CRÍTICA DE CINE / Vivre la France

Dirección y guión: Woody Allen. Intérpretes: Owen Wilson, Rachel McAdams, Marion Cotillard, Michael Sheen, Adrien Brody. EE UU-España, 2011. Duración: 100 minutos. Comedia.

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Cuando Rose (Mia Farrow) cruzaba la pantalla para reunirse hace unos años con el héroe de una glamurosa película de aventuras en la película «La rosa púrpura de El Cairo», o cuando Alice (otra vez la Farrow) bebía a sorbos su infusión de hierbas mágicas para surcar el cielo nocturno de la ciudad de Nueva York, Woody Allen estaba reivindicando el poder de la fantasía para escapar de la terrible rutina cotidiana. Cuando Gil Bernet (que encarna Owen Wilson), como una Cenicienta al revés, es transportado al efervescente París de los años veinte al son de las doce campanadas, y puede irse de fiesta con sus admirados Scott Fitzgerald, Hemingway o Dalí (inmortal creación de Adrian Brody), está proyectándose en su deseo de ser otro, en otra época, en otro lugar que hubiera encendido su talento de aspirante a artista.

Pero, por mucho que lo niegue, Woody Allen es un artista. Si no lo fuera, el tránsito entre la realidad y un mundo imposible no se produciría en un suspiro, como si nada. Y en esa delicada naturalidad encuentra el nuevo trabajo del cineasta, «Midnight in Paris», su grandeza. La realidad aprende de su reverso fantástico, Gil se transforma en protagonista del diario de una «groupie» de los bohemios, Buñuel no acaba de entender la premisa de lo que será «El ángel exterminador», y la vida promete seguir bajo la lluvia, mojada pero lejos, o quizá muy cerca.

Allen aprovecha su deriva transnacional para expandir su mirada de turista –acariciada por la cálida fotografía de Darius Khondji– y escribir una carta de amor a la Ciudad de la Luz –empezando por un montaje de clichés de postal, tan deudor del que ya viéramos en «Manhattan», y acabando por una celebración en toda regla de su bullicio cultural– que es, en realidad, una autocrítica. Toda la película, desde el principio hasta el fin, cuestiona el concepto de nostalgia, de elogio de los tiempos pasados que se han ido; algo que Allen ha cultivado a lo largo de su abultada filmografía. Y «Midnight in Paris», empapada de romanticismo clásico, no hace sino reafirmar a Allen como un cineasta que quiere vivir aquí y ahora, y que, desde el momento presente, nos quiere abrazar como un amigo al que le cuesta despedirse.