¿Por qué a Juan XXIII le apodaban “Johnnie Walker”?

EL «PAPA JUAN» popularizó la conocida marca de whisky escocés por sus frecuentes paseos por las calles de roma

Siendo patriarca de Venecia, en marzo de 1953, y vistiendo las ropas escarlatas de su jerarquía con una esclavina de armiño sobre los hombros para abrigarse, el futuro pontífice Angelo Roncalli era la persona más alegre de todas. Sonriente, impartía su bendición a derecha e izquierda con tanta energía que su sombrero redondo y de alas anchas se mecía en su cabeza peligrosamente. De no habérselo sujetado varias veces se le habría caído al canal infestado de góndolas. Pese a sus setenta y siete años, el Papa Juan XXIII era un hombre extraordinariamente vigoroso.

Provocaba a menudo el asombro entre quienes se acercaban a él para saludarle, el hecho de no advertir el menor signo de fragilidad propio de su avanzada edad; al contrario, daba la impresión de gran fortaleza de cuerpo y de espíritu, de entusiasmo juvenil y de irresistible júbilo. Ante el brío y empuje manifestados por el Papa Roncalli, los aficionados a la historia legendaria de la Iglesia recordaban a otro Pontífice interino, Sixto V, quien entró en el Cónclave de 1585 tambaleándose, apoyado en un bastón y casi sin poder hablar. Al anunciarse su elección, el anciano arrojó su báculo, recobró de inmediato el ímpetu juvenil y fue una de las grandes figuras de la reforma católica. Roncalli iba también a por todas. El diario británico «The Times» atisbó enseguida sus aires renovadores: «[El Papa] no entraba de puntillas en su reino, sino con la seguridad del propietario que abre de par en par las ventanas y cambia de sitio los muebles».

Y así fue. Todo el mundo le quería. Recién elegido, el pueblo romano ya no le dio otro apelativo que el de «Papa Giovanni», «Papa Juan». Advirtamos que antes estaba prohibido llamar al Pontífice con un nombre distinto del que había sido elegido, por ejemplo, decir «Papa Pío» para significar al Papa Pío XII. Por eso, los romanos decían siempre «Pio dodicesimo» o bien «il Santo Padre». Pero en el caso de Juan XXIII, todos: la curia, los párrocos, los tradicionalistas, permitieron sin problemas el uso de «Papa Giovanni». Igual que hoy se le denomina «Papa Francisco», sin numeral que valga, al antiguo cardenal Jorge Bergoglio. Algunos recuerdan todavía la penosa ceremonia de la imposición de las vestiduras papales. Los sastres de la corte habían colocado junto a la Capilla Sixtina cinco modelos de diversos tamaños, pero ninguno de ellos satisfizo las necesidades del orondo Pontífice.

Juan XXIII subió por primera vez a la Silla Gestatoria para desde allí mostrarse a los fieles como Vicario de Cristo. A la vista del inmenso gentío susurró el Papa a su secretario, que le había acompañado hasta la galería media exterior de la Basílica vaticana: «¿Quién sabe si me querrán todos los de ahí abajo, a pesar de que ellos no me han elegido…?».

Se equivocaba. Todos le ensalzarían. Su elección dio paso enseguida al más encendido jolgorio entre los presentes.

Obediencia y paz

Durante la celebración de este cónclave, hasta los locutores de la radio vaticana que asistieron se habían mostrado bastante confusos ante la salida del humo por la chimenea de la Capilla Sixtina: unas veces había sido bastante blanco, luego muy blanco, para después volver a tomar, por fin, un color negruzco u oscuro. Resultaba bastante divertido que durante aquellos días, en los diferentes bares, cantinas y restaurantes que ha diseminados por los barrios de la Ciudad Eterna, lo mismo que en el café de la Iglesia de San Pedro, no se pidiese más que una marca concreta de whisky: Black & White. El «Papa Juan» popularizó, sin haberlo pretendido, también otra marca de whisky escocés entre los romanos, que no eran de por sí tan amantes de esta bebida alcohólica. Sus frecuentes salidas y paseos por las calles de Ciudad Eterna le reportaron muy pronto, a causa de su nombre (en inglés es «Pope John») el apelativo de Johnnie Walker, precisamente el nombre de un célebre destilado. El ingenio del pueblo estaba por encima de los respetos humanos, incluso a la hora de aludir al mismísimo sucesor de Pedro.

Cuando concedió una audiencia privada al yerno de Nikita Jruschov, algunos le criticaron por declinar «demasiado hacia la izquierda». Pero él no se arredró ante los reproches: «El Papa es siempre optimista», alegó. Y era la pura verdad.

Sus encíclicas «Mater et Magistra» (Madre y Maestra, de 1961) y «Pacem in Terris» (Paz en la Tierra, de 1963), esta última publicada tras la llamada Crisis de los misiles en octubre de 1962, rezuman la inspiración del lema de su escudo episcopal: Obediencia y paz. Roncalli, conocido también en su día como el Papa bueno, encarnó quizá como ningún otro pontífice el irresistible optimismo.