Historia

La mayoría de todos

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Ya que estamos bajo el Régimen mejor del mundo, al que todos los regímenes aspiran en su progreso, la Democracia, bien será que nos paremos un momento a echarle las cuentas al Régimen, aunque sea por los dedos. Es claro que el ideal al que tiende es el de ser un Régimen de todos y para todos. «Todos» (se entiende) son todos los reconocidos como hombres y contados como tales: las bestias y las demás cosas, desde luego, no entran en la cuenta; las mujeres están ya metidas en el «todos» como hombres de pleno derecho, y no hay problema; y lo estarán los niños, representados por sus padres, que saben por ellos. Y, de momento, «todos» serán sólo todos los de un estado o cercado; pero ya se ve que el ideal es que sean toda la Humanidad y todos los del Globo.

Lo malo de esto de «todos» es que todos, en realidad, no hay: lo que queda de gente o pueblo son siempre más o menos, y se resisten, ingratos de ellos, a un cómputo fijo y definitivo. No importa: para eso tiene la Democracia ya su truco, que es como una copia grosera del «paso al límite» de los matemáticos realistas: se decide que la mayoría, en votación y en todo lo demás, son todos, y se acabó. El ideal es, por otra parte, «uno»: que el Régimen sea de uno y cada cual y para cada uno; el artículo de fe primero de la Democracia es que uno sabe qué vota, qué compra, qué quiere y adónde va. Lo malo aquí es que uno, en realidad, tampoco hay; que cada uno en su alma está lleno de dudas y vaivenes. No importa: para eso está la fe. ¡Fuera dudas y vaivenes!: en la mayoría de su alma (que vale por «toda») uno es uno, y fin: si no, ¿qué sujeto del Régimen iba a ser uno? Ésas son las cuentas de la Democracia. Nunca el ideal acaba de matar lo que queda de gente, de razón común; y es tan de sentido común que el Poder carga sobre eso, lo que quede de vago y disconforme, de pueblo y lengua viva (¿sobre qué, si no?), que parece mentira que la Humanidad (vamos, la Mayoría) se haya tragado ese bulo de que el Poder puede ser del pueblo o que está en el pueblo. Pero ahí tiene usted la Democracia; y, si no, ¿qué demonios quiere?