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Hartazgo

Tiempo de lectura 4 min.

05 de diciembre de 2010. 01:55h

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5/12/2010

Este Toledo, actor sin películas ni escenarios, estalinista tostón y gamberro, está consiguiendo lo que, pocas semanas atrás, parecía imposible. Que empecemos a sentirnos hartos del Sáhara y los saharauis. Este hartazgo no significa que nuestras simpatías vuelen hacia Marruecos, el Sultán y su régimen tirano. Nada de eso. Lo conseguido por Toledo es que sintamos –y escribo en plural porque son muchos los que me han hecho llegar sus impresiones– que lo más conveniente para nuestra salud es dejar de mirar hacia el desierto.

No tiene sentido alinearse en el mismo equipo que este Guillermo Toledo que se ríe de los cubanos que mueren voluntariamente por la libertad de sus compatriotas haciendo huelgas de hambre de verdad, sin fotógrafos amigos, sin tratamientos médicos, sin visitas de amiguetes y sin vainas de aminatus, que pasó, como la inefable Hebe de Bonafini, la gorda porteña, de víctima a conferenciante de lujo.

Ignoro las razones que han llevado a los productores de cine y empresarios teatrales a olvidarse del actor Toledo. Lo que está claro es que lleva meses sin tener la oportunidad de demostrar, una vez más, sus muy limitadas cualidades para la interpretación. Pero si la figura más representativa de las reivindicaciones saharauis es Toledo, que se reivindiquen ellos y a su manera. Mi mirada hacia el sur termina en Ceuta y Melilla. Toledo me ha borrado los horizontes.

El Sáhara y los saharauis no se reúnen clamorosamente en torno del Frente Polisario, de igual modo que no todos los súbditos de Mohamed adoran a ese rey inventado que parece que desayuna yogures de cortisona. El Frente Polisario no se va de rositas de la memoria del pasado. Las balas que dejaron sin vida en el desierto a los últimos soldados de España en el Sáhara no vinieron de armas marroquíes, sino del Polisario, muy generosamente entregadas por lo que todavía era la Unión Soviética y el eterno enemigo de Marruecos, la por entonces Argelia socialista. La ONU lleva treinta años sin entender nada, y ahora el actor Toledo pretende explicarnos el problema. Que se lo explique a otros. Estando Toledo ahí, que nadie cuente conmigo. Porque este malencarado con pretensiones de actor representa lo contrario que yo defiendo y defenderé durante toda mi vida. La libertad. Ese concepto de tres sílabas tan mal utilizado por quienes lo odian. Toledo es el comunismo derrumbado, el ecologismo «sandía» y las cárceles de Cuba. Y la libertad pasa por la desaparición de los últimos ripios del muro comunista, por el ridículo de todos los movimientos sociales disfrazados desde su derrumbamiento y por el final de la tiranía asesina de los Castro. Después de ser detenido por hacer el gorila en el Congreso de los Diputados, Toledo decía que no había hecho otra cosa que manifestar su libertad de expresión. Si en lugar de Bono, el presidente del Congreso hubiera sido Toledo, con el apoyo mayoritario de diputados afines a la ideología de Toledo –es decir, no elegidos por la soberanía popular sino impuestos por el partido gobernante–, de Bono nada sabríamos a estas alturas. Toledo odia lo que el noventa y cinco por ciento de los ciudadanos europeos se han ganado a pulso. La libertad y los derechos humanos. Parece marroquí. De ahí mi cansancio de seguir mirando más allá de Ceuta y Melilla, a las que dedico, como español, toda mi fuerza enamorada.

No puede haber un movimiento serio, ni una reivindicación justa si el dirigente de todo ello es Toledo. A ver si se enteran los saharauis.

 

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