Balzac un economista

Las dos caras de un genio: el autor y el humano

«La máscara sonriente», de Rodin
«La máscara sonriente», de Rodin

Buscar libros, con un designio más o menos claro, es algo infinitamente mejor a que los libros salgan a nuestro encuentro, porque se publica muchísimo y no todo es excelente. El libro que se impone comercialmente no contribuye a formar el gusto de nadie. A cierta edad, nos da por la novela. Sobre todo son los grandes mundos de aquellos grandes narradores los que nos hacen la gracia de transformarnos en habitantes de su imaginación, en habitantes en Tolstoi, en Dickens, en Galdós... ¿Quiere usted subir a la cúspide de Balzac con las necesarias provisiones y aparejos para resistir tempestades sentimentales, sensaciones extrañas y cortantes? Pues le felicito, porque lo puede usted pasar «de miedo».Quien haya tenido el gusto y el valor de enfrentarse con «La comedia humana», puede decir que ha hecho un «máster» sobre la vida misma, desciende de aquella cumbre provisto de conocimientos sobre el ser humano que le pueden valer en todo momento. Una de sus más destacables singularidades fue detallar en cada uno de sus personajes cómo ganaba, gastaba, ahorraba o perdía su dinero: una forma de dar verosimilitud material a tantos entes de ficción, cuyo resultado viene a ser una fidelísima historia económica, consultada por los grandes especialistas. En verdad, no exagero: el mundo de Balzac, la propia «Historia de la literatura» no tiene por menos que juzgarlo como la cúpula literaria que cubre toda la Francia del siglo XIX. Para mí, lo más curioso de Balzac es cómo lo ve la posteridad y cómo lo vieron en la vida real sus contemporáneos. La escultura de Rodin, en el corazón de Montparnasse, lo presenta imponente, casi amenazante, feroz, leonino, envuelto en un ropón tubular, y tan erguido de orgullo creador, que casi se tuerce hacia atrás, como una mole que vacila. Esa escultura fue muy discutida, tachada de monigote y adefesio en bronce, pero es una obra maestra del expresionismo «rodiniano» y un Balzac inventado, que tiene el aspecto de un ogro, mirando con distancia y mal genio a cualquiera que pase por delante. Yo pienso que Balzac, tan presumido y currutaco, se hubiera horrorizado al verse interpretado así.Pero Balzac es un mito extraño, que resiste la desmitificación. El talento proyecta una imagen distinta, la posteridad le transforma y no sabemos con qué verdad quedarnos. Todos sus devotos sabemos que Balzac era humanamente una paradoja y estaba lejos de representar lo que era. El genio iba por un lado y el hombre por otro. Recomiendo un libro muy interesante de Ramón J. Sender, titulado «Tres historias de amor y una teoría» (Alianza Editorial) en el que esa desmitificación testimonial de Balzac no puede ser más veraz. Sus pretensiones de elegancia y refinamiento hedonista, con un tipo rechoncho y basto, su fuerte pulsión hacia lo aristocrático, seducido por una condesa polaca que sólo era una admiradora de su talento literario, pero de ningún modo enamorada de sus hechuras, sus levitas ceñidas, sus cabellos bien tratados. Sus afanes y esfuerzos por casarse con ella y vivir «a lo grande» en todos los sentidos, para lo cual trabajaba como un condenado, para pagarse frivolidades fastuosas, que lo acreditasen de refinado. El contraste no puede ser mayor, entre el hombre y su obra. Pues bien: quien conoce y admira su narrativa, elije finalmente la versión de Rodin. Este es el misterio. Yo he tenido la suerte de ser vecino de esa escultura –vecino de ese mítico barrio de París– mientras leí sus múltiples obras maestras, nacidas bajo el estímulo constante del café, bajo una tremenda tensión por acabar aquel trabajo sin fin. ¡El pobre y divino Balzac!Por aquel tiempo, de intensa iniciación a escritor, unos amigos españoles, sin un céntimo, habían hecho su refugio nocturno del Museo Balzac. Unos «okupas» por todo lo alto, que hasta se permitieron dormir en la cama del genio y de su siempre apetecida condesa polaca, madame Anska. Hasta que una mañana los sorprendieron, durmiendo una mona de libertarios. ¡Lo que yo hubiera dado por vivir una aventura como aquella!

Francisco Nieva de la Real Academia Española