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El extraño viaje de Bioy Casares

Título: «Unos días en el Brasil».Editorial: Páginas de espuma.Autor: Adolfo Bioy Casares.Precio: 9,90 euros. 82 páginas.

Un diario de viajes es una ventana al alma humana. Según Michel Lafon, una regla fundamental es «no ocultar nada, empezar por uno mismo aunque pueda provocar perplejidad en un lector hipotético». Pero el catedrático francés se refiere a un diario muy concreto, «Unos días en el Brasil» (Páginas de Espuma), comentarios desde la extrañeza de un Adolfo Bioy Casares que permanecían inéditos. «El viaje, el desplazamiento provocan la desorientación creadora, dan una libertad a menudo falsa, incitan a la imprudencia, multiplican los encuentros y las sorpresas,ofrecen oportunidades de seducir», asegura Lafon sobre este texto breve pero elocuente, que dibuja a un Bioy Casares hastiado por acudir a un congreso literario, el PEN de 1951 celebrado en Brasil. No participa en cenas ni en tertulias, permanece ajeno a los demás escritores, vive «una soledad al cuadrado», comenta Lafon. Está en el extranjero, en una ciudad vacía, fantasma. Es Brasilia, que cumple este año medio siglo desde su construcción. A Bioy le parece fruto de la decisión de «un sátrapa indiferente» y, como amante de las formas clásicas, le molesta el hipermodernismo a lo Le Corbusier.

Retrata un mundo oficial brasileño de la época entregado «de pies y manos a cuanto cubista, concreto o abstracto le proponga sus mamarrachos». «Sacar fotos es como una especie de salvación», dice este experto en su narrativa, autor del posfacio que acompaña el breve relato de las experiencias del argentino, junto a fotos tomadas por el propio Bioy y en las que se le ve ajeno. El propio Bioy resume: «Lo mejor del viaje, sentirme solo en Brasilia, a muchos kilómetros de toda persona que sabe quién soy».

Sacar fotos, tomar apuntes

Podría parecer cínico, pero no lo es, según Lafon, que mantuvo con el escritor una larga amistad. «El viaje formaba parte de su manera de ser, era como una necesidad vital para él. Viajar solo, sacar fotos, tomar apuntes, escribirles a su mujer y a su hija, enamorarse…», explica. Porque el relato de sus pensamientos parte de un amor platónico con Ofelia, presente durante todos los días, a punto de aparecer detrás de cada esquina. Aunque Bioy era «más propenso a los amores carnales que platónicos, que yo sepa», dice Lafon. Todo se vuelve posible en el espectral Brasil, como esa «larga, intensa y erótica relación frustrada, narrada con ese tono encantador».


Atado a una maleta
 «A Bioy Casares le gustaba viajar, era una necesidad vital que tenía. La idea del viaje era constante en su vida, ya que parece que, mientras pudiera desplazarse de un lugar a otro, viviría. El día en que dejase de viajar, ya sería el fin de todo, necesitaba experimentar la novedad», precisa Lafon, quien conoció al escritor argentino en 1991, poco antes de que éste sufriera un devastador accidente: «No sé qué vio en mí, pero me recibió con una ternura inigualable», explica Lafon, quien ha traducido al francés las obras de su maestro.

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