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Y dale con el #metoo

La periodista denuncia, una vez más, que bajo este movimiento, se esconde la aniquilación de la presunción de inocencia, clave en cualquier estado de derecho

No estoy diciendo nada nuevo si empiezo hoy esta columna admitiendo que no me gusta, no me ha gustado nunca, el movimiento metoo.

- ¿Y a qué viene esto ahora, Rebeca?- dice una señora al fondo, cruzando los brazos casi irritada.

Pues viene, señora, a que he estado esta semana siguiendo, como quien sigue “Juego de Tronos”, un espectáculo bochornoso que no es más que un coletazo de ese metoo con el que empezaba.

Os pongo al tanto, si es que no lo estáis ya: una joven dice ser violada por un conocido escritor. Un mes después de los supuestos hechos decide denunciarlo. Pero no en un juzgado, no. Prefiere lanzar la acusación en una red social. Automáticamente, un montón de “yo te creo, hermana” legitiman esta delación y, en sumarísimo y público juicio, el reo es declarado culpable. Sin más prueba que la palabra lanzada al aire.

Esto, que ya no nos sorprende porque desgraciadamente lo hemos visto más veces desde que empezó la moda del metoo, a mí me indigna sobremanera. Asisto estupefacta al exterminio de la presunción de inocencia de un plumazo; de la exigencia, porque ellas lo valen, de que alguien tenga que demostrar su inocencia en lugar de que quien acusa tenga que demostrar la culpabilidad. Por si esto fuera poco, que no lo es, convierten en anatema el simple hecho de cuestionar lo más mínimo, no ya la palabra de la mujer que acusa, sino el hecho de que no lo haga en un juzgado. Los hechos son lo suficientemente graves como para que esa hubiese sido la primera opción. Vamos, digo yo.

He escuchado a mujeres a las que considero inteligentes, a lo largo de esta semana, sentenciar sin inmutarse que no creer a esta mujer, que dudar de su palabra, es poco menos que estar a favor de que las mujeres seamos violadas por hombres impunemente. Como si abusar de mujeres fuese casi deporte nacional o un pasatiempo, como leer novelas de terror o jugar al bingo. Como si no se pudiera estar en contra de que se lancen acusaciones a la ligera y sin consecuencias y, al mismo tiempo, considerar que ninguna mujer debería sufrir violencia sexual. Como no veo la incompatibilidad entre ambas ideas, tal afirmación me parece de un estúpido que asusta y, quien la formula, tonto de solemnidad.

Creo de verdad que se ha perdido el rumbo. Que lo que empezó como algo que podía tener cierto sentido (dar visibilidad a un problema que existe y que se silenciaba) ha degenerado en un instrumento capaz de arruinar vidas. Recuerdo, por poner un ejemplo, el caso del músico mexicano que se quitó la vida tras ser acusado de acosar a una menor diez años atrás. Pese a que negaba las acusaciones, no vio otra salida que el suicidio, pues daba por perdida su carrera tras esos hechos. Las reacciones fueron muy sintomáticas de la enajenación y fanatismo de ciertas personas: algunas lo interpretaban como una admisión de culpabilidad, otras celebraban la muerte aunque fuera inocente porque siempre serían más las mujeres violadas o abusadas a lo largo de la historia. Si esto no es revanchismo yo es que ya no sé.

Creo también que se está generando una sensación exagerada de peligro que no se corresponde con la realidad. Y, al mismo tiempo, se trivializa de tal manera la idea de “abusos sexuales” que en cualquier momento una cita que no salga bien, una experiencia sexual insatisfactoria, va a ser susceptible de ser calificada como abuso. Lo malo de esa superficialidad es que se banaliza la violación. Convertir todo en abuso no iguala por arriba, lo hace por abajo: transformáis en susceptible de delito lo que no es más que mal sexo y rebajáis la gravedad de una violación. Es lo que se consigue cuando la insustancialidad de los argumentos hace que los límites entre violación con violencia, coacción en la relación sexual, sexo torpe y lamentable o tocar culo sin permiso se vuelvan difusos en la mente de las más extremistas. Y acabaremos a este paso gritando “¡violador!” a un pobre torpe social que malinterpretó nuestras señales y nos intentó robar un beso junto a la barra de un bar (ser inoportuno no es delito y no debería serlo) o acusando de lo mismo en twitter a un tipo con el que nos acostamos porque quisimos pero luego, al volver a casa, no nos pareció nuestra mejor idea (nuestro arrepentimiento no convierte en delincuente al otro). Es mucho mejor, hacedme caso, no volver a cogerle el teléfono, o contarle con cierto tacto que se trató de un error. Mucho mejor, dónde va a parar, que colgarle gratuitamente el sambenito de abusador de mujeres y degenerado. Y son solo unos ejemplos ficticios, no se me alboroten. Que yo diga esto no significa que esté afirmando que todas las acusaciones son falsas ni que las violaciones no existan. Que nos conocemos y os ponéis como cabras, majas. He dicho lo que he dicho y nada más. Ni nada menos.

No conozco en persona al escritor del que os hablaba al principio. Estoy segura, de hecho, de que si nos conociéramos en algún momento no le caería muy bien. Así que me siento libre de toda sospecha de amiguismo para decir que le deseo que todo se aclare, que si es inocente lo demuestre lo antes posible y esta situación injusta le haga el menos daño posible. Que no se convierta su vida en un tobogán directo a un pozo.

Qué ganas de que pase esta moda, de verdad, y de nos llegue ya otra. Una nueva. O una que ya hayamos tenido, da igual. No sé, enviar power points de gatitos. Por ejemplo.