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Un nuevo estilo diplomático, con más visión empresarial que política, se impone en el mundo. Edgardo Suárez quiere «vender» bien su producto: El Salvador.

Edgardo Suárez Mallagray: «No soy embajador de carrera soy embajador a la carrera»

En los 10 últimos años ha pasado por las embajadas salvadoreñas en Polonia, República Checa, Turquía, Eslovaquia, Rusia y Alemania. Ahora, en España, se siente en casa. «Tengo mucha familia aquí; además, mis tíos han sido embajadores en España, otros tíos míos, como ministros de Turismo, trabajaron mucho con Manuel Fraga en turismo rural. Tengo mitad de sangre española y mitad salvadoreña».

  • Edgardo Suárez Mallagray: «No soy embajador de carrera soy embajador a la carrera»
Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

03 de julio de 2010. 01:06h

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Madrid. 3/7/2010

El causante de esa mezcla fue su padre, que llegó en barco desde El Salvador. «Creo que era el año 42, vino a estudiar Ingeniería Industrial y conoció a mi madre, que estudiaba en el Conservatorio», recuerda. Tras seis años, le propuso matrimonio. «Mi abuelo ni sabía dónde estaba El Salvador y le dijo que estaba loco». Pero no se rindió. Siguió estudiando: hasta cuatro ingenierías y Económicas. Todo para quedarse. «Al final el abuelo dijo: bueno, ya llévatela».

–Yo no soy embajador de carrera. Soy embajador a la carrera.
–Explíqueme más...
–Soy ingeniero industrial. Tenía una fábrica de componentes electrónicos, pero no podíamos competir con China porque copiaban todo lo que hacíamos, así que vendí la empresa. Un día el Gobierno me llamó para que ayudase a hacer más eficientes las empresas públicas.
–¿Y qué pasó?
–La ministra de Exteriores me propuso ir de embajador a Alemania. Le dije que no podía porque no me gusta el champán ni sé jugar al golf. Y me respondió: no seas bruto, un embajador ahora no es eso, es un vendedor.
–¿Y qué vende?
–Vendemos nuestro país, cultura,  productos, exportamos nuestra poca tecnología. Lo que querían de mí era que trajera inversionistas, tecnología, alianzas estratégicas, y que se conociera El Salvador, un país tan pequeño que muchos no saben situarlo en el mapa.
–Vaya, que le convenció...
–Le dije que aceptaría con una condición: llevar a cabo proyectos sociales, que siempre he tenido, para niños pobres discapacitados que necesitan operaciones. Me dio luz verde. Me fui por dos años. Luego cambió el Gobierno, pero les gustó y me quede.
–No es corriente su historia...
–Sin ser de ningún partido, trabajé con ARENA, y, cuando ganó el FMLN, todo el mundo esperaba que nos quitasen. Y fue una de las sorpresas del presidente Funes: que no hay ataduras ideológicas. Pone a gente clave en diferentes áreas, sin importar su ideología.
–¿Qué ofrece El Salvador?
–Como país pequeño no podemos vivir de la agricultura. Tenemos que volcarnos en empresas tecnológicas o de servicios. Y debemos aprovechar los acuerdos de libre comercio con EE UU, América Latina y la UE para hacer de El Salvador un puente donde podemos traer la materia prima y la tecnología, y agregar valor al producto antes de reexportarlo.
–¿Cómo se da valor añadido?
–Le pondré un ejemplo. El Salvador vende su grano de café y eso es un error. Procesemos ese café y vendamos capuchino. De un kilo de capuchino, el 10% es café, lo demás es leche, azúcar. Pero cuesta diez veces más que el café.
–Quieren dar un vuelco al país...
–Pero sin poner todo patas arriba. La diferencia es que antes se hablaba mucho de trabajar para los más pobres, pero se hacía poco, y hoy a lo mejor se habla menos pero se está haciendo más.
–¿Por ejemplo?
–Por ejemplo, había que crear empleos, dar educación. ¿Como hacerlo en plena crisis, con déficit fiscal alto y las arcas vacías? Fue cuando dijo el presidente: «Vamos a dar uniformes a todos los estudiantes de escuelas públicas».
–¿Y eso qué ventaja tiene?¿Que las familias no gasten en ropa?
–Va mucho más allá. Se han creado 45.000 empleos. Personas que tienen su maquinita de coser, que compran la tela y hacen los uniformes. Y esos uniformes motivan a los niños a ira a la escuela, porque se sienten parte de un grupo, y los quitan de caer en las maras. Hay un montón de beneficios.
–Le veo como pez en el agua...
–Estoy contento, porque veo resultados. Este Gobierno quiere devolver la autoestima a la gente humilde, que es muy trabajadora y que da lo que no tienen los más ricos del planeta: los más pobres se dan el lujo de regalar sonrisas.
–¿Se ha superado ya la guerra?
–Sí, pero hay otra tan sangrienta y más triste: la de las maras.
–¿Se puede recuperar a los chicos que caen en estas pandillas?
–Sí. El 70% son totalmente recuperables. Y al resto no habrá otro remedio que meterlos entre rejas de por vida. El drama es que estos jóvenes sólo han visto violencia. Y ahora están pasando una durísima factura a la sociedad.
 

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