La conversación a nivel cero por Francisco Nieva

La Razón
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No deja de ser una gran verdad que el talento es lo mejor repartido del mundo, porque nadie se queja del suyo. Sin embargo, nos manifestamos reclamando más talento en los políticos. Estos parecen los menos dotados y los más desvalidos del mundo. El caso es que, en estos momentos tan difíciles, hay cantidad de personas con la suficiente educación, pero incapaces de ponerse de acuerdo en nada. Me asombra la seguridad en sí mismos que demuestran muchos individuos: «Esto es así y así, porque lo digo yo». «Pero, ¿no piensa usted que pudiera equivocarse en algo?». «¿Equivocarme yo? No le permito creer que me haya caído de un guindo. El equivocado es usted».

Tómese esto como una hipérbole, pero es algo que ahora se produce a diferentes niveles entre personas muy del común y otras de más alta consideración, con los matices, zafios o sutiles que hacen posible que finalmente «no se llegue a las manos». En suma, que todos se quedan convencidos de que el otro es un enemigo en potencia. Este es un síntoma fehaciente de malestar social.

Y en esto, yo voy siempre con los pies de plomo. En los ambientes más cultivados se puede entablar conversación con un individuo que parece muy respetablemente normal y, de repente, podemos encontrarnos con un radical tremebundo. Educado y civil, pero tremebundo. Yo reacciono resignadamente. Tengo que vivir o convivir con estos alfiles del radicalismo para no sentirme en un perpetuo clima de hostilidad. Hay que comprender al «incomprensivo». Estamos en una democracia y creemos en la libertad de expresión, de modo que el intolerante tiene pleno derecho a proclamar que somos unos rojos o unos fachas redomados, que merecen pudrirse en un campo de concentración. Tengo que aguantarlo, tengo que asumirlo, no siempre puedo estar en amable conversación con algunos de los grandes cerebros de la Institución. Pero necesito «alternar» con personas de lo más corriente, resolver mis asuntos y sobrevivir en la crisis. Y como ya digo, aguantar este chaparrón de afirmaciones y contradicciones variopintas y hostiles en la ciudadanía más callejera: «Yo me detengo en lo que pienso y no digo más». «Lo mismo digo yo». Así, hasta que todo se resuelva o se vaya definitivamente al diablo.

 

Francisco Nieva
de la Real Academia Española