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La Razón
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La muerte de Ben Laden a cargo de un comando de élite del Ejército norteamericano deja algunas grandes cuestiones abiertas. Algunas se refieren a la posición de Pakistán. En cuanto al futuro de Al Qaida, todo está abierto: desde el Mossad israelí, con larga experiencia en la liquidación de monstruos como éste, se avisa de que el primer efecto de parálisis puede dar paso a otro de reorganización y ofensiva. Por otra parte, la muerte del líder de Al Qaida ocurre en un contexto muy especial, como es el de las revueltas árabes. Sin duda que el componente religioso islámico ha sido relevante en todas ellas, pero no ha habido acciones terroristas, ni se han reivindicado grupos como Al Qaida. Las revueltas han descartado el terrorismo como instrumento (algo que no han hecho en nuestro país los nacionalistas). Además, las manifestaciones de protesta por la muerte de Ben Laden están siendo minoritarias, como informaba ayer LA RAZÓN. Al Qaida, al parecer desbordada, no logra hacer de la muerte de su líder el pretexto para lanzar una campaña general contra Occidente o las democracias liberales. Este hecho, notable de por sí, nos lleva a preguntarnos cuál será la política de la Administración Obama a partir de ahora. Tal vez el éxito conseguido lleve a Estados Unidos a comprometerse con más intensidad (sin necesidad de intervenciones militares) en la caída de los regímenes despóticos árabes, ya sea en Libia, en Yemen y sobre todo en Siria, donde se están cometiendo atrocidades sin cuento. O tal vez la muerte de Bin Laden, ordenada –recuérdese– por el Premio Nobel de la Paz, refuerce algunas de sus posiciones previas y le proporcione argumentos para poner aún más en sordina el liderazgo norteamericano y adoptar una posición de retraimiento mayor de la que ya hemos visto. Por decirlo un poco groseramente: muerto Ben Laden, ¿qué hacemos en Afganistán? Veremos lo que ocurre.