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Omar Montes: “Me pegaban sin piedad, me peleaba más que un colaborador de ‘Sálvame’”

Omar Montes relata en «Mi vida mártir» el trayecto que le llevó de soportar el «bullying» y su infancia en el barrio de Pan Bendito a ser un músico con millones de reproducciones y más de un millón de seguidores en Instagram

Omar Montes, músico y cantante. Para las entrevistas de verano con mascarilla
Omar Montes, músico y cantante. Para las entrevistas de verano con mascarilla FOTO: Luis Díaz La Razón

Me pegaban sin piedad. Me peleaba más que un colaborador de Sálvame. Yo iba al colegio Santa Rita y pasaba los veranos en mi pueblo, en Gredos, y eso parecía La lista de Schindler. Me daban palos día sí, día también. Ahora lo llaman bullying, acoso, morisión, lo podría nombrar de diferentes formas, incluso miedo.

Dicen que la mili era dura, pero ojo con lo que tuve que pasar. De todos modos yo me hubiese escaqueado porque tengo los pies planos, como uno de mis referentes, Frodo, el del Señor de los Anillos. La gente no lo sabe, pero a mí me encantan las películas de Peter Jackson. Me las pongo para dormir, me da el sueño rápido, como con la vuelta ciclista.

Volviendo a la morisión; lo cierto es que llevaba todas las papeletas casi desde que nací: moro, gordo y orejón. La verdad es que tenía unas orejas que parecían cachopos. Si me concentraba, desde mi casa escuchaba los goles del Atleti en el Calderón. Y eso que estaba a más de quince kilómetros. Tener tan buen oído creo que luego me sirvió para la música. Pero no eran solo las orejas, como decía, tenía el pack completo. Iba a full de mango, directo al pozo del bullying. Llegué a sentir pánico cada vez que salía a la calle y no sabía si iba a acabar tirado en el suelo, lleno de golpes o metido dentro de un cubo de basura. Que encima tenían el buen gusto de meterme en el de orgánicos. Mi sueño era que me tirasen al cubo de papel y cartón, pero nunca hubo suerte.

Llegó un punto que ya no me asustaba que me pegaran, que también, no me voy a hacer el chulo ahora, porque lo cierto es que tenía el cuerpo destrozado y no podía más. Pero comencé a temer más aún los insultos, —ya se reían de mí hasta las chicas y me tomaban el pelo—. Fue tan bestia que aquello acabó por costarme una depresión y casi la vida. Estaba más triste que el dueño de un videoclub, porque durante mucho tiempo estuve en un túnel negro del que no veía salida.

Podría empezar a contar mi vida de éxito, de discos de platino y de cadenas de oro, pero ese no es Omar Montes. Empecemos por el principio. Nací en Pan Bendito. Un nombre de barrio precioso, a no ser que seas celiaco. Mi madre dice que la cosa fue ligera, que vine pronto al mundo en el hospital de Santa Cristina. Cuenta que fue llegar y besar el santo. No di guerra, vine del tirón. Salí deslizando como un delfín precioso y suave. Fue un 22 de junio cuando comenzó todo. Sí, nací un verano de 1988 en unos de los barrios más conflictivos de Madrid, pero a esas alturas no tenía la menor idea de lo que me esperaba.

Mis padres se habían conocido mucho antes, a pesar de que mi madre, Ángeles, cuando me tuvo tenía veintidós años, conoció a mi padre, Auckasa Ismael cuando tenía diecisiete. Te voy a dejar aquí un rato de pausa para que vuelvas a leer el nombre de mi padre, que sé que es difícil. Menos mal que yo podía decirle papá, si me tengo que aprender el nombre completo me da algo… Fue en pleno centro de Madrid, en la Plaza Mayor. Mi madre estaba estudiando para ser azafata y, de hecho, hacía prácticas en el teatro en ese momento en una obra de Bernarda Alba. Ella siempre me dice que fue una historia por amor, porque lo demás fue un desastre. Y una aventura constante. Mis padres tenían una relación menos estable que el precio del bitcóin. Todo esto me quedó claro pronto, porque también me acabó arrastrando a mí. Mi padre vivía en España porque en su país, Irak, las cosas no iban bien. No estaba claro a qué se dedicaba, pero viajaba mucho y por lo visto vendía cosas, papiros y demás. No sé, vendía de todo, mi padre era lo más parecido a lo que hoy en día se conoce como Wallapop. Sí, me dijeron que, aunque mi madre solo tenía diecisiete años, se casó al poco y mis abuelos decidieron no oponerse, porque la amenaza estaba sobre la mesa: se casaba o se casaba. Como para decirle que no a mi madre… No había otra opción, así que al parecer mi abuelo debió pensar que mejor tenerla cerca que arriesgarse a perderla para siempre.

Se casaron primero por el juzgado y luego por la Iglesia. El cura amigo de la familia de toda la vida se negó, les dijo que no les casaba. Este cura también le hubiese venido bien a Rociito. A la única que no le importó nada durante unos cuantos años fue a mi madre. Los primeros de matrimonio estuvieron viviendo fuera de Madrid, en Torremolinos y después en La Línea. Y ahí es donde se quedó embarazada. De mí. Mi madre no ha tenido más hijos. Por poco no tengo acento de Cádiz… Si hubiese nacido allí, en vez de llamar a mi tema Alocao lo hubiera llamado «¿qué paza, cohone?».

No fui un niño buscado. Simplemente vine. Ella cuenta que no tenía estabilidad con mi padre, pero que después del impacto de la noticia y la incertidumbre sobre qué pasaría, se puso muy contenta y que durante el embarazo se pasaba los meses tocándose la barriga. Fui bueno hasta para eso, porque reconoce que no le di ningún problema. Vendrían después.

El parto le pilló bailando. Mi madre era muy fan de la cumbia y el ballenato, y justo estaba moviendo las caderas. Ya sé de dónde me vienen las cosas. Por eso siento una conexión especial cuando escucho a Romeo Santos. Siempre dice que tenía una barriga pequeñita y que ese día estaba en casa de mis abuelos, con mi tío, su hermano, pusieron música y de pronto empezó todo. Y ya he contado que no la hice sufrir. A la llegada al hospital, a pesar de que era primeriza, las cosas salieron muy bien. Y así llegué al mundo por la tarde noche, sin ninguna necesidad de madrugar, porque a mi madrugar me sienta peor que a un vegano comer chistorra. Exactamente lo mismo que me pasa ahora. No sabían si era niño o niña y creo que hasta había unos pendientes comprados por ahí, por mi padre, que tenía muchas ganas de que hubiera venido una niña al mundo. Pero no. Aquí estaba Omar. Aunque si hubiese nacido chica estoy seguro de que hubiese sido lo más parecido a Nathy Peluso. Me encanta.

Mi primer hogar: una chabola

[...] Era muy pequeño, pero recuerdo que mi abuelo me ponía en un barreño azul y, mientras las niñas y los niños jugaban, yo me bañaba. Como estaba gordito, me movía dentro como un suave y adorable hipopótamo bebé. Él me traía piruletas muy grandes, redondas y largas, y ahí me las tomaba mientras los demás saltaban a mi alrededor. Cuando me comía esos caramelos gigantes me daba un pico de insulina que me volvía hiperactivo. No tardaba después en salir a correr y a pegarle al balón con la picha al aire, aquello era una jungla y cada uno hacía lo que quería. Había días que para compensar la hiperactividad del azúcar me daban un poquito de vino, que en aquel entonces no estaba mal visto, y con eso dormía más a gusto y decían que me ponía más gracioso. Éramos felices sin ser conscientes de nada. Bendita infancia.

Hubo una época, muy breve, en la que nos fuimos todos a vivir juntos. Con mi padre, vaya. Siempre he escuchado llamar a ese sitio como la casa del terror. Se hubiese podido grabar allí la película de Annabelle. Estaba en Lavapiés y era un bajo muy pequeño, en el que la ventana no era ventana y se inventaron poner un plástico para que lo pareciera. Hacía mucho frío. Era todo pladur. Ahí fue donde intentamos formar una familia al uso, pero sin duda fue un intento fallido. No tardamos mucho en volver con los abuelos, que era lugar seguro, y quisieron dar normalidad para que me pudiera criar sin estar de aquí para allá.

Tendría tres o cuatro años cuando destruyeron aquellas chabolas. Nos expropiaron, nos tuvimos que ir de allí y el Estado nos proporcionó dos pisos: uno para mi madre y para mí, que es donde sigo viviendo, y otro para mis abuelos. Maternos. A los de mi padre nunca les llegué a conocer. Estaban en Irak y eso en la balanza de vivir en Pan Bendito suponía algo así como tener abuelos en otro planeta. Tanto como que nunca les he puesto cara más allá de alguna foto antigua que había por casa. No hay más recuerdos que me vengan a la memoria, a pesar de que mi madre e incluso mi abuela sí que les conocieron antes de que yo naciera. Mis abuelos también siguen viviendo en la casa de siempre, a la que nos mudamos después de estar en las chabolas que contaba antes. Entre Carabanchel y Pan Bendito se me ha ido la vida ya no es lo que era, pero Pan Bendito hay que conocerlo. Aquí vale todo. Tiene sus normas y, por tu bien, conócelas—. Es un segundo piso sin ascensor. Subir la compra del Mercadona a un segundo sin ascensor es lo más parecido que hay a una clase Crossfit. Se te ponen las piernas que pareces la Roca.