La ciudad sagrada de los incas

Cien años después de su descubrimiento y tras permanecer invisible durante casi cuatro siglos, la mítica y enigmática ciudadela de Machu Picchu aguarda oculta entre picos nevados y selvas tropicales 

Oculta entre las nubes, la ciudadela inca de Machu Picchu parece flotar sobre el serpenteante río Urubamba. Sus aguas turbulentas fluyen 450 metros por debajo de la «montaña vieja» –traducción de la antigua lengua quechua del lugar–, abriéndose paso entre la espesura de la selva amazónica, mientras dibujan un angosto cañón de paredes de vértigo. Rodeada por los escarpados picos nevados de la cordillera de Vilcabamba –último reducto de la resistencia inca a la conquista española en el siglo XVI– no es de extrañar que el misterio que envuelve a este santuario quedase intacto hasta hace apenas cien años, incluso para los conquistadores. No fue hasta la llegada del explorador estadounidense Hiram Bingham, en la mañana del 24 de julio de 1911, cuando, tras siglos de abandono a merced de la jungla peruana, el hombre volvía a poner el pie en Machu Picchu, por lo menos oficialmente. Hoy en día, todo parece indicar que fue Agustín Lizárraga, un hacendado cusqueño de la zona, el primero en redescubrir el monumento nueve años antes que Bingham.

Entre las nubes
Aún hoy, en pleno siglo XXI, llegar hasta Machu Picchu resulta una ardua tarea que sólo deja dos opciones al viajero: caminar o el ferrocarril. La primera –el llamado Camino del Inca– supone una dura caminata de unos cuatro días por el primero agreste y luego exuberante paisaje andino, sólo apta para los más aventureros. La segunda consiste en tomar el tren desde Cuzco, la antigua capital del imperio inca, y que tarda unas cuatro horas en cubrir los 112 kilómetros del recorrido. La extraordinaria visión que aguarda al final del trayecto, con la abrumadora belleza del valle sagrado como telón de fondo, compensará con creces el interminable viaje desde «Cusco», como la llaman los locales.

Aguascalientes, una turística e insípida población, nos recibe al final de la línea férrea como último eslabón para llegar a la que en 2007 fue premiada, con razón, como una de las nuevas Siete Maravillas del Mundo. Desde allí, quince minutos en autobús por una tortuosa carretera o dos horas caminando desde el fondo del valle, nos llevan hasta uno de esos momentos que permanece en la retina para siempre. A 2.438 metros de altura, la ciudad sagrada de los incas se revela súbitamente en todo su esplendor. Enclavada en un promontorio rocoso sobre el que el bosque nuboso avanza imparable –cuando fue redescubierta la vegetación y la maleza la cubrían casi por completo– Machu Picchu es un lugar mágico, rodeado de misterio y de leyendas, en el que el tiempo parece haberse detenido, de no ser por las hordas de turistas que inundan el lugar.

Por eso, es más que aconsejable permanecer allí hasta la tarde, momento en el que la paz y la tranquilidad conquistan la ciudadela y se descubre el verdadero y grandioso Machu Picchu. Ese que deja sin palabras a quien lo contempla y cautiva sin remedio con su encanto y su misticismo. Lo mejor es perderse sin rumbo fijo por las calles y edificios que antaño conformaban la que probablemente fue una de las residencias de descanso de Pachacútec, el primer emperador inca. Su abrumadora belleza provocará en el viajero un irrefrenable deseo de fotografiarlo todo una y mil veces.

Sentarse tranquilamente en una de las terrazas de cultivo que pueblan el sitio y contemplar sin prisas la vista, bien merece los 12.000 kilómetros que separan Perú de España. A la espalda de la antigua ciudad inca se alza la inmensa mole granítica del Huayna Picchu, o «Montaña nueva». Conviene llegar pronto si se pretende subir, pues la entrada que da paso a tres horas de paseo selvático está restringida a 300 personas al día. En Machu Picchu conviene tomárselo todo con calma. La elevada altitud puede hacer estragos en el cuerpo y el «sorojchi» o mal de altura no perdona. Los únicos inmunes a sus efectos son las numerosas llamas que pastan apaciblemente por los alrededores.
 

>> Cómo llegar. Taca Airlines ofrece tres vuelos diarios por sentido en la ruta Lima-Cuzco. Una vez allí, es necesario coger alguno de los trenes que Orient Express opera desde Cuzco hasta Aguascalientes.
>> Dónde dormir. La cadena Libertador ofrece excelentes alojamientos de lujo tanto en Lima como en Cuzco (Palacio del Inka), en ambos casos en el centro de la ciudad.
>> Más información. En taca.com, libertador.com.pe y en perurail.com, así como en la oficina de turismo de Perú a través de su web www.promperu.gob.pe.