia entre agresión y violencia. Se habla de agresión como respuesta de defensa y afrontamiento a un peligro potencial, y de violencia como respuesta destructiva propia del ser humano (Echeburúa, 2000). La agresividad desempeña un papel defensivo en el ser humano porque le permite hacer frente a sus enemigos, a sus dificultades. Es un tipo de respuesta presente en todos los animales además de en el ser humano.

Nuestros casi 30 años de experiencia clínica, aportan estudios longitudinales que permiten confirmar cómo las conductas violencias son conductas aprendidas, y priorizar así los programas de prevención y coordinación familiar, social y educativa para intervenir de forma integral en el ciclo de la violencia.

La mejor forma de intervenir, por tanto, es desde la prevención, trabajando en la formación de todos los profesionales para poder detectar los indicadores que ayuden en la denuncia e intervención; trabajando con las familias para ayudar en la detección e intervención; fortalecer la sensibilización social con serias campañas nacionales en los medios donde quede claro que la violencia es un delito y, que la tolerancia ante la misma es cero; y crear programas de atención e intervención eficaces.

-¿De padres violentos, hijos violentos? Refiriéndonos al padre varón.

El comportamiento agresivo es multicausal, pero dado que el papel de la familia en el desarrollo psicológico de la persona es indiscutible, el funcionamiento familiar, es uno de los mayores predictores de la aparición de las conductas agresivas. Se manejan diferentes variables explicativas, observadas nuestra experiencia clínica con niños y adolescentes agresores, para el ciclo de la violencia víctima-agresor, que sería el proceso por el que los sujetos víctimas se convierten en agresores: impulso a salir de la victimización vivida identificándose con el agresor pensamientos distorsionados, que evitan el desarrollo de la empatía y favorecen las justificaciones, patrón de aprendizaje de repetidas agresiones, enganche emocional con el agresor...

Sin embargo, no todos los jóvenes que presenciaron o sufrieron violencia en su infancia se convierten en agresores, la correlación no es simple ni directa. Por ello es importante estudiar los factores que protegen a los menores de convertirse en agresores. El factor más importante que se ha encontrado es el apoyo o vínculo emocional.

-Hablemos ahora de la madre. ¿Qué sucede si es la madre la violenta?

-Respecto a los problemas de conducta, se ha observado que el apego inseguro (en el que el cuidador no atiende de forma consistente las necesidades del niño), especialmente con la madre, puede llevar al desarrollo de problemas internos, y está asociado a la violencia y conductas antisociales posteriores. Se ha observado cómo para el varón resulta más difícil y traumático tanto a corto como a largo plazo soportar la agresión física, emocional y/o sexual de la madre. Por ejemplo, en el caso del abuso sexual, de acuerdo con Finkelhor, los abusos cometidos por mujeres suponen para un varón una mayor barrera de cara a la denuncia, por la estigmatización que en nuestra sociedad conlleva haber sido agredido por un perfil de mujer (dependiente, frágil...). De hecho, en el trabajo en el Centro Noguerol, un módulo complicado en la intervención es la reparación del vínculo madre-hijo y madre-hija, donde resulta imprescindible trabajar las emociones negativas hacia la madre.

-Abusos sexuales y violencia. En el ejercicio de su profesión habrá visto de todo. ¿Qué específica relación guardan estas dos situaciones?

-Respecto a la relación entre abusos sexuales y violencia, la violencia física no es una característica definitoria de la agresión sexual, no correlaciona de forma significativa con el abuso. En nuestra larga experiencia, han sido pocas las veces en la que esa relación se ha dado. El núcleo central de la violencia, en muchos casos, es el establecimiento de miedo o la indefensión, como forma de control y dominio, de una persona sobre otra. La conducta del agresor sexual suele ser muy perversa, precisamente porque engancha a la víctima a través de premios, atenciones especiales, sobornos, amenazas, etc. Por tanto, no es necesaria la violencia física dentro de los abusos sexuales para generar en la víctima graves consecuencias tanto a corto como a largo plazo.

La elevada prevalencia del abuso sexual infantil expuesta por el Consejo de Europa (2014) deja clara la importancia de continuar el trabajo de la formación en sintomatología para detectar los abusos desde todos los ámbitos y así poder intervenir de manera eficaz en esos casos.